En el orden social se aprecia una voluntad enajenante por parte de las esferas de poder, tratando de paralizar las reacciones colectivas ante la evidente ineficacia que muestra el sistema neoliberal (de izquierdas y derechas) extendido por el mundo para resolver los problemas que aquejan de manera sustancial y sostenida a la inmensa mayoría de los seres humanos que ocupamos en este momento este convulsionado mundo.

De lo que tengo miedo es de tu miedo.

William Shakespeare (1564-1616)

 

Dice un proverbio chino que el que teme sufrir ya está sufriendo el temor. Los grandes pensadores de todos los tiempos se han ocupado en reflexionar sobre el miedo, sus orígenes, manifestaciones y consecuencias, tanto en el orden individual como colectivo en momentos y lugares determinados. El miedo se llega a arraigar de tal manera en el ser humano, que el filósofo francés Émile-Auguste Chartier (Alain) reflexionaba que el hombre llega a tener miedo sin que exista un peligro, pero entonces se inventa un peligro para justificar ese miedo.

El miedo es una emoción viva en el ser humano y aunque a veces no lo parezca, tiene como función principal la de protegernos, pues nos impide muchas veces realizar acciones arriesgadas que rayan en la imprudencia y cuyo resultado podría significar un daño físico o emocional severo si las lleváramos a cabo. La dificultad radica en que el miedo tiende a magnificar las situaciones y si se le da cabida a esta sensación, se disponen las condiciones para transitar hacia un estado de pánico, en el que el factor causante se apodera de nuestra capacidad de reacción, llegando a inmovilizarnos por completo.

Las causas de la angustia varían entre distintas personas y comunidades, siendo ese estado en algunos casos perfectamente comprensible, dado el peligro real que se está enfrentando, pero también en muchas ocasiones el temor es infundado, un miedo neurótico que no corresponde a la realidad de las circunstancias. Si una persona o una comunidad no logran oportunamente neutralizar la amenaza que los aqueja, crece la ansiedad y se manifiesta entonces en un terror paralizante quedando a merced del factor causante.

En las sociedades cristianas ha sido común proyectar un Dios vengativo, siempre a la expectativa del pecado para enviar un castigo de inmediato, lo que no dejaba de generar angustia desde las edades tempranas del catecismo, sobre todo pensando en las penas a las que los pecadores serían sometidos en el infierno para pagar por sus culpas. Ese principio ocupaba parte de la conciencia, que con el paso de los años se iba ajustando mediante acuerdos personales e íntimos, determinados por la absolución de los pecados mediante la confesión, presentándose el caso de un juego contra el tiempo, en el que se admitía la posibilidad de realizar actos moralmente negativos, que en una actitud de franca conveniencia personal serían finalmente perdonados, condición que generó en muchos sectores de las sociedades cristianas posturas de doble moral, con una tolerancia muy ancha para la conducta de unos y muy estrecha para el comportamiento de otros, definida en la mayoría de los casos por razones de niveles en la escala social.

La interpretación de lo que significa el temor de Dios, consiste que en los términos adecuados debe impulsar al ser humano a conducirse con amor a sí mismo como creación divina y con amor sincero hacia el prójimo que es también una creación amorosa a semejanza de Dios, no debe malinterpretarse como el miedo a un Dios rencoroso, pero al que se le puede dar vuelta en los recovecos de la conveniencia moral. Así, ante las dificultades que puede representar ser un auténtico cristiano, como aquel ser humano siempre dispuesto a amar y compartir de sí mismo, de su propia esencia, la gravedad de los pecados se fue desplazando, en un punto de inflexión, hacia una moral principalmente ocupada en vigilar el desprevenido uso de los genitales. Es decir, el ser hipócritamente cuidadoso de las apariencias por sobre la importancia de la ejecución amorosa de las obras de misericordia, generosidad aplicada en beneficio de lograr un mundo más afortunado.

Cuando tuve hambre me diste de comer –¿Cuándo te di de comer Señor si yo nunca te vi? –En verdad te digo que en cuanto lo hiciste a uno de tus hermanos, aun a los más pequeños, a mí lo hiciste. Mateo 25:35-41.

Así pues, en el cristianismo el miedo se relaciona con la conducta individual y su conciencia, considerando por supuesto que esa conducta tiene una repercusión en el entorno social. Hay pues un miedo racional a no conducirse debidamente por el camino del obrar bien.

