Moneda de cambio (I/III)

Ecos de Mi Onda

La historia trata de narrar lo sucedido, la poesía lo que debía suceder.

Aristóteles

Érase un país lejano en el tiempo y en el espacio, donde los pobladores lidiaban con los problemas diarios de la vida, dudas, frustraciones, contratiempos, disgustos, pero intercalada, como en cualquier parte del mundo y de la historia, con momentos de entusiasmo, satisfacciones, logros, alegrías, felicidad. En ese lugar y en ese tiempo, el intercambio de bienes y servicios se realizaba mediante el trueque y puesto que se trataba de un pueblo con cierto nivel de prosperidad, había por tanto una gran dinámica de negocios, lo que en su momento determinó que los moradores pensaran en edificar un lugar espacioso y bien acondicionado, precisamente con el propósito de que los lugareños mostraran sus mercancías para facilitar las transacciones, realizadas de acuerdo a las necesidades y conveniencias con respecto a productos agrícolas y ganaderos, tabique, piedra tallada, puertas y ventanas, muebles, vestimentas, ataúdes, artículos diversos de ornato, entre otras muchas cosas, así como al cambalache de bienes por servicios, de tal suerte que en el mercado se podía encontrar gente capacitada para reparar calzado, arreglar jardines, realizar cortes de pelo y maquillaje, cocineros, cargadores, masajistas, adivinos, consejeros matrimoniales, educadores, domadores, entre otras muchas  actividades necesarias para toda la gente.

Si bien no se tenía una preocupación especial por la aparición de brotes de violencia, ya que el pueblo era muy pacífico y se respiraba normalmente una atmósfera de sana cordialidad, se tenía organizado un grupo de personas, encabezadas por Federico Pacificador, para que dado el caso, muy ocasional y fortuito por cierto, de un brote de disturbio, ya fuera una persona demasiado borracha escandalizando, un desquiciado tratando de robar una mercancía, una discusión subida de tono por algún motivo personal o comercial, el grupo interviniera con cortesía para calmar los ánimos y lograr que se estableciera un arreglo conveniente entre las partes. Así que los incidentes que se pudieran definir como escandalosos, y que efectivamente llegaron a ocurrir en muy pocas ocasiones, fueron todos concluidos felizmente.

De esta forma, en ese mercado del pueblo todas las actividades se realizaban siempre en un ambiente cordial, e incluso festivo, particularmente en el  sexto día de la semana, ya que el séptimo día estaba destinado al descanso, a convivir con la familia y de manera especial a dar gracias al Creador, que les favorecía brindando las condiciones de clima y de paz requeridas para poderse dedicar de lleno a sus ocupaciones cotidianas, con el mayor provecho posible para todos. En ese aire de alborozo participaba siempre de manera destacada Eufonio, quien se paseaba por el amplio y limpio mercado con su voz y sus canciones, acompañado del sonido melodioso de una guitarra, deleitando a los concurrentes, deteniéndose aquí y allá a petición de los negociantes, a cambio del diario sustento, que siempre lograba satisfacer en grado suficiente. Como además de cantar con bella voz, componía canciones abordando los temas a solicitud de los presentes, ya fuera por un cumpleaños, un noviazgo o una boda, la cacería de un animal peligroso, una hazaña deportiva, o cualquier acontecimiento relevante que fuera merecedor de ser cantado ante la concurrencia, esto le valía entonces la fortuna de contar con ropa limpia y cómoda, así como un techo decente. Algunas veces recibía también la solicitud de encomiar a través de su arte la memoria de una persona fallecida, o de expresar la tristeza por la pérdida de un ser querido, lo cual matizaba con voz profunda y desgarradora, provocando literalmente el llanto de los escuchas. A él en particular le encantaba componer y cantar canciones románticas, ofrendadas a la mujer ideal de la que estaba enamorado aún sin conocerla, composiciones líricas que por lo general eran del gusto de los expendedores y compradores del mercado. Eufonio era un idealista y por las noches, descansando en la litera instalada en su pequeño cuarto, viendo el perfil oscuro de las altas montañas a través de la ventana, pensaba en la felicidad del pueblo, en su misión de darle paz y alegría mediante sus canciones. Sentía la vida como un apostolado, pero haciendo realmente lo que le gustaba hacer y daba gracias al Señor por abastecerlo en sus necesidades de techo, vestido y sustento.

En esta condición social pasaron muchos años, señalados como una etapa de felicidad sencilla. Sin embargo, con el tiempo se fue presentando un notable incremento en las operaciones comerciales de trueque, quizá por el propio aumento de la población, o también por la diversificación en los artículos manufacturados, tal vez por las ocasionales sequías que afectaban a ciertos sectores y que a falta de artículos de intercambio tenían que recibir apoyo, o por los rumores de la existencia de otros tipos de transacciones tan extrañas que narraban los tripulantes de los barcos, a quienes se les negaba el acceso a tierra firme, y que tan de vez en cuando atracaban en la caleta para avituallarse. Con esto, las condiciones comerciales comenzaron gradualmente a sufrir transformaciones, surgiendo actitudes de desconfianza jamás antes advertidas, lo que motivó que el modelo de trueque comenzara a ser analizado rigurosamente, luego abiertamente criticado y después incluso incorporando en los tratados algunas cláusulas inéditas para asegurar el cumplimiento de los acuerdos, los cuales anteriormente siempre habían sido en forma verbal y de buena fe.

