Culpar a los otros para evadir la propia responsabilidad, la cuestión se torna mucho más compleja a medida que involucramos dos elementos: las relaciones de poder y la colectividad

Suele suceder que una canción que nos parece mala, aburrida, odiosa o predecible de pronto comienza a sonar en todos los sitios que visitamos, que se cuela por las ventanas, que invade las reuniones e incluso nuestros amigos más queridos la corean. Cuando eso pasa, me consuelo pensando que es solo una moda pasajera y que solo basta dejar hacer su trabajo al tiempo, a la sustitución (por otra que puede ser mejor peor o igual) o al hartazgo para que noten que no vale nada y la olviden. Desgraciadamente hay cosas más lamentables que una mala canción y que se repiten infinitamente y no pasan nunca de moda.

Culpar a los otros para evadir la propia responsabilidad es una de ellas, y si bien, es una conducta que en los niños notamos de manera casi inmediata y que rara vez permitimos que prospere, la cuestión se torna mucho más compleja a medida que involucramos dos elementos: las relaciones de poder y la colectividad, ya que ambas fungen como un camuflaje que hace que la artimaña funcione mejor o siguiendo con la música son ese coro pegajoso que hacen que el resto de la pieza funcione.

Metámosle a la ecuación el poder, por ejemplo, si un niño mayor presiona al otro para echarse la culpa frente al adulto responsable, es probable que logren engañarlo, con las parejas abusivas sucede igual solo que los mecanismos de persuasión son tan sutiles que el engañado es uno de los dos, ya sea el que piensa que en realidad todo lo que le pasa es culpa de su pareja o ésta cuando efectivamente se lo creyó. Dentro de esta modalidad también están los jefes que tienen a sus chivos expiatorios en los que siempre recae la culpa, salvándose ellos y a sus allegados. Aunque los anteriores ejemplos siempre desplazan la responsabilidad del fuerte al débil también se puede aplicar al revés, cuando se culpa a la autoridad por un acto individual.

Ahora bien dentro de la colectividad, donde ya está implícito que además existen relaciones de poder, la práctica de señalar al otro o a los otros se convierte en una cadena por la que se va pasando el paquete que acaba reventando en el eslabón en el que las masas depositan su odio, es decir aquí la responsabilidad se convierte en una cuestión de fe, van a terminar como culpables aquellos en los que más crean que lo son.  Aquí ya estamos hablando de la versión remix de la canción, esa que todo mundo manoseo, donde ya no sabes de donde salió ni como era al principio pero que seguimos escuchando.

Tres hechos recientes, dos elecciones y una caravana, me hacen pensar que la culpa, últimamente se está proyectando hacia los “de afuera”, es decir todo el mal entra por las fronteras o vive dentro de ellas sin pertenecer, esta búsqueda de brujas para quemar tiene varios efectos, evita que nos miremos al espejo y localicemos el problema real, deja la puerta abierta para que se tomen medidas excesivas para la protección y con ello se viole la libertad de todos y además genera consenso con los culpables y desvía la atención.

Todo esto no es nuevo y pareciera que, como las canciones pegajosas, se cuela en todos lados y domina las mentes más moldeables, parece casi imposible imaginar un mundo donde no dejemos que esta basura suene y no tengamos que esperar al hartazgo para descubrir lo pobre que siempre fue.

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