Cuesta trabajo lidiar con la libertad ajena y mucho más cuesta aún renunciar a la propia por el bien común.

Un niño contesta el teléfono mientras la madre le susurra a un lado: “diles que no estoy” y un par de horas le da un par de buenas nalgadas después de que éste le miente descaradamente sobre que no rompió el florero de un balonazo, aunque ella lo vio. Esta bella estampa familiar, medio romántica pues asume que el niño por lo menos juega con un balón y no se la vive pegado a la Tablet o la televisión, bien podría definirse como el origen de un problema que vivimos a diario y que trae consigo consecuencias nefastas. Estamos hablando de la doble moral.

La doble moral es un atentado a la libertad aplicado de manera desigual, todo comienza con una división que puede ser  real aunque casi siempre es imaginaria, entre “él” y “yo” o entre “ellos” y “nosotros” en el caso de nuestro ejemplo está la división entre adultos y niños, pero puede aplicar entre pobres y ricos, hombres y mujeres, hondureños y mexicanos y así podríamos seguir todo el laberinto pero, pues no tiene caso.

Para poder existir asume que una parte es superior a la otra, a la que normalmente se lo considera nociva, débil o tonta y debido a esta condición no puede lidiar con la libertad y sus consecuencias, por ello es que se le restringe desde un principio para no tener que preocuparse por ellos después o rescatarles de los problemas en los que se meten.

Este doble rasero puede operar de dos maneras distintas, la primera violenta en esencia, puede directamente dictar códigos completamente distintos para las diferentes fracciones, en el mundo de lo políticamente ésta ha caído en desuso de manera oficial pero sigue aplicando para la escala de valores de las personas, es decir los niños tienen derechos desde hace mucho, pero hacerlos brincar del papel a la vida real es algo que aún no se logra por completo.

La otra forma, es que de entrada la norma  aplique para todos pero existan casos especiales en los que el lado privilegiado pueda romperla, ya sea de manera individual, disculpándonos a través de nuestras propias circunstancias, como cuando nos pasamos un alto porque tenemos mucha prisa pero nos enojamos si alguien más lo hace o de manera grupal cuando, por ejemplo, los políticos salen impunes después de robar pero los ciudadanos comunes no.

Las consecuencias que trae consigo la doble moral son todas aquellas creencias que consideran que hay personas de primera y segunda categoría y solo cambian de nombre dependiendo del criterio que hayamos tomado para separar a los grupos. Algunos ejemplos son la corrupción al pensar que algunos están por encima de la ley; el machismo que vigila que ambos géneros cumplan con los roles que les impusieron y el racismo, clasismo y xenofobia que estratifican a los seres humanos según su color, su cuenta de banco o el lugar donde les tocó nacer.

Cuesta trabajo lidiar con la libertad ajena y mucho más cuesta aún renunciar a la propia por el bien común, cuesta mucho contestar esa llamada que no queremos, pero definitivamente vale la pena hacerlo si eso implica caminar por un mundo más equitativo.