Darle patadas al diccionario 

El Laberinto

Las patadas al diccionario o faltas de ortografía son parte de nuestra cotidianidad, diario nos encontramos con cientos de ellas, de diversa gravedad, regadas en los carteles callejeros, mensajes de texto, exámenes, recados y redes sociales, por mencionar algunos sitios.

Portada del primer tomo del Diccionario de Autoridades 1726 (Foto: Especial)

Es de humanos equivocarse, pero hay escritos que me dejan con la sensación de que alguien de muy mala leche eligió entre una serie, casi siempre binaria, de posibilidades la opción incorrecta una y otra vez solo para provocarle a sus lectores una hemorragia ocular.

No quiero pecar de purista, ni exagerada, tampoco poner la educación formal, a la que no todos tenemos acceso, por encima de otros saberes válidos y necesarios,  mucho menos quiero justificar a los que pretenden ganar discusiones corrigiendo o burlándose de los errores ortográficos de los demás, ellos son simplemente cretinos.

Por lo que escribo este laberinto es porque, más allá del amor a la simple forma o un apego irracional a las reglas, considero que la ortografía tiene una utilidad mucho mayor a lo que pensamos  y que dice mucho de quien la respeta.

Es una fuente de información ya que nos permite conocer la raíz de las palabras y con esto estamos un paso más cerca de comprender las mentalidades de quienes las idearon o utilizan, si pensamos en la palabra histérica, por ejemplo,  y vemos que tiene la misma raíz que útero en latín, podemos saber que se consideraba (o tal vez considera)  que ciertos comportamientos irracionales y violentos estaban íntimamente ligados a la condición femenina.

Escribir correctamente también es una garantía de que nuestro mensaje se transmitirá de la manera más precisa a los posibles interlocutores, pues aunque confiemos en el contexto de la oración, puede ser recibido en otro tiempo o en otro idioma y cambiar por completo. Hasta este punto pareciera que solo es importante seguir las normas si tenemos aspiraciones investigadoras o literarias, lo que dejaría la comunicación inmediata fuera del juego. Considero que no es así.

Como mencioné anteriormente  podemos saber de las personas a través del modo en el que escriben, pues no es que la ortografía  sea una ciencia oculta, estamos ante palabras escritas todo el tiempo, tenemos a nuestro alcance el corrector de texto que nos avisa si algo está mal y las reglas son sencillas. Si a pesar de todo esto de pronto escriben “hojos” estamos ante alguien que, a pesar de vivir en un mar de información y con muchas herramientas a su alcance, simplemente decide que es mejor seguir en el error, aunque escriba y lea todo el tiempo.

Hay que tomar en cuenta el contexto de las faltas que encontramos y respetar siempre al resto de la gente, imaginemos la ortografía  como un cinturón de seguridad: no molesta, ya está ahí y puede sacarnos de un apuro o por lo menos evitarnos una multa, no sean el necio que no lo usa porque no quiere ni el policía que se aprovecha de él para molestar.

María José Bataller Alvarez
Antropóloga de profesión, lectora intensiva, aficionada a la historia, ajonjolí de muchos moles, antojadiza estacionaria y flaneur involuntaria, hace malabares con todas sus pasiones y obsesiones con el propósito de lograr escribir algo aceptablemente coherente a lo que llamamos laberinto, que ya está viviendo su cuarto año de existencia. El correo para comentarios es: correodechepa@hotmail.com Le encanta responder puntualmente su correo electrónico en el cual recibe gustosa dudas comentarios, sugerencias y lo que sea la voluntad de los remitentes. Prueben con correodechepa@hotmail.com
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