La historia de las ciencias nos demuestra que las teorías son perecederas. Con cada nueva verdad revelada, tenemos una mejor comprensión de la naturaleza y nuestras concepciones, y nuestros puntos de vista, se modifican. 

Nikola Tesla

Se le concede al historiador alemán Cristóbal Cellarius (1638-1707) el establecimiento de la división llamada clásica, de las Edades de la Historia, como Antigua, Media y Moderna, concepción incluida en un documento publicado en 1688 y que tituló La historia de la Edad Media, desde los tiempos de Constantino el Grande, hasta la captura de Constantinopla por los turcos. De esta forma, generalmente las Edades han sido considerados períodos largos de la historia universal, a diferencia de las Épocas, que abarcan lapsos más cortos y de orden regional.

La Edad Moderna comprende del siglo XV al siglo XVIII, con acontecimientos relevantes que establecen sus límites de inicio y conclusión, siendo con frecuencia la conquista musulmana de Constantinopla en 1453 considerado suceso de punto de inicio y la Revolución Francesa en 1789, su finalización. La Edad Moderna sigue a la Edad Media, que muchas veces de forma subjetiva y arbitraria se determina como un período oscuro, en el que privó la ignorancia y se delimitó la fuerza de la razón, como si no fuera esa la forma sistemática en la que han actuado los poderes fácticos a través de la historia, siendo gradual la libertad lograda para el desarrollo de una masa crítica, que signifique una real oposición al oscurantismo del que se aprovechan los sistemas políticos. De cualquier forma, a la Edad Moderna se le considera un período en el que se logró disminuir la influencia absoluta que se imponía desde los sistemas religiosos, para subrayar la relevancia de anteponer el razonamiento ante los fenómenos naturales y de comportamiento humano, tanto en su individualidad, como en el aspecto social.

Evidentemente, no le correspondió a Cellarius, quien falleció en 1707, determinar la conclusión de la Edad Moderna y es en el siglo XX, en el que se fueron presentando hechos inéditos en la historia, cuando se tomó como referencia cronológica para la conclusión de la Edad Moderna a la Revolución Francesa de 1789, que representó un movimiento político y social de enorme trascendencia y a partir de la cual la historiografía decidió abrir una nueva etapa, la que viene aun llamándose Edad Contemporánea, vigente hasta nuestros días.

El apogeo del Renacimiento en el siglo XVI corresponde a la Edad Moderna, resaltando el valor de la dignidad del individuo y de todo su potencial para ubicarse en el centro de la concepción de una nueva visión humanista, con su creatividad en el arte, en la ciencia y en las aportaciones tecnológicas. La capacidad individual se reconoce y por tanto empiezan a sobresalir personajes, cuyas contribuciones asombraron al mundo y le abrieron nuevos caminos de esperanza.

La sustitución de la aristocracia y el clero por el poder de la burguesía empresarial, generaron un nuevo orden político que abría mayores posibilidades de desarrollo individual, nunca antes visto, con la iniciativa de acciones que incluso fueron produciendo cambios dramáticos en la distribución geográfica de las potencias en el mundo, sobre todo por los descubrimientos de territorios no conocidos en Europa, por los grandes navegantes de la época y que alcanzaron tono mayúsculo con el descubrimiento de América por Cristóbal Colón el 12 de octubre de 1492, y que fueron revelando finalmente, el conocimiento de la extensión real del globo terráqueo.

El poder se instaló en los fuertes imperios europeos y orientales, incrementándose las posibilidades del intercambio comercial de bienes y servicios, estableciéndose una feroz competencia por el dominio de los mercados mundiales, en la que generalmente prevaleció la violencia y la injusticia, pero que a su vez trajo consigo el ordenamiento racional para la explicación de los fenómenos naturales, que empezó a concretarse en el método científico, con avances que fueron rompiendo paradigmas y despertando nuevas dudas e inquietudes, que representaban nuevos retos que se iban resolviendo con las herramientas de la ciencia, ya sin los obstáculos de la defensa a ultranza de la fe por parte de la iglesia institucional y de las autoridades conservadoras, mediante la instauración del racionalismo y de la Ilustración.

La cosa más hermosa que podemos experimentar es el misterio. Es la fuente de toda arte y toda ciencia, declaraba Leonardo Da Vinci, hombre universal símbolo del Renacimiento, quien además de su obra artística, contribuyó a la ciencia con sus observaciones de filosofía, anatomía, botánica, arquitectura, con una actitud que apoyado en la Grecia Clásica miraba hacia el futuro, abriendo caminos mediante su capacidad de observación, de análisis y de síntesis, semilla del hombre moderno.

Nicolás Copérnico (1473-1543) vivió intensamente mirando al cielo y en un período de veinticinco años pudo demostrar como matemático y astrónomo el concepto revolucionario del heliocentrismo, en su obra Sobre las revoluciones de las esferas celestes, que desplazaba la idea del hombre en el mundo como centro de la creación, para ubicarlo en un planeta que tenía que orbitar alrededor del sol, junto con otros planetas que lo acompañaban en los epiciclos. Idea que cimbraba las estructuras de la iglesia que se aferraba a las ideas geocéntricas aristotélicas y que miraba con recelo los descubrimientos de Copérnico, desde la observación rigurosa de la Inquisición.

