Cierre de año, fin de la continuidad…

Imaginemos que cada cierre de año los bancos decidieran perdonar a sus deudores y dejar de mandar cartas amenazadoras, los juzgados quemaran los expedientes en una fiesta de perdón donde todos se abrazaran a la luz de las hogueras, dejaran de dolernos las rodillas y los errores y de salirnos canas. Suena caóticamente hermoso, pero también tiene su lado  negativo, cada proyecto empezando desde cero una y otra vez, como si la deuda volviese al monto inicial a cada día primero, todos los humanos tropezando inevitablemente con la misma piedra, o con una parecida, por falta de memoria o de experiencia (que si de por sí nos sucede, ahora con esto).

Para bien o para mal, el tiempo tiene una continuidad y nosotros, desde que aprendimos a registrarlo, tenemos la capacidad de acumular lo que en él pasa para nuestro favor, para no vivir en un continuo regreso, porque nuestras vidas son efímeras, pero acumuladas ya tenemos una serie de soluciones a aquello que necesitamos, lo que nos permite sumar y pararnos en los hombros de nuestros predecesores para alcanzar mayores alturas.

Si es tan positivo acumular,entonces, ¿para qué periodizamos? Se me ocurren varias razones: primero porque el ciclo existe a nivel natural, le damos vueltas al sol montados en este planeta y contemplamos como todos los seres vivos, incluidos nosotros, son alterados dependiendo de la estación en la que estamos, hasta que todo vuelve a empezar. Segundo porque nos permite llevar la cuenta de esas vueltas y poder determinar la duración de algo.

Los otros motivos que me vienen a la cabeza ya están politizados y nos los presenta Antonio Gramcsi en su ya más que centenario (1916) “Odio elAño Nuevo”  donde se lo atribuye al conformismo que hace que todo sea más soportable si sabemos que tiene un fin(me suena a sexenio presidencial) al seguimiento sin cuestionamientos de la tradición y aunque no me crean, al consumismo que nos hace gastar en estas fechas como si de verdad nuestras cuentas de banco se fueran a regenerar el primero de enero.

Pero no todo es amargura para el camarada, el menciona que lo que debería de ser es que todas las mañanas sintiéramos esos aires renovados y todas las noches hiciéramos el balance de nuestros actos sin seguir modas ni esperar tanto tiempo para reflexionar, algo de razón debe de tener y supongo que el estropicio es mucho menor si notamos desde el primer momento que nuestro zapato ha sido untado con excremento que si caminamos todo el día así. Además nos brinda la oportunidad de establecer los momentos de descanso cuando  nos sintamos borrachos de la vida intensa y queramos sumergirnos en la animalidad, para volver con más vigor.

Llegando a este punto ya vemos que tiene algo más de sentido establecer nuestras propias fechas de corte y disminuir los periodos entre ellas y de hecho suena tan recomendable que lo llevaré a la práctica como propósito de año nuevo (si, lector es un chiste contradictorio, no crea que se me fue el avión). Pero, manteniendo el optimismo que la mayoría del tiempo permea mis escritos, considero que eso no se contrapone con aprovechar que, por una vez al año, coincidimos en tiempo libre con nuestros cercanos para reafirmar que venga lo que venga para el siguiente lapso, estaremos ahí con ellos o… ¿no es de esto, además de comer y beber con ganas, de lo que se tratan las festividades?