Ecos de Mi Onda

Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo.

Ludwig van Beethoven (1770-1827)

En la primera escena de la famosa película estadounidense del ya lejano 1967, El Graduado, Benjamin Braddock, personaje central interpretado por Dustin Hoffman, baja lentamente por las escaleras mecánicas del aeropuerto de Los Ángeles, tras graduarse en una Universidad de Massachusetts. El juvenil rostro se observa perturbado por el futuro inminente que le espera, en una sociedad competitiva, sintiendo grandes dudas y flaquezas.

En la banda sonora se escucha la canción The Sound of Silence, compuesta por Paul Simon e interpretada por Simon y Garfunkel, ofreciendo en cierta forma parte del argumento sobre el drama del joven Braddock; no necesariamente sobre los enredos que le esperan en su desliz apasionado con la Señora Robinson, interpretada en forma excelsa por Anne Brancoft,  ni con el posterior delirio amoroso que le produce Elaine, ni más ni menos que hija de la Señora Robinson, quien le prohíbe terminantemente hasta incluso verla. Pero pudo más la belleza inocente de Elaine, representada por la hermosa Katharine Ross, quien enamoró a todos los jóvenes leoneses que vieron la película en su estreno en aquel amplio y cómodo cine León a media cuadra de la Catedral, y Benjamin, aunque logró resistirse por unos días a los encantos de Elaine, finalmente se enamora hasta los huesos y en la película no ceja en su empeño de casarse con ella.

Bien, pero la canción aborda un asunto de paradoja, los sonidos del silencio, y precisamente cuando Benjamin llega a su casa se encuentra que sus padres le tienen preparada una fiesta para festejar la finalización de sus estudios y el joven se ve bombardeado de consejos por parte de los adultos, quienes con actitud paternal y sinceridad genuina, le sugieren opciones sobre las áreas de trabajo, en las que sin duda puede encontrar la llave que le abra con facilidad las puertas del éxito. Pero en las condiciones anímicas de desaliento en las que se encuentra sumido, todos esos consejos le suenan huecos: Y yo vi la luz desnuda, diez mil personas, tal vez más; gente conversando sin hablar, gente oyendo sin escuchar, gente escribiendo canciones, que las voces nunca compartieron, y nadie se atrevió a perturbar el sonido del silencio. Tontos, expresé, ustedes no saben, el silencio crece como el cáncer.

Pero siguiendo con el silencio, el gran poeta y cantautor argentino Atahualpa Yupanqui, referente obligado del folclor latinoamericano, expresaba como lamento, que no engrasaba los ejes de su carreta, que no los necesitaba engrasados porque le gustaba que sonaran, pues le resultaba demasiado aburrido caminar el largo y solitario camino en las extensas pampas argentinas: No necesito silencio  /  Yo no tengo en qué pensar  /  Tenía, pero hace tiempo  /  Ahora ya no pienso más  /  Los ejes de mi carreta  /  Nunca los voy a engrasar.

Yo expreso que callado conmigo mismo, abstraído en mis pensamientos, con mis recuerdos, algunas resonancias indeseables no terminan de diluirse, otras apreciadas evocaciones lastimosamente se destiñen, como viejas fotografías amarillentas por el paso inclemente del tiempo, rostros, sonrisas, momentos y sonidos que quisiéramos atesorar por siempre. Son los sonidos del silencio; paradójicamente, el mismo silencio estridente de los ejes de la carreta de quien no tiene en qué pensar, o no quiere tener en qué pensar, porque tal vez si los ejes silenciaran se vendrían los recuerdos en cascada y entonces, quizá, el dolor podría lastimar. El silencio va más allá de la ausencia de sonido.

El silencio puede también ser la expresión rotunda de una postura, que no requiere de la atmósfera para ser transmitida en ondas sonoras y que puede significar un acto de valerosa dignidad, pero también un acto de cobardía. Puede ser también sólo una pausa en una conversación reflexiva, o el momento decisivo de una relación amorosa, que se envuelve de silencio cuando las palabras sencillamente sobran y los labios de los amantes, más que hablar, lo que buscan con anhelo es fundirse en los encantos de un beso, clamor en el silencio.

Camino con la mochila de ilusiones en la espalda, escucho mis pasos en el crujir de los guijarros del camino, en el roce de la hierba de los pastizales, en los rumores de los arroyos y los ríos, en las olas que susurran en las playas, en el estrépito del caudal acuoso de las cascadas, en los latidos del corazón en solitario, en la armonía del cosmos en los encuentros fraternos. Pero es un fondo de virtual silencio en el que se estructuran los mecanismos para que puedan concretarse los empeños, para llevar a la fragua la aleación de creencias y sentimientos compartidos que se fusionan y se templan con la fuerza del acero, de ti, de mí, de nosotros los que convivimos en el mundo, aspirando a la paz y a la fraternidad humana. Fuera de los espacios del silencio, todo es un vocerío.

