La razón está de nuestro lado y recordemos la frase de Isaac Asimov, que nos indica que la violencia es el último recurso del incompetente.

La violencia no es, sino una expresión del miedo.

Arturo Graf (1848-1913) Escritor y poeta italiano

La violencia que azota al país desde hace ya varios años es francamente alarmante y las estrategias aplicadas para reducirla no han producido los resultados esperados, sino por el contrario, parecen estar avivándola como si se tratara de soplar aire al fuego. El estado de Guanajuato se caracterizó por contar con una atmósfera de paz y trabajo que se consideraba como ejemplo nacional, dadas las condiciones de peligro que se vivían en una buena parte del resto del país. Sin embargo, en los últimos meses la delincuencia se pasea impunemente por las calles de nuestras ciudades, sembrando la muerte de manera indiscriminada y salvaje, sumándose a la situación lamentable de agresividad criminal que predomina en varios estados de la república mexicana.

Para el gobierno de México, la lucha contra la violencia desatada por el crimen organizado (y desorganizado) ha sido un enorme fracaso. Sin poder ofrecer explicaciones claras, las autoridades se rascan la cabeza y protestan airadamente por los índices alarmantes que reportan algunas instituciones internacionales, como el caso del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), dedicadas al análisis periódico de conflictos violentos y estadística de las muertes originadas. El IISS, con sede en Londres, ubicó a México en el segundo lugar entre los países más violentos del mundo, sólo después de Siria que sufriendo una cruenta guerra civil potenciada por la injerencia de otros países, como Rusia y Estados Unidos con su revoltijo infame de intereses mezquinos, además de la presencia e intromisión de la agrupación extremista ISIS, contabilizó en el año 2016 alrededor de 50 mil muertes. El IISS reportó para México en ese mismo período la cantidad escalofriante de un número cercano a las 23 mil muertes intencionales, indicando como factor de origen el conflicto provocado por la guerra entre delincuentes dedicados a la producción y tráfico de drogas y a los enfrentamientos permanentes de estos malhechores contra las fuerzas del estado mexicano, además de lo que se ha dado en nombrar daños colaterales.

Cabe señalar que el IISS ante la protesta del gobierno federal, finalmente se pronunció por aceptar que México no se ubicaba en el segundo lugar tras de Siria, pero que con datos concluyentes aseveraban de manera incuestionable que formaba parte de los primeros diez países con mayores tasas de muertes violentas. Un club exclusivo que incluyó a países africanos, como Nigeria, Sudán del Sur, Sudán y Somalia, que sufren guerras civiles de orden religiosos, con grupos extremistas brutales, como Boko Haram, que han provocado la muerte de 15 mil personas, así como el desplazamiento de miles de civiles que huyen del clima asfixiante de odio asesino. Pero la rabia religiosa se pasea también por el Oriente Próximo, con guerras civiles en Yemen con 17 mil muertes, Irak con 16 mil y Afganistán con 17 mil muertes, muchas de ellas adjudicadas a los guerrilleros extremistas talibanes. Otro país destacado en este infortunado rubro es Turquía, con un número de más de 3 mil muertes violentas, debidas en buena parte a las acciones contra los grupos insurgentes kurdos.

Pero las malas noticias con los números no terminan, ya que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) no sólo avala indirectamente los resultados del IISS, sino que los supera, puesto que en su informe de resultados de tasas de homicidios para el año 2017, indica que en México se cometieron 25 crímenes por cada 100 mil habitantes, con un número específico de 31,174 homicidios.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la violencia como el uso intencional de fuerza, amenazas contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad, que tiene o puede tener como consecuencia un traumatismo, daños psicológicos, problemas de desarrollo, o la muerte.

Ante esto, la OMS emprendió la Campaña Mundial de Prevención de Violencia 2012-2020, con base en las conclusiones del Informe Mundial Sobre la Violencia y la Salud, a fin de promover la toma de conciencia sobre este grave problema social que se viene magnificando con el tiempo. Sin embargo, a seis años de haber iniciado, los resultados son más bien pesimistas, con focos rojos en muchos países, que por diversas causas sufren violencia hasta el grado de generar miles de muertes y asimismo, cientos de miles de migrantes que abandonan los países de origen en busca de paz y mayores posibilidades de bienestar, ante la incomprensión de muchas naciones poderosas, que no pueden negar que han sido sus propias prácticas comerciales impositivas, parte de la causa raíz de estos grandes conflictos sociales, con efectos globales absurdamente nocivos.

