El Laberinto

Hace un par de días que desinstalé cierta red social de mi teléfono cuando me di cuenta de la cantidad de tiempo que le invertía y de lo mucho que me estresaba, el bienestar, más allá de una pequeña sensación de abstinencia parecida a querer fumar en una junta, ha sido instantáneo. Y eso que no estoy tomando en cuenta el subidón productivo, porque eso es demasiado capitalista como para que yo le de importancia.

Pero obviamente que las cosas no pueden quedarse así, no basta con sentirse mejor si no que también es necesario conocer cuáles son las cuestiones incómodas, ya desmenuzando me irrita que la gente dedique mucho más tiempo a hablar de cosas que no le gustan o que no le parecen y a dar malas noticias, en lugar de ser un escaparate de gustos, de información, de alegrías. No digo que la denuncia o la lucha no sean necesarias, pero me parece que es necesario comprobar la información y reflexionar un poco sobre el efecto que buscamos, porque la indignación cuando no nos conduce a la acción es una braza ardiendo en una mano, no cambia nada y solo lastima a quien la porta.

Mi capacidad para ver animales maltratados, mujeres desaparecidas y derechos violentados fue sobrepasada por mucho, peor aún entrar a la sección de comentarios de temas que para mí son importantes y leer las opiniones mezquinas y, dicho de un modo amable, poco inteligentes de personas que en mi vida he visto y molestarme por ello era un acto de masoquismo innecesario.

Aparte del imparable torrente de notificaciones robotizadas y repetidas que insisten para que te mantengas dentro de la red. Pero para este punto seguro están pensando lo mismo que yo ¿Y entonces que chingados hacías ahí? Resulta que la paja que estaba viendo el ojo ajena era una viga en el mío, es decir que la razón por la que se postean esas cosas es la misma  por la que yo las leo: nos regodeamos en la miseria.

Vamos a profundizar en ello, nuestra forma de generar empatía, sobre todo en redes, es mucho a través de enemigos comunes o de mostrarnos miserables, los gustos nos ponen en una posición de vulnerabilidad que rara vez accedemos a ocupar y la humildad está tan instituida que no nos permite tampoco ufanarnos de ciertas cosas sin volvernos desagradables ante los demás. Lo feo del mundo es para todos esa pequeña herida en la boca por la que pasamos nuestra lengua una y otra vez para que nos vuelva a doler, las cosas duras de masticar, son aquellas que nos pasamos rumiando aunque nos amarguen  y arruinen el sabor del pastel. Suena contradictorio, lo sé, que esté lanzando  esta diatriba a través del medio que es su objeto. Yo no creo que sea necesario dar de baja el perfil, tirar los celulares por las ventanas y volver a medios más tradicionales de comunicación, precisamente porque confío en su poder y estoy convencida de su utilidad es que trato el tema.

Recomiendo solo un poco de desintoxicación y de mesura, se me olvidaba mencionar que después de mucho tiempo, pude contemplar el camino de mi casa al trabajo