Hay que aprender a leer entre líneas que están buscando lograr con estos relatos para poder conocer aquello que no nos cuentan.

Al preguntar en una colonia con cierta reputación sobre qué tan peligrosas son sus calles, brotan a una velocidad asombrosa las historias macabras sobre la misma mientras uno, como incauto visitante, voltea a todos lados poniendo  los sentidos concentrados en esquivar los balazos que pueden llegar en cualquier momento.

Lo mismo sucede cuando indagamos por el pasado de alguien, lo normal es que nos cuente sus anécdotas más alocadas o raras aún en perjuicio de la imagen que de ellos podamos tener.

Así en los periódicos y en las noticias y hasta en las novelas y vidas de santos lo peligroso, lo malo o lo triste es el cuerpo del relato, por qué como una maestra de crónica nos dijo alguna vez: “lo bueno es aburrido y además da envidia” es decir que no hay tal cosa como el relato negativo, lo negativo representa en si al relato y como en los regalos la intención es lo que cuenta.

Primero genera empatía, por qué la humildad es un valor pero la amenidad una necesidad, nadie a menos que quiera que ronques te va a platicar cómo se lava diario los dientes o cuánta azúcar le pone al café pero tampoco te puede presumir lo bueno que es en el trabajo o lo mucho que lo quiere su novia, en cambio el peligro, los errores y los apuros nos humanizan ante los demás y el hecho de estarlo narrando nos pone en una posición de sobreviviente sin tanto alardeo.

Pero además cumple un rol de filtro y tolerancia, si conocen lo más feo y aún así nos aceptan ya llevamos un tramo avanzado, por lo menos en lo que ahuyentar intrusos se refiere además de ampliar nuestro parámetro de acción agrandando la tolerancia del otro.

Hay que aprender a leer entre líneas que están buscando lograr con estos relatos para poder conocer aquello que no nos cuentan.