Dreamers y Soberanía

Ecos de Mi Onda

Del hablador he aprendido a callar; del intolerante, a ser indulgente y del malévolo a tratar a los

demás con amabilidad, y por curioso que parezca, no siento ninguna gratitud hacia esos maestros.

Khalil Gibran (1883-1931)

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El 28 de agosto de 1963, Martin Luther King pronunció su famoso discurso I Have a Dream en las escalinatas del monumento a Lincoln, durante la Marcha por el Trabajo y la Libertad en Washington, en la que recordaba la Proclamación de la Emancipación de 1863, decreto de Abraham Lincoln por el que liberaba a todos los esclavos de los Estados Confederados de América. Un amanecer dichoso que cien años después amargamente no se cumplía a cabalidad, persistiendo las cadenas de la discriminaciónen medio de un vasto océano de prosperidad material, una gran parte de la comunidad afroamericana viviendo aún como exiliados en su propia tierra. Luther King fue asesinado el 4 de abril de 1968 tras una labor activista y pacífica fundamental en la lucha por los derechos civiles de la comunidad negra, y extendida a toda la raza humana, en los Estados Unidos.

En una parte emotiva de su discurso, Luther King proclamaba:

No nos hundamos en el valle de la desesperación. Aun así, aunque vemos delante las dificultades de hoy y mañana, amigos míos, os digo hoy: todavía tengo un sueño. Es un sueño profundamente enraizado en el sueño americano.

 Tengo un sueño: que un día esta nación se pondrá en pie y realizará el verdadero significado de su credo: “Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres han sido creados iguales”.

Es justo recordar que la población negra que creció en América, provino de africanos que fueron arrancados de sus tierras por los esclavistas europeos y llevados a la fuerza a un lugar desconocido. Ellos no decidieron emigrar hacia esas lejanas tierras en busca de empleo y mejores condiciones de vida, no obstante, con su trabajo forzado tuvieron un impacto relevante en la generación de riqueza, particularmente en el sur de los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XIX, con una población que alcanzó los cuatro millones de esclavos en 1860, que tenían en común un destino fatalista determinado por la fuerza de los patrones blancos, a diferencia de la inmigración europea que llegaba a América en busca de progreso personal, como hombres libres que defendían plenamente sus derechos humanos en la tierra que los recibía, para consolidarla y engrandecerla como nación soberana.

Tan fue así que pronto extendieron sus fronteras haciéndose de nuevos territorios que a mediados del siglo XIX definieron sus límites continentales, con Alaska en el norte extremo y la Florida al sureste, anexándose además a expensas de la reciente nación mexicana los estados de Texas, Nuevo México, Arizona y California en el sur, perdiendo México más de la mitad de su territorio heredado del virreinato de la Nueva España. La prosperidad del vecino del norte empezó a ser completamente manifiesta, resultando entonces un imán para muchos mexicanos que por diversas circunstancias comenzaron a traspasar los límites fronterizos en busca de trabajo, estableciéndose un flujo migratorio gradual y creciente en las primeras décadas del siglo XX, con una situación prevaleciente en la que el migrante mexicano llegaba para desempeñar trabajos rudos en la cosecha agrícola, en la industria de la construcción y de manufactura, así como en empleos domésticos y actividades comerciales menores, constituyendo siempre un motor laboral importante y mal pagado, que en las políticas de migración en el país del norte se ha balanceado entre el abrir y el cerrar de las puertas de entrada a conveniencia, optando por mantener en este flujo migratorio el estatus de ilegalidad, con el fin de contar con esa mano de obra barata bien dispuesta y bajo sus condiciones absolutas, en un clima bastante desfavorable para los migrantes mexicanos, en el que se alienta la opinión al interior de la sociedad estadounidense tradicional, de considerarlos como una masa invasora que pretende insertarse en los entornos como plaga sin control, atmósfera que favorece los intereses económicos de los explotadores norteamericanos, utilizando esa opinión social de manera coyuntural.

Tras una etapa durante la Segunda Guerra Mundial, en la que se estableció un programa un tanto cuanto improvisado de trabajo temporal legalizado, el Programa Bracero, que permitió la entrada de trabajadores mexicanos ante la demanda de mano de obra en el campo, lo subsiguiente ha sido el reforzamiento creciente de control militarizado en los límites fronterizos, como medida hipócrita en la que se pretende mantener una imagen de autoridad férrea ante la opinión civil conservadora y por otro lado los procedimientos porosos propicios a los intereses de los empresarios norteamericanos, que no dejan de depender del trabajo barato de los indocumentados: el estira y afloja en el manejo político del estado migratorio, que en los últimos años presenta la novedad del ascendente flujo de centroamericanos que buscan mejores condiciones de vida, así como el sustancial incremento en el trasiego de drogas hacia ese mercado voraz que da cuerpo y vida a la delincuencia organizada en los carteles de Latinoamérica, mediante las enormes sumas de dólares y armamento de alto calibre, que cobija una nueva forma de guerra, inducida asimismo por los propios intereses de los mandos de facto en ambos lados de la frontera, que ha causado un estado de violencia tal, que familias enteras tienen que emigrar para librarse de sus efectos perniciosos.

