La mano que soba

El Laberinto

La violencia, en cualquiera de su muy variado catálogo de facetas, muy rara vez constituye un acto gratuito, si no que cumple el propósito de crear una diferencia que se puede explotar de manera inmediata para los fines deseados por el perpetrador o de mantener la misma a través del tiempo.

En el primero de los casos es muy sencillo de explicar y no requiere sobaditas después, por ejemplo cuando alguien nos saca la navaja para robarnos el celular o cuando nos empujan para ocupar nuestro lugar, en ambos casos la relación de las partes solamente es ese instante agresivo y nada más, no lo volveremos a ver en la mayoría de las ocasiones, por lo tanto seguramente el asaltante no pedirá disculpas mientras huye con nuestras pertenencias y tal vez quien nos empuja solamente lo haga para preservar su seguridad si tiene que permanecer cerca de nosotros.

En el caso de la asimetría sostenida, como un trabajo explotador, una pareja violenta o un mal gobierno se requiere entrar en un ciclo de castigo y recompensa, pues no hay mal que dure cien años ni nadie que los aguante, ni física ni emocionalmente. Y aquí es donde aparece la mano que soba, esa que nos apapacha después de que la otra nos reventó a cachetadas, esa que se puede llegar a recibir con la ilusión de que ambas extremidades no son parte del mismo cuerpo y que obedecen al mismo cerebro, que a final de cuentas no desea dejar de violentarnos si no que sigamos obedeciendo.

No debemos olvidar que no necesitaríamos ser curados si no nos lastimaran primero, que el bienestar no debería ser la excepción y mucho menos una dádiva que trate de compensar ese sufrimiento que ni siquiera debería de existir.

Curiosamente la forma efímera de la violencia es muy sencilla de notar y cualquiera protesta de manera automática, no pasa lo mismo con la sostenida, cuyos oasis suelen hacernos olvidar que estamos finalmente aventados en el desierto quemándonos. Cuidado con las manos que soban, en perspectiva pueden ser mucho más letales que las que golpean.

María José Bataller Alvarez

Antropóloga de profesión, lectora intensiva, aficionada a la historia, ajonjolí de muchos moles, antojadiza estacionaria y flaneur involuntaria, hace malabares con todas sus pasiones y obsesiones con el propósito de lograr escribir algo aceptablemente coherente a lo que llamamos laberinto, que ya está viviendo su cuarto año de existencia.

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