No es verdad, hago solamente lo que siempre he hecho, ordenando las escenas de esta tierra bajo el dictado de la imaginación erótica.

No es mi culpa que así estemos constituidos: la mitad de contemplación desinteresada y la mitad de apetito.

Czesław Miłosz, poeta polaco, premio Nobel de 1980.

Se detuvo el tren, me puse a hacer las cuentas del tiempo, y deduje que de acuerdo a los señalamientos de mi tío Chinto, ya debería haber llegado. Pasó como una hora y media y todo seguía quieto, ya me estaba francamente desesperando, pero por fin se abrió el vagón y lo primero que vi encandilado y sorprendido me asustó. Nunca había visto a un negro, y vaya negro, enorme, corpulento, pero la mayor impresión fue cuando me preguntó si yo era Epifanio, con una voz aflautada incomprensible y con un tono extraño que después me dijo que era caribeño. Me ayudó a bajar mi maleta y salimos rápidamente de la estación. Era el negro Carlos, hombrazo bonachón, amigo de mi tío Benigno, al que llamaba Beny. Fue también la primera vez que me subí a un coche, un Fordcito que usaban para cargar algunas mercancías para la fonda. En el camino hacia la casa de mi tío, en un suburbio de Chicago, el negro me dijo que lo llamara Carlos y me contó que tenía mucho tiempo de conocer a Beny y a Genoveva su mujer, y charlaba y charlaba y reía mucho destacando su blanquísima dentadura. Bajamos por la pendiente de una colina divisando las enormes construcciones de la fábrica de acero y el caserío colindante cercano a un área boscosa, era un agradable panorama.

Carlos me ayudó a bajar la maleta y entramos a un pequeño jardín. Mi tío salió a recibirme con los brazos abiertos, me introdujo a su casa, me invitó a sentarme y empezó a preguntar por la familia. Después de un rato se presentó Genoveva su mujer ofreciéndome un vaso de limonada y el tío no paraba de hablar  – Hiciste bien en venirte hijo, no es bueno que la gente se mate y menos en el nombre de Cristo Jesús, no matarás dicen nuestros mandamientos, pero ya ves hijo, cuanta violencia inútil, que si Obregón, que si Calles, que si los padrecitos, que si el Santo Papa. Aquí también hay violencia, pero la vamos pasando ¿verdad Genoveva? y tu presencia nos va ser de gran ayuda, ya lo verás ¿verdad Genoveva?

 Genoveva se sentó en un sillón junto a mi tío y como pude observar, reanudó el tejido de lo que parecía una bufanda de colores y a todo lo que le preguntaba el tío, asentía con la cabeza. Era una mujer de rasgos extraños, pómulos salientes y a primera vista algo tosca, pero al observar con un poco de atención los detalles de su rostro, eran de un atractivo inmediato, melena larga y rizada recogida en tejida trenza. Tejía estambre, tejía su pelo, tejía una historia con el tío Beny. Su cuerpo era mediano, es decir, ni esbelto ni grueso, caminar decidido, siempre parecía estar haciendo algo, arreglando algo, cocinando algo, lavando algo, siempre muy seria, taciturna, no era de muchas palabras. No obstante, desde ese instante advertí que junto con mi tío, emanaban una calidez inusual, que nunca había percibido, ni he percibido hasta hoy en ninguna pareja, un entendimiento natural y un bienestar irradiante que inundaba el entorno y generaba una grata confianza. Me sentí a gusto y agradecido de estar con ellos. Mi tío seguía charlando, hasta que Genoveva lo interrumpió con discreción reparando en mi aspecto – Ya acomódalo para que vaya a descansar, mira como viene de cansado después de ese viaje tan pesado.

Poco a poco me fueron asignando varias tareas, que realizaba realmente contento, desde lavar platos y atender a los clientes, hacer los mandados y hasta administrar algunos gastos, con el control de los egresos para el balance de las cuentas. Tenían además del negro Carlos, que era algo así como el comodín multiusos y al cual le tenían una confianza ciega, muy merecida según mi parecer, tres ayudantes, pues la clientela era numerosa, desde las mañanas con el breakfast, luego con el lunch y en las tardes con el dinner. El local era lo suficientemente amplio para dar cabida a ocho mesas con cinco sillas cada una, pero se dificultaba un poco atender las mesas por los espacios estrechos que quedaban para transitar, sobre todo por las tardes cuando se llenaba y algunos clientes que tomaban cerveza se balanceaban con holgura, sin embargo, con el tiempo adquirí destreza para moverme con facilidad, con el ritmo necesario para brindar una rápida y adecuada atención, lo que significaba casi siempre mejores propinas. Y casi siempre, porque así como había parroquianos espléndidos, también los había bastante mezquinos, clientes que comían y sin más se iban, sin embargo eran asiduos y por lo tanto era importante que cuidáramos su permanencia, la que garantizaba a su vez la del restaurancito.

Había una mujer, una anciana, que nunca faltaba por las tardes, extremadamente exigente en el servicio, se quejaba siempre de la prontitud, de la limpieza, del sabor de algún platillo, yo no entendía lo que decía mascullando en inglés, pero me comentaban que vociferaba puras groserías, no obstante, siempre devoraba la comida hasta dejar los platos limpios y al final se bebía con una fruición contenida su café, dejaba religiosamente las monedas justas del consumo sobre la mesa y salía sin decir palabra.

