Fragilidad en la Naturaleza Humana

Ecos de Mi Onda

La más peligrosa de todas las debilidades es el temor de parecer débil.

Jacques Benigne Bossuet (1627-1704) Clérigo, intelectual y escritor francés.

Humus–deus

Amanecía y el hombre se dirigió lentamente al centro del inmenso jardín, se detuvo justo en lo alto de una pequeña loma, miró alrededor sus dominios y comenzó a despojarse de las regias vestiduras hasta quedar completamente desnudo, se irguió tensando los músculos, tomó aire y fue abriendo pausadamente los brazos, apuntando con el dedo índice de la mano derecha hacia el horizonte donde apenas asomaba el sol, el rostro frente al norte y los pies descalzos sobre la fresca hierba, respiró pausadamente y cerró los ojos con firmeza. Había dado órdenes precisas de que, pasara lo que pasara, nadie lo molestara hasta que él mismo así lo indicara. Mantuvo esa incómoda posición hasta el mediodía, pero el sol de inicios de la primavera era tibio y el aire que provenía de las altas montañas tenía una suave frescura, lo que le producía un estado de orgulloso bienestar. Al llegar la noche su gran fortaleza aún le inflamaba de altivez. Fue hasta el tercer día cuando las fuerzas empezaron a flaquearle, la falta de alimento y de agua vital le consumían energía interna. Sin embargo, estaba seguro que la fuerza del origen del linaje al que pertenecía, le conferiría el aliento suficiente para seguir hasta el punto que él mismo dispusiera, en esa prueba que se había autoimpuesto.

Se sintió triste y decepcionado. Al atardecer del cuarto día las piernas le temblaban, jadeaba y tenía  una sed desesperada, abrió los ojos y miro su brazo derecho extendido hacia el oriente, acercó la mano al rostro con dificultad debido a la rigidez desarrollada por la posición inmóvil sostenida, movió los dedos y advirtió la sensación extraña de ser un hombre común, una mente en un cuerpo común, la fragilidad de un hombre común. Las sienes le estallaban y el corazón le latía de prisa, haciéndole sentir el flujo de la sangre como un hombre común. Se tendió sobre la hierba y se abandonó por un buen rato. Durmió por unos minutos y logró sentir algo de alivio, y recuperó la fuerza suficiente para vestirse y caminar de regreso.

En la enorme recámara lloró desconsolado al reflexionar sobre su verdadera naturaleza. Caminó parsimonioso hacia el suntuoso salón, donde lo esperaban los súbditos que se inclinaban a su paso, subió los escalones del estrado y se sentó en el trono. Los sacerdotes lo coronaron y le  entregaron el cetro real. Al tomarlo miró al frente, hombres y mujeres rodilla en tierra en señal de adoración y se empezaron a quemar varas de incienso. El humo fragante invadió el espacio como un narcotizante y la previa depresión cayó al olvido. Finalmente la fuerza del origen del linaje vino en su auxilio.

Otelo

La observaba con desconfianza obnubilado por las copas de licor que tenía ya entre pecho y espalda, sentado con desparpajo en el sofá de la recámara. Esa tarde–noche Mari estaba ya acostada sobre la cama king size, totalmente despreocupada y apenas cobijada por una sábana rosa, el edredón floreado, magenta plomo, sobre la duela. Ella con las piernas al aire por el calor y con una actitud displicentemente erótica que para él rayaba en lo obsceno, aun cuando tenía que aceptar que también le parecía, a pesar de sus recelos, una imagen inocente, alejada  de cualquier culpa que él mismo tratara de atribuirle en ese momento, debido en parte a ¿qué? ¿Sólo conjeturas sobre su conducta? Cierto, principalmente a los celos plegados en su cerebro que le toqueteaban la mente de una forma que ya ciertamente comenzaba a perturbarlo. Pero también le presentaba un cuadro que le provocaba deseo.

Viéndola desde el sillón, con el trago de tequila en la mano, dándole sorbos lentos, pensó que si en ese momento ella le leyera en la mente las dudas sobre su virtud, seguramente en ese instante le armaría una escena violenta y terminal, acabaría corrido de la casa y se imaginó buscando a Fredi para que le diera asilo, o al menos para que lo paseara por varias horas tomando cerveza, por las avenidas de la inmensa ciudad, despreciado y humillado, rogándole a Mari por el celular un magnánimo perdón.

