Historia de un pie tomado

El Laberinto

Hoy en el trabajo, mientras comía con mis amigas llevando a cabo mi recientemente adquirido hábito de llevar los alimentos de casa, se asomó al cubículo el policía que se encuentra en la puerta del edificio con la pregunta ¿No van a salir a comprar nada señoritas? Y cuando vio los  coloridos moldes sobre el escritorio se fue, molesto a mi parecer, aunque tal vez sólo hambriento, por donde había venido. Y yo me quedé atónita pensando ¿Cómo pudimos llegar a este punto? Pues he aquí la breve historia de un pie tomado.

Cuando llegamos a laborar a este centro, como gesto conciliador y a sabiendas de que los encargados de vigilar y abrir la puerta  tienen jornadas de veinticuatro horas y como además quedaba de paso le ofrecimos llevarle algo del infecto pasillo de las garnachas y aceptó gustoso la oferta, aunque después se quejó de que la comida no era la que le gustaba y nos sugirió un puesto para compras futuras.

En otra ocasión, repitiendo la operación de alimentarnos rápido nos encargó de nuevo la comida, esta vez sin ofrecimiento y entonces mientras esperaba a que llenaran la charola tuve una epifanía y le pedí al que despachaba su número telefónico para pedidos a domicilio, viendo así la oportunidad de hacer al poli alimentariamente autónomo y liberarme de cargar una charola extra y recordar otro pedido. Nunca supe si lo perdió pero es muy probable que lo haya quemado entre risas malévolas, pues mi función en la vida no es otra que portar sus viandas.

Un evento más se suscitó cuando nos interceptó en la puerta para preguntar si íbamos a la tienda y ante nuestra negativa insistió (he de aclarar que se va la mitad del periodo de comida en alcanzar el establecimiento) hasta que al tercer NO volvió a su caseta, después de preguntar si estaba enojada. Por qué claro que una negativa siempre implica enojo y mala onda y no es de amigos decirlo aunque implique un daño a uno mismo.

Una vez que salí a fumar, aprovecho para encargarme la puerta mientras iba al baño  y se tomó alegremente su tiempo de privacidad, otras veces me pide cigarros o le busca trabajo a sus parientes aunque le he dicho que pedimos estudios, muchas más ha insistido en que si estoy enojada y creo que a este punto en verdad lo estoy.

Ofrecer una mano, una ayuda voluntaria de buena fe que no desestabilice nuestro equilibrio, muchas veces termina siendo malinterpretado y entonces se toman el pie y, cuando alguien te toma de esa extremidad abruptamente, lo más probable es acabar en el suelo, a su merced, o pateándole la cara por atrevido.

Entiendo que bajo ciertas circunstancias todos necesitemos ayuda, pero parece ser común que la amabilidad o los favores se entiendan como una obligación y es más grave tratándose de una situación normal, es decir su turno siempre ha sido el mismo, puede usar el refrigerador o tomar el teléfono y nada pasaría y sin embargo insiste en que seamos nosotros quienes nos responsabilicemos de su abastecimiento. Y así hay mucha gente y no todos cuidan puertas, quiero mi mano y mi pie de vuelta.

María José Bataller Alvarez
Antropóloga de profesión, lectora intensiva, aficionada a la historia, ajonjolí de muchos moles, antojadiza estacionaria y flaneur involuntaria, hace malabares con todas sus pasiones y obsesiones con el propósito de lograr escribir algo aceptablemente coherente a lo que llamamos laberinto, que ya está viviendo su cuarto año de existencia. El correo para comentarios es: correodechepa@hotmail.com Le encanta responder puntualmente su correo electrónico en el cual recibe gustosa dudas comentarios, sugerencias y lo que sea la voluntad de los remitentes. Prueben con correodechepa@hotmail.com
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