Ecos de Mi Onda

En mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido.

Kahlil Gibran.

Caminaba con calma por todo Guanajuato, como disfrutando los espacios mágicos de la hermosa ciudad en la que había nacido hacía ya una buena cantidad de años; no quería hacer cuentas, no tenía caso, entonces se sentía fuerte y lleno de una tranquilidad espiritual que no daba pie como para ponerse a pensar en banalidades matemáticas, habiendo cosas más importantes por hacer, particularmente observar la diversidad de acontecimientos que ocurrían en el entorno y que se sentía con el deber de analizar cuidadosamente, para después llevarlos al papel, en ese compromiso que asumió de manera personal, de narrar los sucesos, tanto cotidianos como extraordinarios, de los que iba siendo fiel testigo y para lo cual se paseaba armado de lápiz y papel por plazas, calles, callejones, explanadas, aprovechando cualquier rincón más o menos cómodo para sentarse y darle vuelo a la escritura, que de su puño y letra surgía a gran velocidad con una caligrafía fina, pequeña y con renglones muy bien definidos en su horizontalidad.

Luego proseguía su marcha, encorvado, ensimismado en el jugo de sus pensamientos, pero sin dejar de contemplar lo que ocurría alrededor. Tenía la idea de que pronto, muy pronto, ocurriría una serie de sucesos que producirían un enorme impacto en la ciudad, poniendo en riesgo a la población guanajuatense. Lo percibía por la conducta incierta de las palomas que abundaban en las plazas y que a pesar de que les arrojaban migajas de pan, ahora permanecían estáticas en los alambres de corriente eléctrica por tiempos prolongados y no se arremolinaban alrededor de las personas que las aprovisionaban. También en el extraño tono púrpura de las nubes al atardecer y en la enorme cantidad de murciélagos cruzando el cielo guanajuatense entre la espesa oscuridad de la medianoche.

Pero lo que más lo tenía azorado era esa terrible imagen del dragón alado que por un breve instante vio que asomó la enorme testa y las fauces humeantes por la salida del túnel de La Galereña, en una de las madrugadas de semanas anteriores, y que al parecer el animal, considerando que nadie lo observaba, salió disparado vertiginosamente hacia la glorieta del monumento a Cervantes y luego se perdió de vista volando a gran velocidad rumbo al cerro del Cubilete. Todo fue rapidísimo, y por eso prefirió no escribir este pasaje, ya que dudaba que hubiera sido realidad, imaginación, o tal vez un sueño. Decidió entonces dejar el caso pendiente para aseverarlo con evidencias de mayor crédito, estaba seguro de que lo volvería a ver, tenía que estar muy alerta y aprovechar la oportunidad para observarlo con mayor cuidado y por un tiempo más prolongado; incluso de ser posible, tocarlo.

Por eso prefería dormir poco y transitar permanentemente por toda la ciudad, muy al pendiente de contemplar las escenas que se desarrollaban a su paso, con esa especie de apostolado narrativo, primero grabando muy alerta y acucioso en la memoria los pormenores de lo que acontecía frente a sus asombrados ojos, tal como en la dinámica de las películas que veía cuando sus padres lo llevaban al cine Guanajuato y Reforma siendo niño, para luego buscar un espacio y sentarse en cuclillas, cuidando muy discreto, de no estorbar el paso de los transeúntes, para trasladar las secuencias mentales a la superficie del papel, con los característicos rasgos de grafito que iban constituyendo la Crónica de los Hechos, como decidió titular al conjunto de narraciones que surgían de los eventos que imperturbable presenciaba y por extensión decretó autonombrarse como el Cronista.

Pero en los últimos días todo parecía acelerarse y los augurios de riesgo, pensaba, no tardarían en cumplirse. Con semblante sombrío contrastaba los domingos familiares, evocando aquellas mañanas en las que salían de misa e iban al jardín de la Unión a escuchar la banda de estado, con sus marchas marciales, pasodobles y danzones, las señoras y señores bailando alrededor del quiosco, los niños correteando alrededor del jardín y deteniéndose curiosos a mirar al mimo callejero frente a las escalinatas del teatro Juárez, que simulaba estar frenado por una barrera invisible que le impedía avanzar y se rascaba la cabeza y luego el mimo invitaba a los niños y hacían bromas inocentes, luego consumían helados y paletas, mientras el papá leía el periódico y la mamá platicaba con las amigas sobre las enfermedades de los hijos. Ahora todo lucía diferente, Guanajuato estaba vestido de gris y la mayoría de la gente deambulaba como zombis, como si no tuvieran un destino.