Permanecía callado rumiando el reciente rencor inoculado por el Marioneta, pero pudo más la lujuria que las sospechas de la infidelidad y fue preparando el terreno para acercarse, pasó sigiloso reptando del sillón a la cama, se quitó la ropa y lentamente se fue acercando al cálido cuerpo, con suavidad, para vencer cualquier resistencia que le opusiera, sin distraerla de su atención a la pantalla de televisión que en ese momento transmitía el noticiero nocturno del canal de las estrellas. Así logró sin reacción adversa a sus intenciones, acercase hasta ponerle una mano sobre la firme cintura, pero con poca suerte, ya que después de breve tiempo sólo advirtió que ella dormitaba y enseguida empezó a roncar sin asomo de recato.

Doblegado regresó al sillón y siguió bebiendo tequila. En el noticiero presentaban las estadísticas que indicaban el notable incremento de feminicidios en el país, no puso atención, a él que le podía importar ese tipo de asuntos en medio de la maldita incertidumbre que lo carcomía. Inquieto, decidió llamar a Fredi, se vistió y lo esperó en la calle, compraron cerveza y se dirigieron al espectáculo nocturno de siempre. Llegó a la casa de madrugada. Sigiloso y culpable trató de no ser sorprendido por Mari. Ella dormía plácidamente, había pasado una linda noche de pasión.

Ilusiones ambulantes (en el camión urbano)

En el camión urbano, que daba de brincos por el camino disparejo, pero también por el descuidado mantenimiento del sistema de suspensión, nada raro en el pésimo, pero próspero negocio de los autobuses y de sus cínicos empresarios, que cada año pelean un aumento, prometiendo que esta vez sí mejorarán el servicio, y así se la llevan, año con año, promesa incumplida tras promesa incumplida, pensaba Mauro que parecía mirar atento el paisaje, tras los vidrios sucios de la ventanilla, pero que en realidad iba ensimismado en un torbellino de pensamientos. Había hecho un paréntesis con el juicio del servicio de autobuses, pero en su mente dominaba la visión reciente de Toñita. Ese día le pareció que se le había acercado demasiado al ofrecerle el menú y preguntar por la orden ¿Acaso lo provocaba? Dame consomé de pollo, arroz y albóndigas, por favor. Servicial y presurosa le llevó la comida, la coca cola y un vaso con hielo que también pidió y dio la media vuelta caminando con un coqueto contoneo. Terminando de comer, pausadamente, como le instruía diariamente su madre, desde que era niño (Come despacio mi pequeño, así te aprovecha mejor la comida y no tienes mala digestión), solicitó la cuenta y ella le llevó la nota en una carpetita de plástico negro, que le entregó sintiendo como si le rozara la mano. Mario sacó de la cartera un billete que depositó en la misma carpeta, llamó a la hermosa mesera, le entregó el pago y se dispuso a esperar el cambio. No esperó mucho tiempo a la muchacha, recibió el cambio y al darle la propina advirtió otra vez como si Toñita le acariciara la mano y le mostrara una franca sonrisa, con unos dientes largos y blanquísimos sobresaliendo en el marco de los labios carnosos de su boca trompudita. Tuvo que pararse presuroso, pues distraído en sus pensamientos, casi se pasa de su parada.

¿Te busco en la fantasía? Sí, trazo personalidades, caracteres, fisonomías, complexiones, vestuarios, épocas, niveles sociales, profesiones, entornos, ritmos y cadencias, devociones, religiones y creencias. Diseño escenografías, topografías, paisajes urbanos, exploro situaciones, concibo diálogos, metáforas y alegorías. Siempre eres tú, en el repliegue de las dimensiones del espacio, con tus transformaciones permanentes e inminentes.

Mauro parecía mirar atento el paisaje, tras los vidrios sucios de la ventanilla, pero en realidad iba ensimismado en un torbellino de pensamientos. Pensó en Juno despertando a su lado, después de un largo paseo por la Vía Láctea, que culminó con una cena íntima a la luz de las estrellas (Lávate las manos antes de comer hijito, hay tantos microbios en todo lo que tocas).

 Te desvaneces y te reconfiguro y nuevamente te recreo, y así, así se va escapando el mundo y la vida misma.

Juan José Guzmán Andrade
Jubilado del Centro de Investigaciones en Química Inorgánica de la Universidad de Guanajuato. Afición desencadenada por la lectura y la música. Correo electrónico para comentarios: guzmandra@hotmail.com
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