No sé si será la suerte o el destino, pero de que las protecciones de los santos existen, existen y suceden.

Guanajuato es una ciudad antigua que necesita de la algarabía que los visitantes le inyectan cada Festival Internacional Cervantino, el FIC es una fiesta de la cultura que ayuda a conocer otra manera de ver la vida, el mundo y a sí mismo. La ciudad tiene una energía positiva que la cuida a ella y a todos sus habitantes, la Virgen de Guanajuato es la patrona de aquí. Sabemos que la influencia española hizo una transculturalización con las tradiciones y costumbres existentes, y sea el santo de donde sea, la creencia en él es lo que hace magia protectora.

Recientemente salí de la ciudad para asistir, por parte de mi trabajo en la Universidad de Guanajuato, al XIX Coloquio del Nivel Medio Superior a la ciudad de Zacatecas, Zac., mi esposo también fue enviado a la misma ciudad a dar unas conferencias al CIMAT como parte del programa planeado en su trabajo en el comité de ética. El asunto fue que miércoles, jueves y viernes estuvimos trabajando, cada quien en su área de conocimiento, a todo lo que da, ya el viernes por la tarde, saliendo de la conferencia de CIMAT, decidimos ir a Plateros, Zac. a visitar y agradecer por lo vivido, al Santo Niño de Atocha, patrono de Plateros. El problema fue que pese a haber guardado la ubicación satelital en el GPS, cuando quisimos poner la ruta desde el Centro de Convenciones cercano al edificio de CIMAT, no estaba nada guardado en el GPS, algo extraño pues mi esposo es muy cuidadoso en ello, así que mientras él intentaba encontrar una respuesta lógica a lo sucedido, lo vi tan preocupado que le dije que mejor no fuéramos, que le dejáramos los zapatitos que le había comprado en León, en el templo de Zacatecas, él dijo: “sí vamos a verlo, mira sé que es por Fresnillo, cerca, así que vamos a aaaaaaaaquí” y señaló con el dedo una calle cualquiera en Plateros. Yo estuve de acuerdo y emprendimos el viaje. Cuando llegamos al lugar señalado, cuál va siendo nuestra sorpresa que exactamente la calle que él marcó con su dedo es la calle del Templo del Niñito de Atocha. De inmediato pensé -en mis creencias- que el propio niño es quien nos guió para poder ir a verlo.

Cuentan los que saben que el niñito sale cada noche a recorrer los caminos para ayudar a los que les piden milagros y, como camina tanto, sus zapatitos se le acaban, es por ello que yo le llevé los zapatitos que compré en León, Guanajuato, en el camino a Zacatecas.

La llegada a verlo fue mágica, ver al niño, agradecer por los caminos abiertos, los milagros recibidos en mi persona y en mi familia y en la de mi esposo, ver los exvotos de los milagros realizados y escribir nuestro agradecimiento en el libro de registros, fue una experiencia inolvidable que se completó con el hecho de que afuera del templo compré algunos recuerdos y salmodias para protección. Al primer puesto que fuimos el dueño no estaba y llegó a atendernos un jovencito, así que le pagué y nos fuimos a otro puesto, tampoco había nadie ahí, así que pensábamos irnos y cual fue nuestro asombro al ver salir al mismo muchacho llamando al dueño que al vernos corrió para atendernos y sin fijarse traspasó la figura de ese muchachito que corrió para la otra acera; mi esposo y yo supimos que esa era una manifestación del propio niño de Atocha, en vez de asustarnos, reímos y le dijimos al joven que nos atendió que el muchacho ese estaba en todo, y el joven nos dijo: ¿Cuál muchacho?. Ya no había duda, pasó y lo vivimos cerca del templo de quien, en mi creencia religiosa, nos cuida y provee para poder seguir adelante en nuestras vidas. Agradecimos que nos abriera el camino para llegar ahí, le pedimos llegar con bien esa noche a nuestro destino.

El camino de Zacatecas es sinuoso, la carretera es de dos carriles en un buen tramo, y en esas circunstancias, una de las cosas que nos pasó en el camino de regreso fue que con el tráfico pesado, al momento de mi esposo querer rebasar un camión, algo lo detuvo, no pudo meter el acelerador, en ese instante pasó un tráiler a toda velocidad rebasándonos a todos los vehículos que desesperados vimos cómo es que se iba a estrellar en la barra de contención, casi llegando a una curva, el tráiler pasó de milagro así como nosotros estamos vivos por el hecho de que el carro no respondiera a meter el acelerador, en el momento y al unísono ambos dijimos: “gracias Niño de Atocha”.

Llegamos a Guanajuato sanos y salvos, con la certeza de que siempre es mágica la protección de las buenas energías de los santos que desde otras dimensiones se ocupan de nosotros. ¿Quieres conocer esa magia? nosotros te llevamos a ver al Niño de Atocha o a conocer de cerca los milagros de Nuestra Señora la patrona de nuestra ciudad y madre del niñito. Ven, lee y anda Guanajuato.