Histomagia

Una puerta en la cárcel de Salgado: de cómo las iglesias no necesariamente salvan a los vivos ni a los muertos.

Guanajuato ha sido una ciudad que destaca por sus tranquilas calles del centro, sus plazas multicolores, sus hermosas iglesias que hablan de la historia de México, sus tradiciones y costumbres. En esta ciudad, sus habitantes tienen tanta fe católica, que incluso en el diseño de sus casas dejan un espacio para sus santos: hacen pequeñas capillas donde los vecinos del barrio acuden por la ayuda espiritual necesaria para su diario vivir. Esto no era la excepción para algunas instituciones como fue la antigua cárcel de Salgado que estaba ubicada frente a lo que hoy es la parada de autobuses suburbanos en el centro, cerca de la Alhóndiga, y que hoy alberga las oficinas del Ministerio Público.

Me cuenta Carlos, un entrañable amigo mío, que su padre le contaba infinidad de historias de fantasmas que se sucedían en ese lugar. Sin embargo, la que más provocó en mí, que sí me gusta ir a las iglesias a admirar su belleza, a visitar a algún santo de mi devoción para pedir por los míos, y no precisamente a misa, es una de las que me contó.

Me relata mi amigo, que cuando su padre trabajaba en el Ministerio Público -no está de más mencionar la bien hecha remodelación que hicieron de ese espacio- una de las veces que se quedó muy tarde a trabajar, de facto recordó todas las leyendas de ese lugar. De la distribución actual, él quedó en el lugar contiguo a lo que fue la iglesia de la cárcel de Salgado, cerquita de una puerta que no ha sido lapidada del todo; de hecho, se cuenta que ahí, en esa cárcel y en esa iglesita, hubo muchas muertes, así como, evidentemente, misas de cuerpo presente de los reos que llegaban a morir en la prisión. Ahí aún se ve, como vestigio arquitectónico, una pequeña cúpula con su respectiva cruz que ha sido testigo absoluto de todo lo que ha ocurrido ese lugar. En otra  Histomagia narré el cómo los mismos presos contaban de la infinidad de ruidos que provenías de atrás de los muros que daban a los varios túneles que colindaban tanto con las celdas como con los lugares comunes como esa iglesia.

Pues bien, el papá de mi amigo estaba absorto en su trabajo y de repente recordó esas leyendas que hablan de lo mal que lo pasaron los reos ahí. Escuchó algunos ruidos lejanos en los cubículos de la entrada. Sintió miedo. Pensó: “debe de haber alguien más a estas horas trabajando”, miró a su alrededor y nada ni nadie. Se encogió de hombros y se precisó atento a los documentos que había de entregar en pocas horas. Siguió concentrado en el trabajo, incluso de levantó a prepararse un café para hacer más llevadero su desvelo. Regresó a su lugar, se sentó, y ante el café humeante, le dio un sorbo y centró su mirada en la puerta que le quedaba a pocos centímetros. Dejó la taza de café en la mesa, y se dispuso a terminar ya ese documento. De repente, escuchó murmullos que provenían de algún lugar de la oficina, no hizo tanto caso y siguió en los papeles, pensó, otra vez, que de seguro algunos de sus compañeros se habían quedado a terminar sus trabajos como él. Pero no, no era así. Con desconcertante angustia se dio cuenta que los murmullos se transformaban en voces que provenían de detrás de esa puerta casi tapiada. Paralizado por el miedo no esperaba lo que ocurriría a continuación. Esas voces se convirtieron en gritos que pedían con desesperación que abrieran la puerta, que los dejaran salir de ahí, que no estaban solos, que algo los quería atrapar. Horrorizado vio cómo la manija se movía y la puerta era golpeada con fuerza desde dentro, en un intento de escapar de la pesadilla que esos seres de otro mundo, en esa iglesia, estaban viviendo, querían salir de ahí. El pánico se apoderó de él al ver que la puerta padecía ceder en sus postigos. De un salto se levantó y corrió hacia la salida de las oficinas que al parecer era su única salvación. Los gritos no cesaban, lo acompañaban en su trayecto de escape. En su interior pensaba que no era posible lo que estaba viviendo. Se le hizo eterno. Por fin salió de ahí, volteó hacia Salgado y los ahora gritos desgarradores, en un instante se acallaron. Con pavor, retrocedió y sólo atinó a correr por la calle, callada y solitaria a esa hora.

El papá de Carlos sabe que hasta la fecha esos espectros viven atormentados por algo y atrapados en ese lugar, en el último momento de desesperación de su muerte. Él sabe que su sufrimiento es causado por algo que él no quiere ver, por eso no abrió esa puerta. Aún quieren salir de ahí, aún esperan que alguien les ayude. ¿Quieres venir a ayudarles? Ven, lee y anda Guanajuato.