Gradualmente ni se siente

El Laberinto

Me imagino los pasos para complementar procesos de larga duración como hormigas, una sola no se nota, cuando son varias pueden mover un insecto, si se acumulan más pueden realizar prodigios o actos bastante macabros, pero antes de ponernos lúgubres tan pronto, podemos pensar como cada una de ellas acarreando una migajita pueden transportar todo el pan.

Esa panza que crece gramo a gramo y que no notamos hasta que nuestro botón amenaza con dejar tuerto a quien se siente frente a nosotros, esos avances mínimos en alguna actividad hasta que ésta es automática, la canción que de tanto oírla conocemos de memoria, aquel moretón que se va esfumando hasta que que ya no duele para nada, son algunos ejemplos de cómo lo gradual nos pasa de noche, nadie ve como se va ensuciando la pared, en cambio todos se percatan cuando la pintamos de otro color.

Para poder constatar este tipo de movimiento necesitamos un punto de referencia, algo que permanezca estático mientras todo se mueve, como se controla desde tiempos remotos el movimiento de la tierra, y su consiguiente cambio de estaciones, mirando la posición de las estrellas con respecto a una montaña, lo que me lleva a pensar que nos estamos moviendo todo el tiempo con el planeta y resulta que no basta para agitar un sólo mechón de nuestras cabelleras.

Ejemplos interesantes a nivel personal de puntos de referencia son las fotos, los apuntes que guardamos en un cajón para después leerlos y pensar tiernamente que éramos bastante inocentes (por usar una palabra amable), sacar ropa que no hemos usado en mucho tiempo para ver como ajusta de un modo completamente distinto o aquella tía que veíamos una vez al año y que exclamaba sorprendida ¡Que grande estás! Para constatar a nivel colectivo nos basta con la historia y si lo pensamos de ese modo resulta vital tenerla siempre presente.

Esos granos que van cayendo de un contenedor a otro del reloj de arena, por su lentitud, son una ventaja y un peligro, ventajosamente no notamos cada día como vamos envejeciendo y podemos construir grandes cosas con acciones pequeñas siempre y cuando no abandonemos la constancia, por otro lado nos pueden hacer normalizar cosas incomodas o dañinas como la dudosa historia aquella de la rana en la cacerola donde si le suben la temperatura abruptamente pega un salto al sentir el dolor del calor, pero si se va subiendo medio grado a la vez termina hervida sin saber cómo (pregunta extra ¿A quién demonios se le antoja un caldo de rana?).

De vez en cuando nos puede convenir fijarnos si no estamos demasiado satisfechos y narcotizados con lo efímero, como el hombre del terrorífico cuento “La miel silvestre” de Horacio Quiroga, que no pudo evitar que se lo comieran las hormigas después de su delicioso festín. Finalmente si fui lúgubre, digamos que fue gradual.

María José Bataller Alvarez

Antropóloga de profesión, lectora intensiva, aficionada a la historia, ajonjolí de muchos moles, antojadiza estacionaria y flaneur involuntaria, hace malabares con todas sus pasiones y obsesiones con el propósito de lograr escribir algo aceptablemente coherente a lo que llamamos laberinto, que ya está viviendo su cuarto año de existencia.

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