La aparición de nuevos modelos que responden de manera más acertada a la explicación de los fenómenos, generalmente tiende a sumar adeptos y la aparición de Galileo Galilei (1564-1642) viene no sólo a reforzar las aportaciones de Copérnico, sino a mejorarlas ostensiblemente, aun cuando las confrontaciones con la iglesia institucional no perdían intensidad y los investigadores tenían que, además de describir con claridad sus observaciones, cuidarse en la presentación de sus trabajos de investigación, para tratar de evitar que la iglesia pudiera juzgarlos como heréticos, si bien Galileo no logró salir completamente ileso de las fuertes confrontaciones que tuvo con la iglesia de su tiempo y de su entorno, que le valieron una denuncia ante el Santo Oficio y la condena a prisión domiciliaria por el resto de su vida, teniendo por entonces una edad de 68 años. Y sin embargo se mueve, es la frase expresada como un murmullo, que dice la leyenda que pronunció tras la confesión de su defensa al sistema dinámico de Copérnico.

Galileo es considerado como el padre de la Astronomía y de la Física en general. No obstante, se tiene que subrayar la participación de Johannes Kepler (1571-1630) quien trabajó sobre el movimiento de los planetas en sus órbitas alrededor del sol, estableciendo las tres leyes de Kepler, y de Tycho Brahe (1546-1601), quien estableció en Dinamarca el primer observatorio astronómico de la historia, dotado de la infraestructura más importante de la época, en donde colaboró el mismo Kepler. Cabe tratar de imaginar el impacto que se percibía en el entorno científico, con las pruebas patentes de la existencia de los planetas girando en el sistema solar y las fantasías que despertaba el hecho de saber que el planeta Tierra giraba sobre su propio eje, considerando literalmente que no se caía al vacío espacial cuando relativamente se estaba de cabeza. El umbral de las fuerzas de gravedad

Isaac Newton (1643-1727) pronunció: Para mí, nunca ha habido una mayor fuente de honores terrenales o distinción mayor que la conexión con los avances de la ciencia. El gran físico y matemático británico, ejemplo paradigmático y referencia indiscutible del quehacer científico, a la vez que cosechó las observaciones de los científicos que le precedieron, sembró nuevos paradigmas en el campo de la Física, como la Ley de la Gravitación Universal y las leyes de la Mecánica Clásica que llevan su nombre y que incluyen la Ley de la Inercia, el Principio Fundamental de la Dinámica y del Principio de Acción y Reacción. Incluyendo además contribuciones notables en el campo de la Óptica y de la Luz, así como colaborando decididamente en las Matemáticas con el desarrollo del Cálculo Diferencial e Integral. Es clásico su experimento en el que hizo pasar luz blanca a través de un prisma y la aparición de la gama los colores del espectro visible, tal como se observaba en el arco iris. Su trabajo le otorga el calificativo, que para muchos se cumple, del científico más grande de la historia, y factor fundamental de la consolidación del Método Científico. El gran astrónomo contemporáneo estadounidense Edwin Powell Hubble (1889-1953) condensó los avances logrados en la Edad Moderna expresando que Equipado con sus cinco sentidos, el Hombre explora el Universo que lo rodea y a sus aventuras las llama Ciencia.

En el campo de la Química destaca Robert Boyle (1627-1691), alejándose de la alquimia mediante la relación de datos experimentales obtenidos de pruebas experimentales estrictas, que lo llevaron a establecer la Ley de Boyle, que explicaba el comportamiento de los sistemas gaseosos al modificar las condiciones de presión y volumen, manteniendo la temperatura constante. Una de sus grandes obras tiene el título altamente sugerente de El químico escéptico: o las dudas y paradojas quimio-físicas, que lo llevaron a afirmar que toda teoría debería probarse experimentalmente.

A finales del siglo XVIII prevaleció la teoría del flogisto, desarrollada por el químico alemán George Stahl, principio que establecía que las sustancias que participaban en los procesos de combustión contenían un mayor o menor contenido de una especie de sustancia, a la que se llamó flogisto, la cual escapaba de la sustancia al ser llevada a la combustión. La teoría se reforzó con el hallazgo del influyente químico inglés Joseph Priestley (1732-1804) de lo que llamó aire desflogisticado, obtenido mediante el calentamiento de óxido de mercurio, logrando aislar un gas que al llegar a una cámara a la que previamente se le hacía vacío con ratones en el interior, los mantenía indefinidamente con vida. Había descubierto el oxígeno, pero no así una explicación razonable del sistema de reacción.

Fue Antoine Lavosier (1743-1794) quien logró exponer con claridad el descubrimiento del oxígeno, que a su vez daba fin a la teoría del flogisto y ponía los cimientos de la Química Moderna de la que actalmente Lavoisier es considerado como el padre indiscutible, con aportaciones fundamentales que lo sustentan. Este admirable personaje fue guillotinado durante la Revolución Francesa, con el pretexto hoy estimado a todas luces injusto, de ser cobrador de impuestos. Su caso es digno de ser abordado en un trabajo especial. Viene al caso, hoy y siempre, la frase de Galileo: En cuestiones de ciencia, la autoridad de miles no vale más que el humilde razonamiento de un único individuo.

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