Una vuelta por aquellas épocas románticas de la radio, en las décadas de los 1930, 1940 y 1950, que incluso marcaron una época dorada, en la que las radionovelas y los programas musicales eran parte importante del divertimiento de la sociedad.

Yo no comprendía cómo se quería en tu mundo raro y por ti aprendí…

Tú me acostumbraste, Frank Domínguez (cantautor cubano)

Para los que nacimos a mitad del siglo pasado nos es agradable escuchar boleros, ya sea porque sintonizamos eventualmente alguna estación de radio, de esas que aún conservan programas retro como la hora de los tríos, o algo así, pero que nos hace recordar épocas pasadas en las que la música se estructuraba con bellas melodías y letras de un romanticismo desbordante, y que al oírlas en el presente nos brindan un sabor delicioso, como el de los buenos vinos que se mejoran con el tiempo, algo que bajo los términos actuales podría determinarse como vintage.

Me sigue gustando mucho la radio, si bien ya no conserva intacta aquella magia que emanaba del aparato en la época de oro, puesto que la aparición de la televisión le fue escatimando paulatinamente la atención de su audiencia, y me atrevo a decir que para mal porque, hay que reconocerlo, aún no podemos establecer de manera clara un período específico al que se le pudiera etiquetar como una época dorada de la televisión mexicana, como efectivamente lo existió y de manera muy concreta para la radio nacional, bastando recordar aquella emotiva presentación con el lema que nos enorgullecía, XEW la voz de América Latina desde México, que en las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta, daba la idea de un país pujante, encaminado en un acelerado desarrollo que pronosticaba progreso y bienestar para todos ante el mundo.

Era en la radio, en la infancia lejana, donde mi madre a la vez que realizaba las tareas domésticas y luego por las tardes se ponía frente a la máquina de coser a confeccionar cortinas y manteles, pero más a remendarnos los pantalones que desgastábamos en los juegos callejeros, escuchaba también las radionovelas o seriales radiofónicos y creo recordar que realmente nunca me dispuse a sentarme y escuchar las historias dramáticas que se narraban, pero sí digamos, como de pasada, me atraía mucho la sonoridad fascinante de las voces perfectamente moduladas de los actores y sobre todo los efectos especiales, con la reproducción de los sonidos del entorno, que en ese momento los consideraba como reales, el taconeo de los pasos del malvado (que todos escuchaban, menos la inocente víctima), el trote y los relinchos de los caballos, los ríos caudalosos, el tronido de los relámpagos, el trinar de las aves y de todo aquel sonido que era necesario producir para aportarle mayor emoción a la representación auditiva, con ambientaciones geniales que en la fantasía prácticamente nos ubicaban en la escenografía, como testigos presenciales de los dramáticas hechos.

Así pues, puedo recordar fragmentos de seriales célebres en los cincuenta y sesenta, como la de Kalimán, el hombre increíble, en la pomposa voz de Luis Manuel Pelayo y de Luis de Alba interpretando a su pequeño amigo Solín. También del Ojo de Vidrio, las aventuras del malhechor Porfirio Cadena; o de Chucho el Roto, que robaba a los ricos para repartir el dinero entre los pobres; el Monje Loco, que nos provocaba noches de insomnio con sus macabros relatos, o una radionovela que recuerdo de manera especial, La Casa Roja, con las maldades de un aparentemente inocente niño que era aconsejado en los vericuetos de su cerebro por un ente demoníaco que lo impulsaba a obrar de manera perversa, con una inteligencia tal que siempre salía bien librado de las culpas, hasta que en el desenlace, ya siendo joven y a punto de salirse con la suya, es descubierto de todas sus vilezas.

Había emoción desde la presentación de las radionovelas, con sus introducciones y resúmenes, así como la presentación de los intérpretes, entre los que destacaban actores como José Antonio Cossío, Antonio González, Amparo Garrido, Carmen Molina, Carmelita González, Arturo de Córdoba, Germán Robles, Luis Manuel Pelayo, Ferrusquilla, Emilia Carranza, Marga López, Manuel López Ochoa, entre muchos otros, algunos de los cuales ya eran figuras conocidas del cine y otros famosos que nunca alcanzaron la misma notoriedad al tratar de dar el salto hacia el cine o hacia la nueva modalidad de entretenimiento que para fines de los cincuenta ya estaba extendida por todo el país, la televisión, opacando las radionovelas con el producto del trasplante, las telenovelas, aun cuando la radio no perdió su relevancia transmitiendo noticias y programas musicales de complacencias, incluyendo la moda que llegó para encumbrarse de manera inmediata en esa época, el rock and roll, con los grupos y baladistas mexicanos hasta los sesenta y con el rock y pop inglés y norteamericano hasta los setenta.

