Citius, altius, fortius es el reto nacional. El potencial mexicano es patente en múltiples cuestiones de la vida cotidiana, pero existen factores que impiden el franco desarrollo emocional que nos conduzca hacia un equilibrio estable y sostener un crecimiento progresivo de mejores condiciones integrales como nación. El 2 de octubre no se olvida, los Juegos Olímpicos de México 68 (en buen plan) tampoco se deben olvidar.

Lo importante no es ganar, sino competir

Barón Pierre de Coubertain (1863 – 1937). Padre de los Juegos Olímpicos modernos.

 

Las noticias llegaban alarmantes a través de los periódicos y de la televisión, y en una ciudad conservadora y provinciana como León, se daba crédito a las crónicas que presentaban en ese momento los medios, es decir, que las autoridades habían tenido que utilizar mano dura para poner en su lugar a un grupo de provocadores comunistas, que querían desestabilizar al país en vísperas del compromiso internacional que significaba los Juegos Olímpicos de México 1968. Estábamos muy lejos de conocer la terrible realidad sobre la matanza de estudiantes y civiles la noche del 2 de octubre en Tlatelolco, ejecutada por cuerpos militares y policiacos, cumpliendo órdenes directas del gobierno mexicano represor, en un ambiente político que desmentía las fantasías del Milagro Mexicano de la propaganda oficial, argumento que había sido precisamente utilizado por el Comité Olímpico Mexicano, apoyado por el presidente Adolfo López Mateos, para lograr la designación como sede en la asamblea del Comité Olímpico Internacional (COI), celebrada en Baden-Baden Alemania en 1963, pasando por encima de las propuestas de Buenos Aires, Detroit y Lyon, para convertirse en el primer país de habla hispana y primer país latinoamericano en concretar una elección de tal magnitud.

Sin embargo, como estudiantes de preparatoria pensábamos que para muchos jóvenes leoneses y de todo México, las olimpiadas eran un asunto de suma importancia y considerábamos como algo inaudito pensar siquiera, que a escasos diez días de la ceremonia de inauguración de los juegos, algo, lo que fuera, pudiera llegar a poner en riesgo su celebración. México había trascendido las críticas de los países del Primer Mundo, que consideraban imposible que un país subdesarrollado cumpliera con las exigencias de este compromiso y también sobre la idea de que la altura de la ciudad de México resultaría perjudicial para los atletas, pero de último momento surgía este problema. Ya se había echado a andar toda una maquinaria de organización, se había construido toda una infraestructura impresionante, la construcción de instalaciones de primer nivel para la realización de todos los deportes olímpicos, los atletas estaban llegando a la villa olímpica, México estaba en la mira de todo el mundo ¿Qué estaba pasando?

Los medios informativos maquillaron y ocultaron información, le dieron rápidamente vuelta a la página. La Noche de Tlatelolco tendría que esperar a que los reportajes verídicos fueran gradualmente saliendo a la luz, para mostrar una historia aterradora del país, que aún no termina de mostrarse en toda su crudeza como Verdad Histórica, con mucha sangre derramada auténticamente en aras de consolidar la democracia en México, situación que a través del tiempo y desde entonces, no ha logrado cuajar debidamente, con el tránsito de gobiernos sumidos en la ineficiencia, en la corrupción y en la impunidad.

Para esa época aún se vivía el romanticismo del Barón de Coubertain, de la experiencia deportiva idealista de citius, altius, fortius de los antiguos griegos, coronados con la guirnalda de laurel (laureados) como premio a un esfuerzo que los enaltecía como héroes. Sin embargo ya asomaba la corpulencia de intereses políticos y comerciales, en el sentido de llevar a la arena deportiva la lucha entre sistemas, los capitalistas de occidente encabezados por Estados Unidos y el bloque comunista liderado por la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas en el Este; los fines ideológicos expansionistas de la guerra fría con uniforme deportivo, el amateurismo estaba ya en franca decadencia. En Europa Occidental, pero particularmente en los Estados Unidos, los deportistas de alto nivel eran copados por universidades y luego por empresas con fines publicitarios y los ingresos comenzaron a ser de élite. Por su parte, en el bloque soviético el estado seleccionaba a los mejores atletas y les proveía de óptimas condiciones para la alta competencia, pero en este caso con el fin de mostrarse al mundo como el nicho perfecto para la gestación del progreso en todos los sentidos de la civilización del presente y del futuro. Los planteamientos de la Carta Olímpica se guardaron en un cajón decimonónico, con el Olimpismo que postulaba sencillamente un estilo de vida basado en la alegría del esfuerzo, el valor educativo del buen ejemplo y el respeto por los principios éticos fundamentales universales, y proponía como objetivo  poner siempre el deporte al servicio del desarrollo armónico del hombre, con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana.

Para nosotros pues, el olimpismo exudaba valores humanos apreciados y hacía olvidar los problemas originados por la violencia o la discriminación, y nos hacía sentir que con la práctica colectiva de un deporte, correr tras un balón, sumergirse en la piscina, el levantamiento de una pesa, brincar una longitud, se fortalecía la solidaridad, la comprensión y la amistad en el entorno. Los juegos olímpicos eran la cúspide de este concepto maravilloso, que hacía posible que por un período todos los seres humanos olvidaran las diferencias y compitieran en paz por la corona de laurel para los atletas triunfadores.

