Vivimos a la vez en un espacio físico y en un espacio social, y para saber cómo desempeñarnos y estar cómodos dentro de ellos y con relación a los demás, tenemos que tener conocimiento de tamaño que tenemos y el lugar que ocupamos.

En cierta forma todos tenemos “tomada la medida” de la cotidianidad comprendida por los objetos que nos rodean, el espacio que ocupan y nuestro propio cuerpo, es por ello que todos podemos  ir a obscuras  hasta la cocina sin tropezarnos con las paredes ni con los muebles,  abrir la puerta del refri sin mayores problemas y atinarle directo a la boca para beber la botella de agua que acabamos de sacar. Igualmente aplica para las situaciones a las que nos enfrentamos, siempre que estamos ante algo familiar sabemos cómo movernos, ante un catarro sabemos que hay que cargar pañuelos y consultar al doctor.

A esta maravillosa ubicación se le puede llamar dimensionamiento y es conocer el tamaño de algo  a través de sus coordenadas mínimas de ubicación o saber otorgarle a cada cosa su importancia, esta capacidad afortunadamente es natural pues no necesitamos un flexómetro cada que llegamos a un sitio para poder movernos sin estrellarnos contra todo, al igual que no tuvimos que leernos un manual para saber qué hacer ante todo lo que nos acontece.

Sin embargo, este dimensionamiento se puede complicar si se modifica de forma repentina alguna de las variables sin que nos encontremos preparados, así es muy probable  que  si nos levantamos por agua y “alguien” (con frecuencia nosotros mismos) deja un obstáculo  podemos golpearnos dolorosamente el dedo pequeño del pie, si el refrigerador es nuevo seguramente nos costara encontrarle la puerta, al igual que si tenemos los labios hinchados nos haremos daño con la botella.  Estos accidentes también son frecuentes cuando los sentidos se encuentran alterados por las emociones o por sustancias ajenas al cuerpo, dicen que así suceden los borrachazos, por ejemplo. En el caso de las situaciones también sucede que aunque las conozcamos la vivamos desde otra posición, que le dé catarro a un hijo en vez de a ti, con obstáculos nuevos como que se complique con tos  o que nos sorprenda en otra condición,  enfermando sin contar con seguro médico.

Otra forma de perder el dimensionamiento es cuando la realidad se torna engañosa, si no tenemos el objeto ante nuestros ojos podemos equivocarnos con sus medidas muy fácilmente como aquellos que compran por catálogo y reciben cosas muy pequeñas o demasiado grandes, si tenemos el objeto pero no la referencia podemos regalar una camisa que no le queda ni de broma al destinatario o al ir a la tlapalería por unos metros de tubo para luego descubrir que no cabe en el auto, ni por la puerta y que hace que, al puro estilo de los tres chiflados, golpeemos a alguien al girarnos con él en las manos, puede suceder también que las  circunstancias no son claras, como cuando tratamos de recoger una moneda pegada al mostrador o cargar algo que parece más ligero o pesado de lo que en realidad es.  Alguien puede contarnos por teléfono que está enfermo y asustarnos con su aspecto real cuando lo vemos, podemos intentar subir una montaña con catarro y cansarnos a los primeros pasos o pensar que es una inofensiva gripe cuando en realidad se trata de neumonía.

Vivimos a la vez en un espacio físico y en un espacio social, y para saber cómo desempeñarnos y estar cómodos dentro de ellos y con relación a los demás, tenemos que tener conocimiento de tamaño que tenemos y el lugar que ocupamos, para no encontrarnos de pronto como el pajarito que tiene la mala suerte de meterse por una ventana tan sólo para estrellarse contra los muebles tratando de volver a su estado anterior, no hay que olvidar que la cuarta dimensión es el tiempo y que es la única que sólo se mueve en una sola dirección.