Sin embargo, en los países tradicionalmente cristianos, considerando en particular a los países hegemónicos de Europa y América, los gobiernos (que no tienen nada de religiosos) han tratado de mantener regímenes basados en el miedo, no necesariamente derivado de acciones represoras que violentan la convivencia social, como fueron los regímenes opresores del siglo XX establecidos en la Alemania nazi o en la Unión Soviética, que hicieron uso de un conjunto planificado de estrategias para hacerse del poder absoluto y el control de las poblaciones, incidiendo en los comportamientos individuales y sociales para el cumplimiento de sus fines de dominio, incluso más allá de sus fronteras geográficas, sino como la aceptación de un destino que gira alrededor de lineamientos aparentemente razonables, que perfilan las tendencias de un sistema político, económico y social irrebatible, con la incongruencia de observar al mismo tiempo los pésimos resultados de su aplicación en lo referente a equidad en la distribución de recursos, justicia, combate a la pobreza, seguridad, educación, salud, ecología y otras áreas importantes.

Bajo este panorama, las naciones en el estado mundial parecen entonces educar para el miedo que se requiere a fin de sostener la fluidez de la maquinaria neoliberal, haciendo que prevalezca una actitud de desviar la mirada ante las irregularidades, observándolas como el mal menor que principalmente los sectores más vulnerables de la sociedad deben sufrir, para no detener, lo que en el discurso político denominan progreso. Es decir, inculcar el miedo a experimentar cambios saludables y no seguir aplicando tercamente los mismos remedios que evidentemente no vienen produciendo buenos resultados.

La aceptación de la ignorancia significa el miedo a saber, a tener acceso a la verdad, a ser libre para construir un destino propio, de ahí que las estrategias de manipulación traten siempre de intervenir en los procesos de enseñanza, lo que en la actualidad incluye el control de las redes de telecomunicación, escaparate de lo que se pretende armar como una especie de conciencia colectiva, pero con una intención marcada de banalizar el significado de los acontecimientos,  formando bandos de opinión basados en mensajes cortos y de pésima redacción, que da preferencia al insulto y a la descalificación, en lugar de la defensa de un criterio propio derivado de un juicio inteligente.

Es el miedo a la libertad, que ya pregonaba Eric Fromm desde 1941, mencionando que el peligro del pasado era que los hombres fueran esclavos, pero que la amenaza del futuro sería no sólo seguir siendo esclavos, sino también de no darse cuenta de ello, a través del acondicionamiento y la manipulación de la información, que va transformando a la sociedad en una especie de robots. Los países que comparten la idea de la globalización neoliberal utilizan la idea de promover el miedo a los cambios y los síntomas son los de una sociedad que acepta a ciegas que la dinámica de los sistemas no se puede detener y entra sin reflexiones de por medio, en la conducta afanosa de contar con recursos económicos a toda costa, para consumir todos los productos que nos presentan los medios de producción, en un círculo vicioso al que no se le ve fin.

Tanto la utopía marxista como el capitalismo de la abundancia prometían originalmente un futuro en el que la mecanización traería consigo además de una vida confortable, más tiempo de ocio (en este caso no para aburrirse sino disponer de tiempo de calidad), el cual podría ser perfectamente aprovechado para buscar el enriquecimiento físico, cultural y espiritual, complemento para la autorrealización individual y de la sociedad en su conjunto, dentro de una estructura de tejido humanista. Ambos sistemas han fallado rotundamente en este objetivo, que incluso ha dejado de manejarse en la propagandística ideológica de las izquierdas y derechas, y en ambos bandos el beneficio ha sido para una fracción muy pequeña de individuos, que curiosa y precisamente corresponde a quienes detentan el poder, de quienes tienen en sus manos el gobierno institucional aprovechándolo para sus fines personales y de sus camarillas.

En México el sistema político presenta un grado muy alto de descrédito, por tanto requiere de recursos para echar a andar la maquinaria pesada y volver a emparejar el terreno, precisamente utilizando el miedo a los cambios, y en esta empresa de asociación delictuosa participan todos los partidos, sin quedar uno solo fuera, incluso los supuesto partidos de la izquierda, que pregonan diferencias sustanciales, pero que sólo son la válvula que trata de descomprimir la atmósfera política viciada, y las evidencias están en que todos aceptan sin chistar las cantidades millonarias para las campañas políticas, con una parte sustanciosa que ira a los bolsillos de los protagonistas y otra fracción igualmente importante se tirará a la basura a lo largo y ancho de todo el país, al utilizarla vilmente en denostar al rival político, con cada partido enfocado en demostrar ¡ no que han diseñado el mejor proyecto de nación para abatir la pobreza y la grosera desigualdad, para proyectar mejores modelos de educación y fomento a la generación de empleo recuperando la producción industrial y agraria, complemento fundamental a la inversión extranjera que por su misma naturaleza es volátil !, ¡¡¡ sino que son la opción menos corrupta !!!

Los nuevos dioses vengativos andan sueltos y fomentan el terror social si no se cumplen las instrucciones institucionales.

Quien vive temeroso, nunca será libre.

Horacio, poeta latino (65 aC-8 aC)