Yunuen Alvarado Rodríguez

A principios del siglo XIX, tras siglos de colonización española, México logra su independencia. Consecuentemente, se ve sumergido en diversos problemas económicos y políticos, secuelas propias de una guerra; lo cual comenzó a generar desacuerdos sociales. Los conflictos derivaron en luchas civiles que dejaban al descubierto la falta de unidad entre los integrantes de la nueva nación.

Guillermo Prieto, segun fotografía de la Biblioteca del Congreso de EE.UU.

México es un país completamente nuevo; la mayoría de sus habitantes son producto de una mezcla de razas y culturas. Quizá esto podría considerarse como una riqueza cultural hoy en día, pero para el mexicano del siglo XIX dichos factores produjeron desconcierto, tanto individual como colectivo.

Las políticas educativas fueron deficientes y, aunque hubo esfuerzos eclesiásticos y seglares, resultaron insuficientes para cubrir la necesidad de la mayoría de los niños en edad escolar. El gobierno otorgaba muy poco apoyo en este rubro, así que las escuelas particulares empezaron a surgir; entre ellas, la compañía Lancasteriana fue una de las de mayor fuerza. Estas escuelas ya no tenían profesores religiosos, lo que contribuyó a fortalecer la formación laica.

En el ámbito de la literatura, el vulnerable entorno parecía que no iba a favorecer en absoluto la creación artística; sin embargo dichas circunstancias promovieron el desarrollo de un limitado número de “intelectuales”, quienes con ansias de buscar una identidad nacional propia de México, comienzan a escribir tratando de adoptar un estilo propio.

En esos momentos históricos resulta muy difícil separar la literatura del periodismo, pues es mediante diarios y revistas que los autores dan a conocer sus creaciones de carácter crítico-literario. A los primeros representantes de estas manifestaciones literarias puede ubicárseles en un movimiento surgido hacia el año 1934, en el Colegio de San Juan de Letrán (fundado desde 1548 con afán de educar a los mestizos).

Fueron cuatro intelectuales de dicho colegio quienes concurrían ortodoxamente al cuarto de uno de ellos para comentar sus textos literarios y a su vez su visión personal y su propuesta filosófica del mundo en el que se desarrollaban.

Éstos coinciden con los siguientes perfiles, los cuales es importante tener en cuenta:

Guillermo Prieto (1818-1897). Fue novelista, cuentista, poeta popular, cronista, periodista, ensayista y político. Sus críticas contra el dictador Antonio López de Santa Anna le acarrearon persecuciones; y su apoyo a Juárez, el destierro. En cuanto a su extensa obra, mucha de ella fue publicada de manera póstuma, o quedó dispersa en los periódicos.

Manuel Tonat Ferrer (-). Fue abogado y poeta. Su poesía es de corte romántico y delicado, quizá por su rigurosa educación sus más relevantes obras publicadas son poemas de tonalidades románticas.

Juan Lacunza (1812-1843). Filósofo, abogado y escritor. Se dice que escribió algunos dramas que lamentablemente están perdidos, pero su obra poética, fue recibida por el público con gran agrado.

José María Lacunza (1809-1869). Humanista y catedrático del colegio de Letrán. Fue diputado, senador y ministro. Durante su gobierno favorece a Maximiliano, y sus servicios al imperio le ocasionan el destierro. Sus disertaciones sobre el área humanística son publicadas en El museo mexicano; en su obra poética intenta mezclar positivismo e ideal poético (ésta quedó esparcida en los diversos periódicos de la época).

José María Lacunza según fotografía de The library of Congress, "American Memory", de EE.UU.

Los cuatro decidieron, en junio de 1836, convertir sus reuniones cotidianas en una “Academia”, a la que otorgaron el nombre de su colegio: “La Academia de San Juan de Letrán”.

En cuanto a los lineamientos de pertenencia a dicha asociación, los fundadores no harían promulgación ni uso de reglamento alguno; sin embargo “se dictó como ley fundamental, no escrita, que el que aspirase a socio presentara una composición en prosa o verso y que hecha la aprobación de la candidatura fuera lo bastante para la admisión” (Guillermo Prieto, Memorias de mis tiempos, p. 122).