La anciana me maldecía sin recato, oh shit, stupid boy, meneando la cabeza con su sombrero de florecitas y levantando los brazos con su abrigo de color anaranjado. Mi tío respondía – I’m sorry ma’am, this does not happen again. Silly boy! Hey you clean the table again carefully, ¡a ver, rápido, tráele una taza de café a la señora. El negro Carlos me tranquilizaba diciéndome bajito que no me preocupara, que así era la anciana, que siempre lo hacía precisamente para conseguirse un cafecito gratis y se reía con una sonrisota franca que ocultaba con la palma de la mano. Discúlpeme tío, no sé qué pasó, no derramé nada sobre la mesa ni sobre ellaAsí es la señora, viene todos los días y la toleramos. Hasta los clientes se dan cuenta de que busca un pretexto para que le regale un café. No te preocupes es una buena mujer, de verdad que lo es.

Fue un maldito escocés borracho y estúpido que nunca habíamos visto. La anciana estaba haciendo su reclamo diario y según el borracho el tío la estaba ofendiendo y sin decir palabra le encajó el cuchillo por la espalda, murió de inmediato. La anciana quedó perpleja, pero en una reacción impredecible le dio tal bastonazo al borracho que lo hizo caer sin sentido y salió gimiendo del restaurante buscando a un policía para que atraparan al asesino y abrazaba el cadáver como si se tratara de su hijo.

Todos quedamos devastados, pero mucho más Genoveva que parecía un espectro ambulante. Lloré mucho también y no sabía qué iba a suceder, apenas tenía medio año en Chicago, pero ante las circunstancias, seguro que me tendría que regresar a Guanajuato.

Lo llevan a enterrar al cementerio, era un migrante querido por la comunidad y aunque era ilegal, los amigos arreglan el funeral. A cada palada de tierra brota un gemido cada vez más fuerte de Genoveva. Epifanio no sabe qué hacer y los días pasan y pasan. Tirado sobre la colchoneta acomodada encima de un petate, anochece y hace frío, ya se acerca el invierno y las hojas de los robles son arrastradas por el viento. No siente cuando entra Genoveva descalza, despacito, pero alcanza a verla en la penumbra cuando se hinca y golpea con los puños el borde de la colchoneta. La mirada perdida –Beny–  lo dijo sólo una vez. Epifanio trata tímidamente de zafarse, pero ella lo sujeta de los brazos y se sienta a horcajadas sobre sus piernas, luego se desabotona la bata, no trae ropa interior, se la quita y la arroja hacia un lado. Le arranca el cinto del pantalón, lo desabotona y se lo baja hasta las rodillas. Epifanio está inmóvil, no puede moverse. Al sentir las caderas desnudas, las piernas firmes y los pechos erguidos de Genoveva apretándose a su rostro, y sobre todo al aspirar el perfume del rizado pelo recién lavado, experimenta la erección. Genoveva se encarga de todo, acomoda y mueve el recio cuerpo de hembra cuarentona en vaivenes cada vez más rápidos e intensos. Epifanio está en blanco, pero en el ritmo siente que se eleva y flota en el aire, sintiendo ondas cálidas expansivas que lo envuelven de placer insospechado y lo hacen explotar. Genoveva se desploma sobre el pecho de Epifanio, inerme, cubierta sólo por la infinita soledad que le estira la piel y le abre los poros por los que destila un dolor inagotable, ahogando lamentos y apenas conteniendo los sollozos, y abandona el pequeño cuarto con el mismo silencio con el que un poco antes había entrado. Epifanio no atina a articular palabra ni mucho menos a explicarse lo sucedido.

Hasta el día de hoy he tratado de comprender cabalmente mi pecado, reconozco los remordimientos que me causó la culpa de lo que consideré fallarle a mi tío, pero principalmente porque confieso que disfruté el momento, que siempre lo he guardado en la mente como un aroma exquisito, pero que me hace daño aspirar, sin embargo ahí está el recuerdo fresco en la memoria, siempre presente. Pero sé que Genoveva estaba enojada con Dios porque en esos momentos sintió que le destruyó la vida. Estaba claro que yo no podía hacer nada, hoy estoy seguro que me hubiera visto como un patán si hubiera controlado la situación apelando a la rectitud de mis principios y enalteciendo los valores de la lealtad. Genoveva tenía que lavar su resentimiento y para mí, ahora que ha pasado tanto tiempo, pienso que fue algo bueno.

El negro Carlos me escribió una carta “… se fue Genoveva, ya no quiso comer y con los fríos del deshielo se enfermaron sus pulmones, ya no le quisieron responder, o más bien creo que ella ya no quiso que le respondieran, ya ves, no le sobrevivió ni seis meses a tu tío Benigno. Ella me platicó que no conoció a tu tío en Chicago, que nunca se lo dijo, pero que lo conoció años antes en Texas, en un restaurant en el que trabajaba de mesera, que le tocó atenderlo con frecuencia y que desde entonces le había gustado mucho y luego lo reconoció de inmediato en Chicago. Por ese entonces – prosiguió Carlos – ella andaba con un pocho que la maltrataba y por eso lo dejó y se fue al norte. Cuando volvió a encontrarse con tu tío pensó que sus destinos estaban conectados y decidió conquistarlo. ¡Ah! y dijo también que cuando Benigno era joven se parecía mucho a tí”.