El Laberinto

Creo que las personas, en distintos ámbitos de nuestra existencia, fungimos alternativamente como distintos tipos de luminarias y además tenemos una que otra expresión que calza maravillosamente con las definiciones.

Empezando por los candiles, el candil es una luz portátil y de acuerdo al dicho “candil de la calle obscuridad en su casa” podríamos deducir que es alguien que suele brillar sí, pero no donde se le necesita, por lo que termina brillando por su ausencia. Su movilidad lo puede hacer tan útil como estorboso y tiende a hacer pensar a los demás que es brillante solo por proximidad, es decir los “encandila” y ciega, aunque este efecto no suele durar.

El caso del farol, es una luz hueca, como tal lo único que tiene es lo que se puede ver, el farol que también se puede tomar como una vitrina, un sitio en el cual el contenido queda expuesto, como en los barcos que existía un farol de carne (no solo ahí, por cierto). El farol, en términos de personas tiene como condición dos hechos, que a nadie le dé por ahondar en su vacío y que todos le crean, o hagan como que le creen cuando los ilumina o cuando se exhibe. El farol no resiste una luz más fuerte y acaba siendo opacado por cualquier foquito. Si se trata de uno con algo de poder, se empeña en deshacerse de cualquier fuente de luz que le interfiere.

El faro que es estructural, inamovible se mantiene al filo del desfiladero, con el único propósito de guiar a los demás en la obscuridad y las tormentas, se encuentra tristemente condenado a la soledad, pues su peso y tamaño lo mantienen en ese sitio donde sólo se le recuerda cuándo es  necesario. Lo extremadamente generoso de los faros es que a pesar de ello, se dan la oportunidad de ser habitados e incluso servir de refugio.

Los focos son, discúlpeme por ello señor Edison, la luz más común y convencional la de la casa y la oficina, su fuente de poder está en brillar con una energía ajena y cuya procedencia nadie cuestiona, sin alterar su naturaleza y sin desgastarse tanto en ello. Es por esto que los focos son conservadores e intrascendentes, pues solo funcionan en una posición y son completamente intercambiables, aunque necesarios Lo cierto es que nunca un foco puede encender más luces aparte de sí mismo.

Las velas son mis favoritas porque tienen alma y solo necesitan una pequeña chispa para comenzar a arder desde su interior, con una luz que las transforma y también las consume pero dejando un rastro que puede arder una y otra vez. Las velas no deslumbran como el candil, no presumen como el farol, no esperan fijas como el faro o el foco y tienen el poder de encender más llamas e incluso de quemarlo todo. Son las que siempre está ahí cuando todo lo demás falla,  las que te calientan cuando se acercan a ti, las de las cenas románticas y la intimidad, las que se hacen poderosas cuando se juntan sin opacarse.

¿Dónde y para quienes somos qué clase de luz?, ¿estamos ardiendo con aquellos que valoran nuestro fuego?, ¿somos focos donde deberíamos arder?, ¿de qué clase de luces nos rodeamos y cómo interactúan con nosotros?  Nunca había cerrado un laberinto con tantas dudas, supongo que no se me prendió el foco.