Se puede estimar que la violencia es consecuencia de un impulso no controlado en términos de la razón, si es que la razón sobre la cual establecemos nuestro código conductual de referencia así lo tiene considerado. Pero por otro lado, existe también un tipo de violencia premeditada, que se ejerce con alevosía y ventajas sobre el agredido, con el fin de lograr un propósito específico, siendo en este caso un supuesto razonamiento el que impulsa el acto violento, como si se tratara del caso inverso al anterior. Sin embargo, lo que el ser humano no ha logrado controlar es el afán de la satisfacción de los deseos, sobre todo de aquellos en los que encuentra oposición de otros seres humanos, que consideran su derecho negarse a ser atropellados injustamente, para satisfacer las necesidades del adversario. Y en este caso se trata muchas veces de la satisfacción de deseos no naturales, no vitales para la subsistencia, sino de afanes caprichosos para demostrar un poderío que humanamente resulta superficial e inútil, pero que en esa lucha pretenciosa provoca humillaciones y sufrimientos verdaderamente injustos, que al vencedor le puede generar un placer transitorio, pero que a la larga lo que provoca es una atmósfera de agresividad permanente, debida a los rencores desatados en quienes son víctimas de las injusticias.

El crecimiento de la violencia en México ha ido de la mano de la inmoralidad de las autoridades, que han hecho de la corrupción y de la impunidad una forma de permanencia en el poder, para anteponer sus intereses (la satisfacción de necesidades desmesuradamente vanas) sobre las necesidades de un pueblo al que le cortan las esperanzas de un futuro mejor a través de la educación y la cultura, que tratan de sustituir por dádivas perniciosas, que mantienen al cabecilla como un insigne paternalista. Sólo que la sociedad despierta y muchas veces, como en el caso de México, ajustando códigos de conducta que no abonan a la pacificación y al progreso.

Las oportunidades surgidas tanto por el trasiego como por la producción y comercio ilícito de drogas, crearon un mercado laboral del crimen organizado (y desorganizado), que a su vez se ha visto involucrado en una batalla nacional interna hipócrita, promovida incluso de manera preferencial por los Estados Unidos, principal consumidor de alucinógenos, estupefacientes y estimulantes entre otras sustancias altamente adictivas, que han generado miles de millones de dólares para los llamados carteles, recursos que posibilitan entre otras cosas la compra de armamento de alto calibre, así como la compra de conciencias entre las autoridades, formando alianzas perversas, para poder realizar sus funciones criminales sin oposición considerable. Sin embargo, debido a los enfrentamientos permanentes, que se han constituido en una guerra de facto, el panorama se ha venido atomizando en numerosos grupúsculos, lo que ha provocado por lo tanto un ambiente hostil y caótico, con múltiples frentes, que ya se mueven amenazadores hasta en los mismos espacios en los que la sociedad realiza sus funciones cotidianas, esa inmensa parte de la sociedad mexicana que no interviene de ninguna forma en asuntos delincuenciales.

Muchos jóvenes se han visto seducidos por el éxito aparente que se logra dentro de los sectores criminales y los delincuentes han olfateado estas aspiraciones, enganchándolos primero mediante el gusto por las sustancias adictivas y luego comprometiéndolos en los negocios, ya sea como agentes de inducción adictiva infantil, o en el mercado de venta al menudeo, o como centinelas de advertencia ante riesgos de ataque por la policía, o incluso de sicarios. La infortunada idea que priva entre los jóvenes que buscan engancharse, de vivir bien aunque sea por poco tiempo, es realmente deshumanizante, le corta las alas a la esperanza. Resulta ya imposible que este panorama no logre generar en cada uno de nosotros, el impulso para aplicar toda la capacidad posible y planificar una reacción inteligente con el fin de rescatar la paz y la tranquilidad de nuestra sociedad. Es imposible que siga prevaleciendo la indiferencia ante las condiciones nefastas que alteran el sano desarrollo de la niñez y juventud en nuestra nación, que nos tiene sumidos en el ruido, la confusión y el escándalo de la violencia criminal. La razón está de nuestro lado y recordemos la frase de Isaac Asimov, que nos indica que la violencia es el último recurso del incompetente.

Lo anterior es sólo un acopio de percepciones. Es fundamental insistir en diagnósticos acertados, pero es aún más urgente dar inicio a la aplicación de las terapias de sanación de nuestro tejido social. México así lo requiere, así lo demanda, así lo merece.

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