Cuatro años antes, las olimpiadas de Tokio se habían transmitido por televisión a color, de manera directa vía satélite, a Norteamérica y Europa, pero en 1968, las televisiones de todo el mundo pudieron captarlos en vivo y en directo, iniciando el 12 de octubre con la ceremonia de inauguración en la cual más de cien mil almas colmaron el estadio de la Ciudad Universitaria y después de la rechifla impresionante con la que fue recibido el presidente Gustavo Díaz Ordaz, la emoción se desbordó con la fanfarria olímpica, el Himno Nacional y el desfile de las 112 delegaciones deportivas que representaban a 5516 deportistas, 4735 hombres y 781 mujeres, una de las cuales, la mexicana Enriqueta Basilio, entró a la pista de tartán con la antorcha olímpica en su brazo derecho, enfilándose hacia las escaleras que conducían al pebetero y después de dirigir la antorcha hacia los cuatro puntos cardinales se dispuso a encenderlo, en medio de una ovación ensordecedora. La historia olímpica de México 68 registra la primera ocasión en la que el pebetero olímpico fue encendido por una mujer. Tras el juramento olímpico enunciado por el atleta Pablo Garrido fueron liberadas miles de palomas simbolizando la paz entre los pueblos y las competencias iniciaron al día siguiente, 117 competencias dentro de veinte deportes de atletismo, gimnasia, natación, esgrima, boxeo, ciclismo, futbol, basquetbol, entre otros. El diseño gráfico olímpico resultó por demás interesante, con una iconografía original de gran impacto descriptivo realizado por un equipo internacional, integrado en el programa denominado Identidad del Comité Olímpico Mexicano, dirigido por el Arq. Pedro Ramírez Vázquez.

León participó como una de las cuatro sedes del torneo de fútbol, realizándose siete juegos entre las selecciones de Israel, Ghana, El Salvador, Bulgaria, Tailandia y Guatemala. El equipo mexicano fue una gran decepción y si bien llegó hasta las semifinales, perdió contra la selección de Bulgaria y lo más lamentable, perdió la medalla de bronce ante el equipo de Japón.

A través de las transmisiones televisivas fuimos testigos de unos juegos pletóricos de hazañas y de anécdotas deportivas y extradeportivas. En una de las competiciones preolímpicas que fueron realizadas a manera de entrenamientos entre 1965 y 1967 y que lograron convencer a todas las delegaciones de que la altura de la ciudad de México no era ningún obstáculo para el logro de marcas mundiales, se tuvo la visita del equipo femenil de gimnasia de la URSS, en el cual se incluía a la hermosa jovencita Natasha Kuchinskaya que se robó el corazón de los mexicanos, al grado de nombrarla como la Novia de México, sólo que posteriormente la Unión Soviética se ganó la antipatía mundial por la invasión a Checoslovaquia. En las competencias olímpicas de gimnasia se presentó el enfrentamiento de Natasha con la veterana gimnasta checa Vera Chaslaska y los ánimos se volcaron hacia la checa, quien ganando cuatro medallas de oro y dos de plata, se consagró como la Reina de los Juegos Olímpicos, pero además echándose a la bolsa el amor de México al decidir casarse por la iglesia católica, en la Catedral Metropolitana, con el corredor checo Josef Odlozil, en lo que se consideró una jugada de activismo político tras la opresión soviética en la Primavera de Praga. Otro acto político de alto impacto fue realizado por los corredores estadounidenses de 200 metros planos, Tommie Smith y John Carlos, quienes en la ceremonia de premiación, habiendo ganado las medallas de oro y bronce respectivamente, al escucharse el himno nacional de los Estados Unidos levantaron el puño, a manera del saludo del poder negro, en franca señal de protesta por el racismo todavía imperante en su país, acto calificada por el COI como una infracción patente a los principios del espíritu olímpico.

En el terreno deportivo hubo resultados impresionantes contrarios a las predicciones sobre la altura de la ciudad de México, Jim Hines bajando de los diez segundos en la prueba de 100 metros, el salto alucinante de 8.90 metros de Bob Beamon que tardó más de veinte años en ser superada, la novedosa técnica de Dick Fosbury que le valió la medalla de oro con un salto de altura de 2.24 metros, la plusmarca de Leonid Zhabotinsky levantando 572.5 kilos. En el mito de la altura se batieron 22 marcas mundiales.

Para México los Juegos Olímpicos de 1968 han sido los de mejores resultados hasta la fecha, lográndose tres medallas de oro (dos en boxeo y una en natación), tres de plata (esgrima, natación y caminata) y tres de bronce (dos en boxeo y una en natación), además de superar marcas nacionales en un buen número de deportes. Sin duda los momentos memorables por la emoción palpitante de las vivencias, fueron el triunfo del Felipe Tibio Muñoz en los 200 metros de nado de pecho y el segundo lugar de José el Sargento Pedroza en la caminata de 50 kilómetros, con el esfuerzo sobrehumano dibujado en su semblante y el enojo corporal explícito por no haber alcanzado el oro en el último tramo de la competencia.

Citius, altius, fortius es el reto nacional. El potencial mexicano es patente en múltiples cuestiones de la vida cotidiana, pero existen factores que impiden el franco desarrollo emocional que nos conduzca hacia un equilibrio estable y sostener un crecimiento progresivo de mejores condiciones integrales como nación. El 2 de octubre no se olvida, los Juegos Olímpicos de México 68 (en buen plan) tampoco se deben olvidar.