Histomagia

A ti

La muerte es lo irremediable de la vida. Todo ser vivo es la posibilidad de muerte que tiene en su cuerpo, pero no en su espíritu, en su alma. El alma estará por siempre en este mundo o, dependiendo de la religión, emigrará hacia algún lado. En Guanajuato, ha habido infinidad de historias que hablan precisamente de almas en pena que “viven” y conviven con sus habitantes.

Una amiga mía, que por obvias razones no quiere que ni siquiera diga su nombre, vive desde hace tres años una historia que se sale de lo cotidiano, de lo normal. Ella vive por el rumbo de la Presa de la Olla, sola, dice, en una casa antigua que ha ido remozando poco a poco.  En verdad su casa es muy bella. Sus hijos los fines de semana a veces llegan a verla. Su esposo vive en el extranjero y viene dos veces al año, así que prácticamente vive y está sola. Esta es su historia que, lo peor, aún vive cada noche.

Mi amiga me cuenta que todo comenzó una madrugada en que ella estaba ya en su cama. Ese día había estado muy ajetreado y, cansada, se dispuso a dormir, a acallar su mente entre tanto trajín del día. Cuando por fin se había quedado dormida, la despertó el sentir una presencia acostada a sus espaldas, cuan larga era. Ella pensó que era un sueño, que seguro extrañaba a su esposo y la cosa no pasó a más. La mañana siguiente, mi amiga se sentía tan cansada pese haber dormido como tronco. Recordó esa extraña presencia en su cama y pensó: “imaginaciones mías”.

Todo siguió normal. Días después, otra madrugada, ya dormida, la despertó la presencia otra vez en la misma posición: yacida a sus espaldas. Ella creyó otra vez que eran sus desvaríos, pero no, esta vez la despertó la cercanía de ese ente: a su espalda y cerca de su trasero sintió y supo que ese ser era un hombre, sintió cómo el ser le acercaba “su miembro viril” erecto en su plenitud a su cuerpo e intentaba abrazarla. Mi amiga de inmediato se levantó de la cama a encender la luz y cuando la encendió no vio a nadie, no vio nada, absolutamente nada. Sobra decir que esa noche no durmió. Asustada, decidió que si le volvía a pasar lo echaría de la casa diciéndole una sarta de groserías, como dicen las abuelas, para que se vaya y no regrese.

Pasaron varios días. Y la noche que fue el colmo, llegó. Esa madrugada ella estaba plácidamente dormida, pues ya se sentía segura con la solución antigua que había decidido aplicarle si aparecía el ser de nuevo. Pero lo que ella no sabía, es que el ente o espectro iba a cambiar su modus operandi. Cuando ella ya estaba dormida, sintió cómo le tomaban la cara con las dos manos, como en un intento de beso, y sintió cómo esas manos bajaban lentamente por su garganta, y le acariciaban los pechos, su estómago, su sexo, pensó que era un sueño húmedo, “como le pasa a cualquier persona que extraña a su marido”, me dice. Sin embargo, el ser volvió a tomarla de su cara de la misma forma. Se dio cuenta entonces que no era un sueño. Trémula, no daba crédito a lo que sentía, decidió entonces abrir los ojos y dice que alcanzó a ver a un ser horrendo de piel color ocre, cerca, cerquita de sí. Vio cómo traía poco a poco su horrible y amorfa cara a la de ella: cerró los ojos sintiendo una repulsión infinita y quiso moverse pero no pudo, pues este ser  la tenía ahora abrazada y sujeta por detrás, acostados como siempre había sucedido desde el principio, sintiendo ahora sí cómo es que el ser le acercaba su miembro enorme y se frotaba con ella quien seguía inmóvil, a la espera de que todo ese horror terminara, callada pues el ente, con su otra mano, le había tapado la boca para que no gritara. Mi amiga con los ojos desorbitados veía su reflejo en el espejo de tocador y cómo no estaba nadie con ella, pero veía que su camisón estaba arriba de su pecho, su pantalón pijama y ropa interior bajados, veía atormentada cómo se movían los ropajes, la sábana, ella. Todo esto era una escena dantesca, ella era testigo de cómo era ultrajada, violentada por ese ser que no sabe de dónde llegó y por qué con ella.

Decidida, con la poca cordura que le quedaba en ese momento, le dijo in mente una retahíla de malas palabras, el ser paró un instante, le dejó la boca descubierta y ahí fue cuando, tomando valor, le gritó, con todas sus fuerzas, que se fuera que no era su lugar, que no era de aquí, que la dejara en paz. En instantes el ser dejó de sentirse, y ella pudo moverse, acomodar su ropa y prender la luz. Así se quedó toda la noche. No durmió. Caviló y caviló sólo dormitando sentada en una silla, pero llena de horror e incrédula de lo sucedido, pensaba que no era justo lo que le sucedía.

Pasaron semanas antes que le volviera a suceder, porque lo grave de esta histomagia, es que todavía, al día de hoy, le sucede. Ella ya está habituada a que llegue el espectro, ya sabe que incluso la acompaña a donde va. Lo ha sentido en su oficina, cómo le respira al oído, ha visto como le mueve las cosas del escritorio, sabe que va en el auto con ella a todos lados. Ella está resignada a vivir con ese ser, pues, en sus palabras “no ha podido quitárselo”.

Pienso que mi amiga, como no sabe cómo alejarlo, resignada, sólo vive la vida que le tocó vivir. Sola en esa casa enorme. Bueno no tan sola.

¿Quieres conocer la casa? Tal vez a ti sí se te aparezca el ser, no como a ella, pero igual lo puedas ver, preguntar y saber, de una vez por todas, si es un demonio o un alma en pena que quiere sentirse vivo cada madrugada sólo con ella. Visítanos. Ven, lee y anda Guanajuato.

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