Sucedió así que en esa población aislada se inició un nuevo día con el canto de los gallos en los corrales, apenas asomando el sol sobre las altas montañas nevadas del oriente que iluminó tenuemente el dilatado valle, con el río serpenteando en descenso por entre las pendientes de las verdes colinas, luego dispersándose en arroyos con su cauce bajo las sombras de las grandes coníferas, para bañar más abajo las planicies del fértil valle sobre el que se erige el extendido caserío. La corriente del río cruza por en medio del pueblo y después se junta con el cauce de todos los arroyos ahora bordeados de sauces, para enfilarse hacia el mar azul todavía oscuro. Todo el noroeste es un desierto con algunas salinas en los arenales de las playas cercanas y algunas aldeas bucólicas con sus pastores de cabras en los áridos montes. Los hombres y mujeres despiertan y se desperezan para iniciar las actividades diarias, luego hombres y mujeres van a la cocina a preparar los alimentos, mientras los niños abandonan el mundo de los sueños para despertar a la realidad de ir a la escuela comunitaria. En plena mañana las calles empedradas brillan por el sol matutino, siendo el medio que transporta el bullicio de la gente iniciando las labores.

Giorgio Labrador va pensativo hacia el mercado recordando las fuertes discusiones desatadas el día anterior con Milton Molinero, Fabricio Artesano y Merce Comerciante, principales del pueblo que le reclamaron la inequidad de las últimas transacciones. Discusiones a las que luego se sumaron Melibeo Cuidabueyes, Felipe Caballerango, Nazaria Florista y Hortencia Jardinera. Todos expresando su descontento por los términos de los trueques recientes, juzgando acaloradamente cada uno de ellos el mayor mérito y valor de sus propias mercancías, el grano y los frutos respecto al de los utensilios de cocina, la poca estima por la actividad y la producción de los molinos, el valor alto del transporte y el poco margen de maniobra con el comercio de aves de corral, la enorme diferencia en la cotización de la carne vacuna y los arreglos florales, y todos declarando la injusta e inaceptable depreciación progresiva de sus artículos en los intercambios. – “Las reglas tienen que cambiar, no hay más remedio”, vociferó Fabricio. – “¡Claro que tienen que cambiar”!, le respondió Giorgio impulsivo, al grado de que tuvo que aparecerse Federico y su pequeña milicia para llamar a la cordura. Todos regresaron enfadados a sus casas y esa noche no pudieron descansar con tranquilidad pensando en la forma de solucionar estos problemas que parecían crecer en magnitud, hasta empezar a ser intolerables en esos aires antes impolutos.

Después de una noche de reflexión, los principales del pueblo se volvieron a reunir al día siguiente para dirimir los conflictos recientes, tratando de mantener la serenidad necesaria para proponer soluciones factibles y evitar el encono. Pero después de varias horas esto no fue posible y nuevamente se desataron las pasiones. La lengua insensata, desconectada de los cerebros, embistió ofuscada con ideas irreflexivas cargadas de soberbia sobre la supuesta validez de los argumentos individuales, opacando el escudriño de los razonamientos lógicos, maduros, prudentes. Se enardeció tanto el ambiente, que prácticamente se paralizó el flujo de los importantes y necesarios intercambios. En el atardecer de ese día, finalmente y por fortuna privó la razón y a pesar de los voceríos escandalosos de Tristán, instigado por Giorgio, se concluyó en la necesidad de realizar para los día siguientes, una serie de tres reuniones generales en la plaza del pueblo por las tardes, a fin de no detener el trabajo cotidiano. Se acordó designar oradores representantes de los sectores, para definir las posturas y deliberar sobre las pautas para ajustar el modelo comercial existente, o incluso, si así fuese el caso, diseñar un nuevo modelo de comercio, producción y consumo. Asimismo, se decidió designar a Geteye, maestro del pueblo reconocido por su serenidad y buen juicio, como moderador de las asambleas.

Así pues, la tarde siguiente el anciano Ambrosio elevó una plegaria al cielo, pidiendo que la luz de Dios iluminara el juicio de los agrupados y en una plaza abarrotada por todos los pobladores inquietos, Geteye inició la asamblea…    (Continuará)

Juan José Guzmán Andrade

Jubilado del Centro de Investigaciones en Química Inorgánica de la Universidad de Guanajuato. Afición desencadenada por la lectura y la música. Correo electrónico para comentarios: guzmandra@hotmail.com

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