Plástico que solo tiene 110 años de existencia comercial

Hice el ejercicio de buscar todos los objetos de plástico que tengo cerca, empezando por la máquina en la que estoy tecleando, los anteojos con los que veo, el encendedor, los tenis, la botella de agua e incluso el poliéster de mis blusa. No terminaría de enumerarlos ni aunque me llevara todo el laberinto en ellos y bueno, tampoco es que sea necesario, solo quería señalar que aunque actualmente el plástico goza casi del don de la ubicuidad, en realidad solo tiene 110 años de existencia comercial.

Antes de su invención, mejora y popularización la disposición de materiales con los que se contaba para generar objetos para cubrir nuestras necesidades era mucho más limitada y  aunque hemos ganado en cuanto al peso o resistencia como en los anteojos, en accesibilidad pues puede ser de bajo precio y fabricarse en masa, higiene como es el caso de las jeringas y en diversidad permitiendo formas más caprichosas e imaginativas hemos perdido en otros ámbitos siendo muchas veces de baja calidad, de poca duración y en realidad una imparable y monstruosa fuente de deshechos solidos que además ocupan el  petróleo y contaminan que da pavor. Supongo, con poco miedo al error, que el increíble e irresponsable ritmo de producción y de consumo que mantenemos en la actualidad no podría ser posible sin la existencia de los polímeros y eso da que pensar.

Fuera de la cuestión material, que es importante también, para mí el plástico es un material desalmado, será porque desde niña siempre he visto que todo lo desechable es de plástico, por las tremendas decepciones que me he llevado mordiendo frutas falsas, levantando, deslumbrada, joyería barata o por que los juguetes son, en muchos casos, imitaciones de los objetos cotidianos que en mi cabeza el plástico representa lo efímero, provisional, repetido,  feo,  falso, frío y liso; eso que no vale nada y con lo que nos podemos equivocar sin consecuencias, lo utilitario de lo que nos podemos desprender sin ningún tipo de remordimiento y tan es así que hay más plástico en el mar que peces.

La cuestión es que las ideas no vienen de la nada y nuestra manera de pensar y de relacionarnos tiene siempre una base material y si el material que nos rodea por excelencia en la actualidad es el plástico, me temo que la base de nuestros modelos de relación actuales es de pésima calidad.

No me extraña que se le dé prioridad a la velocidad sobre la calidad, que estemos moldeados en masa, que sea más importante la apariencia y la funcionalidad que la esencia de los seres y mucho menos que seamos desechables desde el punto de vista de las relaciones de producción y de las interpersonales. Compitiendo con lo descorazonador de esta idea existe igualmente una tendencia a adorar objetos, situaciones o personas de plástico como si fuesen de valiosos materiales, como esos que se desviven por un celular, por una moda pasajera o por un cantante hueco.

Si estar conscientes de que todo el plástico que hoy  nos rodea acabará en un tiradero algún día y va a estar mucho más tiempo en la tierra que nosotros o de que, tal vez, para muchas personas no valemos más que una botella de PET, no nos hace replantearnos nuestros parámetros de durabilidad en los materiales y relaciones que elegimos cotidianamente, terminaremos ahogados en plástico y además, no nos va a importar mucho, pues ya estaremos perdidos como especie para entonces.