Con base en estos lineamientos, los precursores deciden admitir como miembros a Eulalio M. Ortega, Joaquín Navarro, Antonio Larrañaga e Ignacio Ramírez, entre otros que serán mencionados más adelante.

Una tarde, descrita por Guillermo Prieto en sus Memorias como tristona y lluviosa, la Academia recibió una peculiar visita. Se trataba nada menos que de Andrés Quintana Roo, reconocido insurgente que participó entre otros acontecimientos en la elaboración de la Constitución de Apatzingán. Fue diputado del Congreso mexicano a la caída del imperio de Iturbide, escribió artículos para un diario llamado El Correo de la Federación, la temática central de sus poemas fue la de una nación recién liberada. Debido a la admiración que generó dicho personaje entre los miembros de la Academia, éstos decidieron nombrarlo Presidente Perpetuo.

Los miembros de la Academia de Letrán recibieron la influencia del romanticismo europeo en Hispanoamérica, que tuvo lugar en el primer tercio del siglo XIX. El tono de idealismo y la sed de libertad e independencia de la literatura romántica hicieron posible que dicha corriente se asimilara casi de manera natural en México y que se acoplara bastante bien a sus ideales de fortalecimiento de su autonomía política y cultural.

El romanticismo en América adquirió una autenticidad que no tuvo en Europa, debido a que la conciencia del escritor hacia la realidad en la que vive se desarrolló en muy alto grado. Aunque en toda Europa neoclásicos y románticos estuvieron divididos a causa de las evidentes diferencias ideológicas, en México ambos grupos convivieron pacíficamente en la ya mencionada Academia de Letrán, que poco a poco fue convirtiéndose en una verdadera tertulia del romanticismo mexicano. “En la Academia de Letrán, formada en gran parte por liberales, se leía a Goethe, Shiller, Byron; se identificaba el progresismo político con el literario” (Cristina Barros y Arturo Souto, Siglo XIX…).

Respecto a alta temática manejada por los distinguidos miembros de Letrán, destacan: “lo patriótico y cívico, lo indígena y lo colonial, lo costumbrista y lo popular” (José Luis Martínez, la emancipación literaria de México, p.64). Dichos temas los plasmaron en sus producciones, que abarcan géneros como: “poemas, leyendas, cuadros de costumbres, dramas y muy especialmente las novelas cortas, su género predilecto para expresar sus preocupaciones” (Celia Miranda Carabes, La novela corta en…, p. 60). También hubo publicaciones compartidas con grandes impresores mexicanos, como Vicente García Torres, Mariano Galván e Ignacio Pulido, quienes editaron semanarios, revistas, calendarios, a la vez que dieron a la luz pública ejemplos de la tipografía mexicana; las obras realizadas por miembros de la Academia de Letrán complementaron las impresiones de una manera bastante apropiada.

Cabe mencionar en este punto algunas de las obras compartidas: El Año Nuevo, Presente Amistoso (1837-1840); El Mosaico Mexicano (1837-1842), Calendario de las Señoritas Mexicanas (1838-1841, 1843), El Museo Popular(1840), El museo Mexicano (1843-1845). También es digno de mención un diario con una importancia política muy notable: El Siglo Diez y nueve, por ser desde la época de la Academia uno de los medios más importantes para la difusión de la literatura mexicana.

La Academia de Letrán desde su fundación fue refugio tanto de liberales como de conservadores, tendencias que estuvieron presentes en México durante todo el siglo XIX, cuyos simpatizantes poco a poco se fueron aglutinando en dos publicaciones según la bandera que portaban: El Liceo y El Museo. La primera, de carácter conservador, fue proyección para la obra de Alcaraz, Navarro y Martínez de Castro; la segunda, de postura liberal, publicó la obra de Guillermo Prieto y Manuel Payno.

Ignacio Ramírez, "El Nigromante"

Con respecto a la novela corta, uno de los géneros más producidos por La Academia de Letrán, debe decirse que fueron publicadas por entregas. El público a quien iban dirigidas estas publicaciones periódicas estaba formado en su mayoría por mujeres de procedencia criolla, perteneciente por lo tanto a una clase social bien acomodada, a diferencia de la novela de folletín francesa, que revitalizó los ideales de una clase social popular.