Son variados los motivos por los cuales muchos mexicanos han optado durante años en aventurarse a cruzar la frontera, con algunas historias de éxito y multitud de casos desafortunados en los que han tenido lugar, incluso en número significativo, hechos de violencia y muerte. La mayoría de los mexicanos que llegan a distintos lugares de los Estados Unidos lo han hecho de manera ilegal, en calidad de indocumentados, a tal grado que se estima en alrededor de 6 millones la población que vive prácticamente en la clandestinidad, principalmente en California, Texas, Florida, Nueva York e Illinois. La situación de esta población flotante y móvil en territorio estadounidense se complica notablemente por la presencia de menores de edad que son introducidos por sus padres a los Estados Unidos y que viven su infancia a salto de mata para evitar la deportación. Bajo estas condiciones ambiguas, muchos de estos niños se han desarrollado biológica y culturalmente en un país que a pesar de todo lo consideran como suyo, si bien son conscientes de su estatus de indocumentados, lo que les genera desilusión y angustia por el futuro incierto. Por otra parte, la comunidad mexicana se multiplica por las tasas de natalidad de las familias mexicanas, que procrean hijos nacidos en los Estados Unidos y que en cualquier momento pueden verse desprotegidos por la deportación de sus padres y hermanos mayores, quedando en circunstancias inhumanas.

De esta forma, en el año 2012, más de 750 mil jóvenes que entraron ilegalmente a los Estados Unidos siendo niños, recibieron en la administración de Barak Obama un programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (programa DACA por sus siglas en inglés) y a los favorecidos por este ordenamiento se les comenzó a llamar Dreamers, por el hecho de soñar con la posibilidad de alcanzar el estatus de legalidad en el país al que consideran de facto pertenecer, contando con los beneficios del DACA, con respecto a permisos de estudiar y contar con trabajo temporal, licencias de conducir y un número de seguridad social. Es importante subrayar que estos jóvenes no llegaron a los Estados Unidos por su propia voluntad, sino que fueron enraizados en tierra suelta, vulnerables a un inclemente desarraigo que en esencia viola sus derechos humanos esenciales.

La situación es patente y es del dominio público, así como es también perfectamente conocida la posición y el criterio que esgrime la actual administración del presidente Donald Trump, con respecto a los indocumentados y los Dreamers en particular, marcada por una insensatez galopante, revestida de ignorancia, necedad y absoluta falta de calidad humana. Actitud reprobable para un líder mundial y de un país que se precia de ser democrático y justo.

 

Sin embargo tenemos que asomarnos a nuestro interior haciendo una auténtica autocrítica y subrayar que como país, no hemos logrado establecer los cimientos sólidos de un desarrollo progresivo, generador de recursos y bienestar justamente distribuidos. Comprender que bajo las condiciones de deshonestidad, corrupción e impunidad que campean ya de forma cínica en amplios sectores de nuestra sociedad, integradas en un tejido social que acumula injusticias y resentimientos, esto lo va haciendo cada vez más proclive a la ilegalidad y a la violencia, alejándose de la institucionalidad corrupta de los dirigentes y partidos políticos, ciegos aferrados torpemente a defender sus cotos a costa de la sociedad que los designa y les paga.

Tres poderes inoperantes trenzados en pugnas políticas estériles que emiten leyes que nadie respeta, reformas que nadie opera, que nadie controla. Con un modelo educativo que más que educar parece instruir para un sistema laboral basado cada vez más en el financiamiento externo volátil, que hoy construye plantas y ofrece empleos para el desarrollo de tecnología que pronto será obsoleta, sin permitir que la nación ejerza la soberanía de impulsar su propio destino y afrontar sus propios retos mediante un Proyecto de Nación. Toda la infancia y la juventud mexicana, todos en la sociedad mexicana somos Dreamers, todos soñamos con una nación libre, fuerte, independiente, justa, honesta, humanitaria, en la que existan las condiciones adecuadas para aspirar a una mejor calidad de vida, sin tener que realizar el peregrinaje infame hacia el falaz “Sueño Americano”.

 ¡Viva México!

Juan José Guzmán Andrade
Jubilado del Centro de Investigaciones en Química Inorgánica de la Universidad de Guanajuato. Afición desencadenada por la lectura y la música. Correo electrónico para comentarios: guzmandra@hotmail.com
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