El hotel fantasma

El Laberinto

Para Rojo

Estábamos paseando por Taxco, que tiene el encanto de la curiosa distribución de sus construcciones que parece que están esperando una función de teatro hasta el fondo de la ciudad. Desde este panorámico acomodo, donde nadie está escondido de lejos, donde todo es invisible desde cerca y las distancias son engañosas por sus pendientes y callejones, vimos desde arriba un edificio que llamó nuestra atención por su enorme extensión, su deslucido esplendor y su irónico nombre, que significa lo opuesto a la derrota que representan sus despostilladas paredes y hundidos tejados.

Siempre he tenido una curiosidad especial por aquello que fue y no es, más si se trata de algo enorme, pues en teoría es mucho más difícil de destruir y además deja una huella. Estudio con morbosa atención los detalles de la piedra que mató a cualquier Goliat y me deleito imaginando como habrá sido en sus buenos días, confieso románticamente que este tipo de cosas me dan esperanza porque me hacen pensar, que por más inamovible que parezca, todo siempre puede desaparecer o cambiar.

Es por eso que cuando pasamos inesperadamente por enfrente de la entrada y la vimos comida por la vegetación y bien cerrada, se me cargó en la punta de la lengua la pregunta que le haría al primer local con el que tuviese oportunidad de platicar, ¿se acuerda cuando cerró aquél hotel?

Este individuo resultó ser el conductor del taxi que abordamos, cuando desistimos de encontrar el teleférico por nosotros mismos, y respondió que él había dejado la ciudad hacia veinte años cuando el establecimiento funcionaba perfectamente y que al volver hace dos, ya estaba como lo habíamos visto desde arriba. En pocas palabras que no recordaba su cierre ni conocía ninguna historia al respecto.

Hasta aquí solo estaríamos ante un lugar tristemente olvidado y cuya única huella era un cascarón imponente y mudo o ante un lugareño muy despistado o indolente, así que recurrí al internet, menos personal, tal vez menos confiable, pero con una memoria completamente implacable y entonces la sorpresa fue mayúscula: que el señor no recordara el cierre del lugar se debía a que en realidad, nunca había cerrado.

Donde yo esperaba ver una explicación o un asunto consumado  tan solo encontré anuncios para hospedarse en el hotel a muy alto precio y quejas recientes y furibundas de incautos que habían reservado ahí para encontrarse con un sitio lleno de goteras, con baños sucios, sábanas amarillentas, toallas remendadas, restaurante cerrado, televisores del siglo pasado (que ya fue hace más de tres lustros), un servicio escaso y amable que nada podía hacer por ellos ante tal panorama.

Además de darnos material para bromear, para hacer conjeturas descabelladas y para tener pesadillas desde las sabanas limpias de nuestra posada, el hotel fantasma me dejó con una reflexión menos turística y es que muchas veces seguimos depositando nuestra confianza en ruinas que no tienen nada que ofrecernos, llámense costumbres, ideas, personas, instituciones o planes a futuro, pero lo más desolador es que mezclados con los reclamos también encontré testimonios de personas que, a pesar de todo lo que les acabo de contar, se sentían satisfechos con su visita.

María José Bataller Alvarez
Antropóloga de profesión, lectora intensiva, aficionada a la historia, ajonjolí de muchos moles, antojadiza estacionaria y flaneur involuntaria, hace malabares con todas sus pasiones y obsesiones con el propósito de lograr escribir algo aceptablemente coherente a lo que llamamos laberinto, que ya está viviendo su cuarto año de existencia. El correo para comentarios es: correodechepa@hotmail.com Le encanta responder puntualmente su correo electrónico en el cual recibe gustosa dudas comentarios, sugerencias y lo que sea la voluntad de los remitentes. Prueben con correodechepa@hotmail.com

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