CAMINO SIN RETORNO

ENTRE CAMINANTES TE VEAS

El frío de diciembre cala tanto como las ausencias. Y desde que se quedaron solos, para Pedro y Mercedes las Navidades y el Año Nuevo dejaron de tener sentido.  Hubo una época en la que el último mes del año era un acontecimiento feliz porque significaba abundancia, regalos, vacaciones, luces, calor de hogar, galletas recién horneadas y abrazos. Entonces la familia se reunía y había ocasión de ver a la abuela con su delantal siempre pulcro meneando las inmensas ollas de barro que despedían aromas que cobijaban el alma. Los niños en pleno reencuentro con sus otros primos correteaban por toda la casa en medio de gritos y carcajadas. La tía Amelia revisando por enésima vez su lista de regalos para asegurarse que nadie le faltaba. El perro asustado, esa casa antigua que resguardó tantas infancias parecía sonreír a través de sus grietas y viejas paredes de adobe.

Ella, su Mercedes, parecía brillar cada vez que sonreía; él al mirarla sentía que el amor crecía en su interior hasta llenarlo todo sin compasión, y en medio de aquel tumulto, debía reprimirse para no correr a abrazarla. Pedrito entonces era un niño despierto, feliz y ocurrente. La vida  era distinta. Hoy, la realidad era tan gris que lastimaba.

Una tarde de verano, Pedrito convertido ya en adolescente salió a comprar a la papelería de  la esquina algunas cosas que necesitaba para su tarea. Terminó de comer, y mientras Mercedes limpiaba la mesa salió diciendo que no tardaba, pero sí que tardó, de hecho, jamás regresó.

Hubo testigos que dijeron que lo levantaron a pocos metros de la casa. Se lo llevaron en una camioneta negra sin placas, todo pasó en cuestión de segundos. La policía no quiso actuar de inmediato, dijeron que había que esperar unas horas para no trabajar en balde, porque casi siempre resultaba que los chavos andaban de parranda y necesitaban dejar pasar el tiempo para asegurarse que no se fue por su propio pie. De nada sirvieron las súplicas de los familiares. Los padres fueron sometidos a interrogatorios exhaustivos como si los delincuentes fueran ellos. Papeles y más papeles que firmar y rellenar, pero del hijo nada. Mercedes se volvió loca del dolor, no volvió a dormir, jamás volvió a sonreír, sus ojos se nublaron para siempre.

Pedro se dedicó a buscarlo sin descanso, a hacer él solo lo que la policía no quiso hacer. Indagó, buscó y hasta visitó casas de mala muerte escudriñando cada rostro  porque le dijeron que a veces se los llevaban para venderlos a los pederastas. Cada minuto, cada hora y cada día transcurrido eran una tortura. La imaginación se daba vuelo martirizándolo. Lo imaginaba sufriendo de mil maneras distintas. Nunca más volvió a sentir paz.

Semanas después apareció el cuerpo sin vida flotando en el río, entre la mierda y la inmundicia como si  Pedrito no hubiera sido el ser maravilloso que fue. Lo reconocieron por la ropa, porque el resto no era ni remotamente reconocible. Pedro solamente repetía una y otra vez ante la espeluznante visión: Mi pobre hijo, mi pobre hijo.

No ha podido llorar desde entonces, simplemente se rompió y ya nada volvió a tener sentido. Mercedes en cambio, lloró hasta que se quedó seca de lágrimas y amor. Mataron a su hijo, y también los asesinaron a ellos dejándolos muertos en vida, sin ilusiones y sin dignidad. Nunca se investigó el crimen, dejaron de frecuentar a familiares y amigos, estaban cansados de que todos les ordenaran vivir de la forma en que ellos creían debían seguir viviendo, algunos con crítica, otros con saña, la mayoría con lástima. Por supuesto, tampoco creían en las autoridades y mucho menos en la justicia.

Las campanadas comenzaron a sonar una a una hasta completar las 12, seguidas de los cuetes y luces multicolor que se rompían en el firmamento reflejándose en el cristal de la ventana en la habitación de Pedro y Mercedes. Quienes acostados ya, tapados en exceso como si eso pudiera aminorar el frío de sus huesos tan lastimados se miraban en silencio con los ojos húmedos a través de la oscuridad de la habitación. Entrelazaron sus manos por última vez, mientras el gas silbaba silencioso y mortal en la cocina apoderándose de cada rincón, permitiéndoles dormir al fin en medio de un sueño en el que los caminantes de bien se reencuentran al fin para no volver a separarse jamás.

Elena Ortiz Muñiz
Elena Ortiz Muñiz es licenciada en Ciencias de la Comunicación. Su trabajo literario se ha publicado en revistas y espacios literarios de Canadá, México, Colombia, Argentina, España y Chile. Autora del libro de relatos La librería del Centro (2012) y del libro de poemas Luna nueva (2014). Su e-mail: encontacto@elenaortizm.com
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