Precisamente otro gran disfrute que ofrecía la radio en esos ayeres de la época dorada, era la música interpretada por los artistas de moda que desfilaban en los programas en boga para beneplácito de los radioescuchas ávidos de las novedades en cantantes, orquestas, composiciones, estilos y ritmos para bailar. Siendo muy pequeño a principios de los cincuenta, apenas recuerdo como entre murmullos en el tiempo, la primera conexión que tuve con el radio de mi madre sonando con una vieja copla española ¿Que tiene la zarzamora que a todas horas llora que llora por los rincones…, seguramente en la voz de Lola Flores, y de ahí en adelante en mi infancia me sentí acompañado permanentemente por la música que fluía del aparato no sólo en nuestra casa, sino también en las de los amigos, o hasta a través de las ventanas caminando por las calles de León.

Pero fue más bien de joven cuando valoré la importancia que representaba el sistema radiofónico para la sociedad, en el aspecto de ofrecerle momentos gratos de sano divertimiento, con programas de diversa índole y saltaban en mi mente los recuerdos de un estilo musical muy particular: el bolero. En la adolescencia me tocó escuchar el estruendo del rock, la melcocha de las baladas juveniles o balada rock, y hasta del estallido del rock en inglés encabezado por los Beatles, pero en el aire seguían los ecos de los boleros que había escuchado en la infancia, a lo que no había prestado la atención suficiente como para ser capturado por su lírica romántica.

Nacido en Cuba desde fines del siglo XIX, el bolero se fue desarrollando entre la variedad de ritmos cubanos bailables que hicieron furor en el mundo entero, así como del tango que magistralmente representaba la voz y figura de Carlos Gardel. En México encontró una acogida espontánea en Yucatán, relacionándose de inmediato con la trova durante la década de 1920 y pronto comenzó a aparecer un gran número de importantes compositores nacionales, que competían en producción y calidad con los compositores cubanos y portorriqueños, sobre todo con el impulso radiofónico que recibió este género musical durante la década de los treinta, promoviendo que el bolero se escuchara por toda América Latina y que junto con la canción ranchera, formara parte del catálogo de lujo en las películas de la época de oro del cine mexicano.

En México el bolero inicialmente fue interpretado por tenores y barítonos con acompañamiento orquestal, destacando así en los programas de la XEW cantantes como Guty Cárdenas, José Mojica, Nicolás Urcelay, Néstor Mesta Chayres, Alfonso Ortiz Tirado, Pedro Vargas, Juan Arvizu, María Luisa Landín, Amparo Montes, Toña La Negra, entre muchos otros, cantando composiciones de María Grever, Agustín Lara, Gonzalo Curiel, Álvaro Carrillo, Consuelo Velázquez, Luis Demetrio, Pepe Domínguez, entre varios más. Pero en los años cuarenta se popularizó enormemente el bolero interpretado por tríos, que incluían de manera general una primera voz, requinto y guitarra de acompañamiento, movimiento iniciado por Los Panchos (Alfredo Gil, Chucho Navarro y Hernando Avilés, quienes se reunieron en Nueva York en 1944), sin olvidar el antecedente de los Hermanos Martínez Gil, pero siendo  ellos los primeros en incluir el requinto como característica particular, para constituirse en prototipo, surgiendo a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta una generación muy rica de tríos de altísima calidad, incluyendo a los Tres Diamantes, Los Jaibos, Los Tres Ases, Los Montejo, Los Dandys, Los Tecolines, Los Tres Caballeros, por mencionar algunos. Jorge Negrete y Pedro Infante fueron asimismo extraordinarios cantantes de boleros, y resaltando en el llamado Bolero Ranchero la figura fundamental de Javier Solís y las composiciones de José Alfredo Jiménez.

Pero las canciones de los tríos inundaban los espacios del México pujante de aquella época romántica, Relámpago, Chacha linda, Sin ti, Piel canela, Caminemos, Bésame mucho, Perfidia, Rayito de luna, Morenita mía, Solamente una vez, Delirio, El reloj, Mujer, Usted, Sabor a mí, La gloria eres tú, embrujo, Miénteme, Vereda tropical, Toda una vida, Un siglo de ausencia, Sin un amor, La enramada, Suspenso infernal, Tres regalos, Gema, Alma de cristal, Como un duende, Que seas feliz, Estoy perdido, No me platiques más, Sabrá Dios, Prisionero del mar, En qué quedamos por fin, El andariego, luz de luna, Seguiré mi viaje, Palabras de mujer, Escarcha, Amor de mis amores, Arráncame la vida, y un sinfín de etcéteras.

Resulta curioso escuchar la letra de una canción como Dime, de Gonzalo Curiel, cantada por José Mojica: Quiero robarle a mis recuerdos, la amargura que tu amor en mí dejó, pienso que la dicha de quererte en mí dejo, flores que el sol marchitó… Dime, si en tus manitas se quedaron todos los dulces sueños de mi amor, porque mi alma, que robaste, en las noches tristes y solas lloran por ti.  Confrontada a los éxitos musicales del momento actual: Apenas sale el sol y tú te vas corriendo. Sé que pensarás que esto me está doliendo. Yo no estoy pensando en lo que estás haciendo, si somos ajenos y así nos queremos. Si conmigo te quedas o con otro tú te vas no me importa un carajo porque sé que volverás. Y si con otro pasas el rato vamos a ser feliz (sic), vamos a ser feliz, felices los cuatro, te agrandamos el cuarto.

Los tiempos cambian.