La jerarquización trae consigo la amenaza a la  diversidad, es decir, nadie quiere voluntariamente pertenecer al lado “inferior” de la balanza.

Imaginemos a un campeón de natación y a uno de atletismo que, picados de pronto por el mosquito asesino inflador de egos, se enfrascan en una disputa  por saber quién es el más veloz de los dos. El nadador pedirá que el duelo sea en una alberca, naturalmente, y señalará las ridículas brazadas del corredor, que sin lugar a dudas deseará que el desempate se de en una pista tan solo para mofarse de la gigantesca espalda de su oponente y descalificar sus piernas pesadas.

Cualquiera de las dos modalidades sería injusta para alguno de los competidores, pero además no tiene sentido demostrar nada. Son dos juegos diferentes y no hay más que discutir.

En el deporte las diferencias pueden ser muy visibles y aunque se dio una extraña pelea entre un boxeador y un experto en artes marciales mixtas, nadie duda de su disparidad, pero en el terreno social muchas veces nos pasan desapercibidas y ahí estamos, contemplando o incluso enfrascándonos en discusiones sin sentido y comparando peras con manzanas.

La cuestión se complica un poco más, ya que lo diferente nunca es horizontal, siempre ante una clasificación nos encontramos con una jerarquización, es decir, no solo distinguimos una cosa de otra si no que al hacerlo automáticamente asumimos que una es mejor que la otra, normalmente basándonos en prejuicios y relaciones de poder. Así, por ejemplo, pensamos que un diez en matemáticas vale más que uno en español.

Alguna vez, un migrante de Guerrero me contaba muy avergonzado que no sabía hacer absolutamente nada y le pregunté a que se dedicaba en su lugar de origen, él me respondió que allá sembraba, criaba animales y vendía sus productos, sus habilidades, que además eran muchas, estaban ocultas en un entorno hostil y peor aún: él creía que no valían porque siempre nos han dicho que el campo es el atraso y la ciudad el futuro.

Me tomo la libertad de traer este ejemplo a colación, junto con los atletas, las frutas y las asignaturas del resto del laberinto, para poner sobre la mesa otra cuestión, la jerarquización trae consigo la amenaza a la  diversidad, es decir, nadie quiere voluntariamente pertenecer al lado “inferior” de la balanza.

Lo cierto es que es tan necesario como el otro, pensándolo así, entonces la lucha sería por dignificar y reconocer lo distinto dentro de su propia lógica y reglas, o tal vez no parar solo ahí y crear lenguajes intermedios y condiciones de dialogo equitativas que permitieran nutrirnos de los demás.