El Laberinto

A ti, que me das el empujón pensante.

Vi una película, de la cual no diré el nombre, pues es una cuestión que se repite en muchas más, que me dejó una completa sensación de malestar, pues dentro de una trama que daba para abordar de manera indirecta, al buen estilo de la ciencia ficción problemáticas sociales, los protagonistas se iban tras el ridículo señuelo de una historia barata de amor romántico y fabricado en dos días dejando sus identidades, sus amigos y a sus pueblos tirados en la banqueta. No soy una solterona amargada, o eso creo, por lo que trataremos de desmenuzar mi molestia durante estos párrafos.

Primeramente nos señala F. Engels en su libro de 1884  “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado” que existen dos formas de producción y reproducción humana, la de los insumos necesarios para nuestra existencia y la de la existencia misma, es decir la que atañe a las relaciones personales. En ambos casos los medios de producción, ya sean máquinas para fabricar zapatos o mujeres para fabricar hijos o guisados, son propiedad privada. Partiendo de este sentido de propiedad, idealizándolo y poniéndole holanes y bastante parafernalia, es que nace el concepto de amor romántico.  

Curiosamente aunque se acepta y se sabe que no todas las relaciones que entablamos son para tener hijos o pensar en un futuro, tenemos interiorizado  que nuestras parejas nos pertenecen y  que el tener una pareja es la RELACIÓN por excelencia y que amigos, familia y comunidad pasan a segundo plano cuando nos encontramos  ante él, lo que genera además presión para los que permanecen solteros, pues están condenados a ser segundones y a pensar que algo está mal con ellos y rompe los más valientes intentos de colectividad.

Ahora con la presencia de las mujeres en los espacios públicos, con la posibilidad de acceder a montones de opciones amorosas a través de las redes sociales y con la tremenda tendencia al individualismo desmedido, a la realización personal sobre todas las cosas resulta que el modelo de amor tradicional para toda la vida con anulación y mimesis, no corresponde a la realidad y genera conflicto en las personas, que acaban cediendo por presión social, por miedo a la soledad o por simple necesidad de afecto a una serie de términos y condiciones que en el fondo no le convencen y que acaban reventando la soga cuando la tensión es más grande que la pasión.

El verdadero problema entonces, aparece cuando nos encontramos con que no hemos formulado un nuevo modelo relacional de acuerdo a nuestras circunstancias actuales y nos vemos cara a cara con el vacío, el cual normalmente llenamos, salvo honrosas excepciones, con el único modelo que conocemos para la aproximación al otro, con ese que usan con nosotros en nuestros espacios de trabajo y acabamos tratándolos como piezas intercambiables que cumplen una función, cuya identidad nos importa poco y que se pueden ir al primer error sin mayor problema. Pasamos el amor a nuestra vida pública, con sus máscaras sus vicios y sus reservas y ante un modelo anacrónico y equivocado instauramos una cosa amorfa que nos hace correr de la intimidad y de las emociones como si de la peste se tratara.

Estamos ante un reto enorme de la búsqueda de caminos de relación que impliquen el reconocimiento del otro y la proyección hacia afuera, uno que no posea ni utilice, si no que impulse a crecer como individuos y a sumar como grupos. Se me ocurre que podríamos empezar por hacer películas menos ridículas, pero es solo una sugerencia.