Este fenómeno se debió a que en México la gran mayoría de la gente del pueblo no sabía leer ni escribir. Por ende, ya desde el principio los lectores mismos representan un obstáculo para la circulación de casi todas las novelas, debido a que toda publicación en ese entonces era estrictamente revisada por los editores, ya que las tomaban como una forma de entretenimiento para el público y no como algo lucrativo. Desde esta perspectiva, lo que se le diese al público debía mostrar ciertos patrones de conducta moral. Por ejemplo, los escritores conservadores desacreditaban del todo las ligerezas románticas; los liberales, por su parte, defendían la importancia del aceptar una educación laica. En ambos casos respetaron siempre los límites que la sociedad imponía como “aceptables”.

Algunas veces se publicaron también traducciones de novelas de folletín francés, que eran meticulosamente revisadas y recortadas para no alterar los valores y la conciencia de la población mexicana. Entre este tipo de producción se encontraban las fábulas y leyendas medievales o novelas de viajes, que hacían sentir al público femenino mexicano como transportado hacia horizontes nunca antes vistos.

Desde su fundación en 1836 hasta 1856, la Academia de San Juan de Letrán seguía reuniéndose semanalmente en el mismo lugar, “allí se abrieron discusiones, se sustentaron tesis, se fijaron principios” (Carlos González Peña, Historia de la literatura mexicana, p.140).

Además de realizar estudios literarios y filosóficos, la Academia realizó también estudios gramaticales y análisis prosódicos con la finalidad de utilizar la lengua tanto hablada como escrita de la forma más óptima posible. La mayoría de los estudios críticos realizados a propósito de este tema señalan a la primera producción de la Academia de Letrán con un carácter literario muy deficiente e incluso nulo. Esto fue así, como se mencionó, porque los textos contienen elementos nacionalistas, moralizadores y costumbristas, manejados de forma bastante exagerada; los ambientes se describen de manera casi fantástica, con características muy ajenas a la realidad. Todo ello imposibilitó que los textos tuvieran verosimilitud; consecuentemente, su valor literario se ve reducido al de simple documentación histórica con la utilidad de determinar los inicios de lo que podría llamarse literatura mexicana.

Sin embargo es importante mantener la atención en el contexto. En este sentido, es de destacar que el primer romanticismo mexicano surge en respuesta a una reciente emancipación del país, que su público necesitaba, más que literatura, manuales de instrucción y de comportamiento, etc. Luego, ante esas circunstancias, lo consecuente era promulgar los valores nacionales para la creación de una identidad mexicana y la censura, para adaptarse a los requerimientos particulares de una sociedad.

Puede decirse que los precursores de la Academia de San Juan de Letrán, entonces, aunque no realizaron una producción literaria bastante rica en sus elementos estéticos, hicieron un esfuerzo considerable por establecer parámetros que pudieran definir a México y específicamente a la literatura Mexicana como independiente de cualquier influencia española. Aunque también es importante señalar que tras siglos de colonización, elementos como el idioma, la religión y el sistema de la sociedad de clases, se asimilaron de manera total como parte de la cultura mexicana. luego entonces, son elementos que sobresalen en las producciones como parte de la identidad nacional.

Bibliografía

Barros, Cristina, Arturo Souto, Siglo XIX: naturalismo, realismo y naturalismo, Trillas – ANUIES, México, 1990, 106 pp.

González Peña, Carlos, Historia de la literatura mexicana, Porrúa, México, 1969, 358 pp.

Martínez, José Luís, La emancipación literaria de México, Antigua Librería Robledo (México y lo Mexicano, 21), México, 1955, 200 pp.

Miranda Cárabes, Celia, La novela corta en el primer romanticismo mexicano, Ensayo introductorio de Jorge Ruedas de la Serna: “La novela corta de la academia de Letrán”, Universidad Nacional Autónoma de México, 1985, 400 pp.

Prieto, Guillermo, Memorias de mis tiempos, Patria, México, 1969, 533 pp.