Vivir cerca del lugar de los muertos es presagio de infortunio…

Guanajuato es una ciudad que ha tenido y tiene cuatro lugares de descanso eterno de las almas que tienen a bien morir: el panteón que se ubica a las faldas de los cerros grandes que rodean la ciudad está desde el siglo XIX y también el panteón de la Iglesia de Marfil; del siglo XX está el Panteón Santa Paula que hasta la fecha recibe difuntos, y el más reciente es el panteón Nuevo que se ubica en uno de los cerros arriba de la Plaza de Toros. Vivir cerca del lugar de los muertos es presagio de infortunio, al menos así le pasó a Anita, una muy buena amiga.

Me cuenta que ella vivió mucho tiempo fuera de la ciudad, pero por trabajo, tuvo que regresar y rentó una casita pequeña, muy cómoda, casi enfrente del panteón nuevo, lo que le agradaba del lugar era que el sol y el viento siempre estaban presentes en la zona, solía dejar las ventanas abiertas pues era lo que le permitía ver la calle y mantener fresca la casa. Lo único que no le gustaba eran las procesiones de acompañamiento que cada entierro de difuntos pasaba por ahí, y no le gustaban porque, aunque hubiera un grupo de gente llorando y dando el último adiós al muertito, siempre ella veía cómo algunos seres y fantasmas se incorporaban al trayecto fúnebre, ella lo sabía porque estos entes tienen un color grisáceo, sus rostros están demacrados, sus miradas perdidas, pero eso sí, siempre siempre rezan la letanía de toda la comitiva. Me dice Anita que desafortunamente ella ha tenido el don de ver seres espirituales que se presentan cuando menos lo espera, por eso no le extrañaba verlos, pero ella no terminaba de acostumbrarse.

Hace dos meses, cuando pasó una comitiva fúnebre, ella se quedó viendo por la ventana a contar quiénes estaban vivos y quiénes estaban muertos. Así que contó 30 personas vivas, pero lo que le sorprendió es cómo había más de 40 personas no vivas atrás, acompañando al difunto, ahora casi azules por la esa luz del atardecer; caminaban lento, su expresión era de resignación y esperanza, además era claro que rezaban en otro idioma, pues aunque el atardecer dejaba ver sus pardas luces, ella alcanzaba a ver los rostros inexpresivos y sus ajados labios que rezaban la letanía, era como un lamento. Todo era cotidiano, hasta que por algo se detuvieron afuera de su casa. Ella en la ventana le adjudicó el reparo a que aún no tenían la tumba preparada, como suele suceder, pero mientras son peras o manzanas, Anita comenzó a ver las maneras en que estos seres se detuvieron sin mirar atrás: unos rezaban sin parar, otros trataban de ver qué acontecía delante de la comitiva, unos más lloraban y se quejaban, pero me cuenta que hubo uno que al verla interesada en el conteo de almas, volteó y se le quedó viendo como si supiera que ella estaba ahí, porque Anita siempre los veía por detrás de la cortina, sólo atino a separarse abruptamente de la ventana al verlo tan interesado en ella, pero ese ser buscaba como una respuesta de mi amiga, como no la obtuvo, ese ser caminó directo a la ventana, Anita se aterrorizó, cerró la ventana rápidamente y se quedó detrás con el corazón a punto salírsele. Pasaron cinco minutos y se escuchó cómo es que seguían su camino, respiró tranquila y sólo atinó a pensar que estaba nerviosa y se había imaginado todo. Segura de sí misma abrió la ventana, y ahí estaba ese ser esperándola, ella apenas pudo contener el grito y sentía cómo le temblaban las piernas, retrocedió tratando de alejarse de ese ser que en ese momento dio un paso al frente y traspasó la pared entrando de lleno a su casa pasando por ella que sintió cómo ese ese le traspasó el cuerpo y al hacerlo le dijo: “Vete de aquí, no estés viéndonos, no está bien, respeta nuestro dolor, somos muchas almas que buscamos descanso, pero siempre hay lugar para una más”, terminando de decir esto, el ser desapareció. Anita no pudo más y se desmayó.

Lo que recuerda mi amiga es que en cuanto recobró el conocimiento, decidió hacer caso y mudarse, pero a la zona sur, no quiso saber más de esos seres que tanto había visto pasar por su acera. Hoy ella vive tranquila y feliz en otra casa más moderna, pero eso sí, alejada de los cementerios, respetando los rituales y el dolor que tienen esos seres al saberse muertos. ¿Quieres conocer a Anita? Ven, lee y anda Guanajuato.