El sábado había sido particularmente espinoso, con ríos de gente circulando como narcotizados, escuchándose ruidos terribles provenientes de altavoces ubicados en lo alto de edificios indistintos, por lo que el Cronista optó por alejarse del centro de la ciudad en busca de algo de calma. Pudo dormitar por unas horas bajo un eucalipto por el rumbo de Noria Alta y como a las siete de la mañana lo despertó una fina lluvia que hizo que se levantara de mala gana y caminó lentamente hacia los Pastitos, donde se refugió bajo una cornisa pues la lluvia arreció en esa fría mañana de noviembre. Cuando amainó atravesó el jardín de Cantador y luego entró al mercado Hidalgo, donde la generosidad de un conocido le proporcionó un café caliente que le devolvió el calor al cuerpo entumecido, otro más le regaló un cigarro que fumó con parsimonia en una banquita frente al templo de Belén. La ciudad parecía desierta cuando llegó al jardín de la Unión y fue a sentarse en las escalinatas del teatro Juárez.

Dijo llamarse Sir Sidney Warane y se apeó de un corcel negro azabache, iba acompañado de los setenta y siete guardias negros de apariencia feroz, también montados en sus corceles, luego enterró con enorme fuerza en el piso de loza un gran pendón en el que colocó el edicto, tras darle lectura en voz alta ante la escasa concurrencia en el entorno, si bien los altavoces hacían posible, sin duda, que el mensaje se escuchara hasta el último rincón de Guanajuato. Llamaba a la rendición incondicional exigida por el hostil Caballero Negro, so pena de destruir la ciudad encantada con todo y sus habitantes. Nuestro Cronista vio claramente desde su posición privilegiada sobre uno de los leones metálicos del teatro Juárez, como fueron llegando aterrorizadas las autoridades y la policía local de la ciudad, mostrando una bandera blanca, y enseguida un grupo de los setenta y siete los esposaron y se los llevaron con rumbo desconocido.

Casi a la medianoche llegó al mismo sitio el Caballero Oscuro acompañado del amenazante dragón alado con el hocico llameante, Quianying le llamaba su amo, así como de los miles de guerreros azules despiadados, que al avanzar dejaban abruptos e infranqueables las calles y callejones. El Cronista trató de calcular la estatura del Caballero y consideró que medía más de dos metros y medio, y por fin confirmó la existencia del dragón descomunal, como de doce metros de largo, ágil como serpiente sobre la superficie, veloz y sigiloso volando en el aire con sus poderosas alas, las llamas de su brutal hocico fundían la cantera. El Caballero se instaló en el teatro Juárez y el dragón encontró gran gusto de volar por los túneles.

Un sonido ululante estruendoso se extendía por la atmósfera (al Caballero le disgustaba la armonía y el silencio) y los habitantes de Guanajuato permanecían temerosos en sus casas, sin saber cómo reaccionar ante la agresión externa, ni hasta dónde o cuánto duraría la invasión, ni mucho menos si habría alguien con el valor y fortaleza para defenderlos y liberarlos del terrible invasor. Los guerreros azules comían y defecaban sin pudor por doquier, la basura se acumulaba de forma alarmante y la antes hermosa ciudad se destruía aceleradamente.

Pasaron varias semanas de ocupación y el Cronista trataba a toda costa, no sólo de narrar los hechos violentos que ocurrían, como un reportero clandestino, sino también de encontrar un resquicio de solución, un héroe que surgiera anónimo, que apareciera de pronto y pusiera las cosas nuevamente en su lugar. La ocupación ya tenía varias semanas y la noticia angustiosa reciente, era que  buscaba a la doncella del Campanero para eliminarle todas las ideas del pasado en el cerebro, poseerla y designarla soberana, formando con su descendencia la nueva torva corte de Guanajuato.

Agotado y somnoliento, el camuflado Cronista descubrió a un individuo sigiloso que casi reptaba entre los escombros, adivinando en él la intención de introducirse sin ser descubierto en la guarida del hosco Caballero. En la penumbra alcanzó a distinguir que se trataba de un hombre de estatura y complexión nada extraordinaria, pero rápido de movimientos. Fue acercándose poco a poco y al tenerlo al alcance lo sorprendió jalándolo por el brazo y lo tendió por el suelo, solicitando que callara con la seña del índice en los labios. Pasada la sorpresa y al verlo más sereno, el Cronista le reconvino en voz baja, pero enérgicamente, exponiéndole que se encaminaba a una muerte segura, que su acción era suicida, pero a la vez cuestionándolo sobre las intenciones que lo movían a arriesgar de esa forma la vida, en este caso, en su función de reportero, pues olía la noticia de que este hombre de apariencia agradable, ojos vivos y una fuerza espiritual que el Cronista alcanzó a vislumbrar en una apenas tenue áurea violeta que emanaba, bien podría ser el protagonista principal de la trama, el héroe de la historia.

Dijo llamarse Altair y que no soportaba la injusticia provocada por el Caballero Oscuro y menos ahora que sabía que el tenebroso individuo pretendía apoderarse de la voluntad de la hermosa doncella del Campanero, confesando que estaba enamorado de ella, pero que nunca se había atrevido a declarárselo, a pesar de que todos los días la miraba vendiendo sus aretes, carteritas  y pulseras debajo del puente y lo único que había conseguido con el persistente transitar cotidiano por el lugar, era la sonrisa más linda que había visto en su vida, cuando lo invitó a mirar la mercancía y le vendió una bonita pulsera de piel fina.

Continuará…