La verdad se oculta tras el ruido de las opiniones múltiples, se disfraza de apariencias sensatas que halagan reflexiones superficiales, basadas en la prioridad de las creencias injertadas por voces que se ajustan a la construcción y mantenimiento de mis verdades, tus verdades, nuestras verdades. Más valdría el real silencio y no esta estridencia enajenante que nos legitima ante aquella facción con la que cada quien se identifica. La verdad parece ponerse en un segundo término cuando se trata de defender las opiniones.

El silencio no es solamente pues, la ausencia de ese ruido que puede constituirse en una gruesa costra que produce sordera al oído, para no escuchar la voz de los que claman la verdad en el desierto, la verdad que duele, que lastima, pero que es el fondo que se precisa pisar para poder impulsarse a la superficie, en la que se puede volver a respira la anhelada libertad.

La verdad se clama en el desierto, no en las redes sociales, no en los medios electrónicos de comunicación, no en los discursos demagógicos de los políticos, ya ni tan siquiera en los púlpitos de las santas iglesias. El sentimiento de Atahualpa Yupanqui es genuino, nace de una convicción personal originada por factores existenciales, como condición necesaria para poder seguir enfrentando la vida, no necesito silencio, yo no tengo en qué pensar, tenía pero hace tiempo, ahora ya no pienso más, no debo pensar más.

Cuidado, dice el manipulador, el silencio puede extenderse como un cáncer y eso no es conveniente, pues el silencio genera espacios de reflexión oponentes a los procesos de enajenación de la sociedad. En efecto, parece que a veces nos vemos sometidos a una fuerza centrífuga que nos mantiene girando de la mano de quien sostiene la cuerda, y que nos indica lo que debemos mirar, decir, pensar, comprar, soñar, realizar. La acción alienante que imprime el poderoso sobre la débil víctima que pretende someter a su voluntad, para moverlo al antojo, brindándole incluso, la idea de que vive en plena libertad el ejercicio de todos los derechos que le corresponden como ser humano. Así la libertad existe, pero hasta el punto en el que no se rebasen los propósitos impuestos desde las élites de caras ocultas de gobiernos fácticos, que rigen hasta la médula ósea de los gobiernos de caras visibles establecidos institucionalmente, a través de la compra de conciencias, aprovechando las actitudes de codicia y soberbia que generalmente se muestran en las esferas políticas. Esto hace posible imponer condiciones económicas e incluso pseudoculturales, que afectan profundamente a la sociedad y la disgrega en capas sujetas a la manipulación.

Pero resulta relativamente fácil discurrir sobre la manipulación que puede ejercerse sobre una población necesitada y en la amplitud de las temáticas musicales, se presentan ideas que nos hacen pensar y comprender que en esta vida, en este sistema que vivimos, el dinero no deja de ninguna manera de tener importancia, como se expresa en la canción Money (That´s What I Want), compuesta en 1959 por Gordy y Bradford e interpretada magistralmente por The Beatles, en voz de John Lennon, en 1963: Las mejores cosas en la vida son gratis, pero que chiste si también lo son para las aves y las abejas; a mí dame dinero, dinero es lo que quiero. Tu amor me provoca gratas emociones, pero con amor no se pagan las deudas; a mí dame dinero, dinero es lo que quiero. El dinero tiene su importancia, pero debemos luchar porque los beneficios que puede generar a través del trabajo productivo, se distribuyan con justicia y equidad.

Vivimos tiempos difíciles de incertidumbre, de cambios imprevisibles para los que debemos estar preparados, sin saber exactamente cómo lo podremos hacer. Pero el ser humano siempre guarda en el espíritu una porción maravillosa de esperanza y optimismo que inyecta fortaleza y ánimo, para seguir en el camino venciendo las dificultades y dándose el lujo de esbozar una sonrisa. Lo importante es sumar las buenas voluntades, conscientes de que a toda acción corresponde una reacción de igual magnitud y de signo contrario en el equilibrio cósmico: el mal será contrarrestado por el bien, si así lo decidimos en el momento oportuno.

El silencio es un aliado en la meditación que robustece y podemos escuchar su mensaje alejándonos de la estridencia circundante, abriendo la puerta interior para escuchar las voces reflexivas que nos acercan al conocimiento de las causas y los efectos, la profecía de los acontecimientos venideros y de las claves para controlarlos mediante la energía del amor fraterno.