Ecos de Mi Onda

Las personas necesitamos de la locura, de lo contrario nunca se es libre.
Nikos Kazantzakis (1883-1957), escritor griego.

El Caballero Oscuro y sus huestes habían invadido Guanajuato, pero no se conocían los motivos del sorpresivo asalto para apoderarse de la ciudad. El rumor que empezó a circular, era que las fuerzas invasoras provenían del norte desquiciado por el consumo de sustancias adictivas de diversa índole, que les dejaba como secuela una apremiante dependencia que tenía que ser saciada de inmediato, así como una fuerte predisposición a la violencia para agenciarse los recursos ilimitados y establecer el predominio de sus objetivos y fines. Imperando también sobre el desarrollo de tecnología, la dirigían en este mismo sentido, experimentando modificaciones genéticas descabelladas que eran aplicadas al ultra fortalecimiento físico de los líderes y a la creación de armas vivientes insospechadas, como el dragón Quianling.

El Cronista reunió información y se planteó una hipótesis: en el mapa astral neo-ontológico, como definían los invasores a su pensamiento ideológico, sencillamente porque, según ellos, advertían propiedades trascendentales en su movimiento radical humano, Guanajuato estaba situado en la cercanía de un cerro misterioso, que contenía en su interior espacios secretos de embrujos hechizantes, pero además, de riquezas incalculables que la tradición había cifrado en aparentes leyendas que a los pobladores les parecían ridículas. Sin embargo, en las sesiones de conjuro, las señales indicaban la presencia de una poderosa fuerza que encarnaba el Señor de los Espejos y que se fortalecía de la pureza de los corazones de damas jóvenes que moraban en Guanajuato, como era el caso de, de quien sin saberlo, era Brudalia, la Doncella del Campanero.

Pero continuando con la batalla que tenía lugar por el rumbo de la presa de San Renovato, entre las fuerzas oscuras y las opositoras fuerzas del bien representadas por Altair y Sofohan, nos quedamos en que el joven Altair había vencido al Caballero Oscuro con la valiosa ayuda de Brudalia. Luego el dragón atacó a Altair y este, casi desfallecido, logró empuñar la filosa espada del Caballero Oscuro y la encajó en el vientre del dragón. El Cronista festejó esta acción con euforia, pero advirtió con alarmante preocupación la llegada del terrible Sir Sidney Warane, enorme lugarteniente del Caballero, y de los feroces setenta y siete guardias negros, que cimbraban la superficie que pisaban. Sir Sidney se adelantó y amenazó al extenuado Altair, pero fue Sofohan quien se le abalanzó. Sabía de sus limitaciones, pero intentaba ganar tiempo para que Altair recuperara capacidades y amagaba con movimientos raudos que confundían al guerrero grandulón y le alteraban el talante y el equilibrio. Este singular combate se extendió por más de dos horas, en las cuales Sofohan giraba alrededor de Sir Sidney con agilidad sorprendente, sólo que comenzó a sufrir el natural agotamiento del movimiento permanente y no pudo librarse del mazazo que le propinaron en el costado, que le envío hasta la estatua de Hidalgo, en el jardín de la presa de la Olla.

Altair estaba pendiente de los resultados de la lucha desigual y antes de continuar con el enfrentamiento, optó por correr a revisar a su mentor y amigo, con Sir Sidney casi tocándole los talones, pero alcanzó a ocultarlo en el Embarcadero de la presa. El enfrentamiento fue inevitable y las armas chocaron, los cuerpos rebotaban, se golpeaban contra los árboles y las rocas del entorno, con una fibra inaudita que por los impactos destruía las paredes de las construcciones aledañas. Altair trataba de regresar hacia San Renovato para reducir el riesgo de daños a pobladores de la zona, que curiosos empezaron a asomarse por las ventanas para ver la pelea, sólo para verse amenazados por los bárbaros guardias negros, que no se tentarían el corazón para golpearlos. El Cronista seguía los acontecimientos manteniéndose peligrosamente cerca para no perder detalle de la lucha.
Sin embargo, la experiencia combativa de Sir Sidney empezó a dar frutos y Altair se defendía retrocediendo, perdiendo cada vez más la iniciativa ofensiva, hasta que fue empujado para caer junto a las figuras del cocodrilo y de la serpiente de piedra en el jardín hundido del desagüe de San Renovato. Sir Sidney se lanzó desde lo alto listo para asestar el golpe final con su mazo. Pero nuevamente acudió en su auxilio Brudalia, utilizando el segundo poder concedido por el Señor de los Espejos, poner en movimiento una acción en la materia inanimada, que produjo la dentellada con la que el cocodrilo pétreo atrapó en el aire a Sir Sidney, partiéndolo literalmente en dos, con lo que inesperadamente los setenta y siete guardias negros se esfumaron en el aire.

Los curiosos pobladores comenzaron a salir tímidamente de sus casas, Sofohan ya recuperado fue a auxiliar a Altair, quien yacía exhausto y sangrando, y el Cronista se empeñaba en encontrar las palabras precisas para celebrar el triunfo de la justicia en su narrativa, sólo que el triunfo no estaba consumado. Tanto el espíritu del Caballero Oscuro, como de Sir Sidney Warane, se fundieron en el cuerpo inerme de Quianling, concentrando todo el poder del mal para reanimar los latidos del corazón y sus atributos malignos. De forma inconcebible, el dragón comenzó a moverse con marcada lentitud, parándose con torpeza y tratando de extender las rígidas alas, mientras que lívidos, Altair y Sofohan no daban crédito a lo que sus ojos veían.

Cuando el enorme dragón logró aparentemente recobrar toda su capacidad, se alzó amenazante dirigiendo la amarillenta mirada hacia Altair, provocándole el aceleramiento de los latidos de su valiente corazón, que lo impulsó a prepararse para continuar la batalla, dispuesto a vencer nuevamente al perverso animal aún a costa de su propia vida. Sin embargo, el dragón al parecer cambiaba de estrategia y se desplazó por el aire, enfilándose hacia la calle del Paseo de la Presa, con malvadas intenciones de dirigirse hacia el centro de Guanajuato y el incrédulo Altair sintió cómo el animal lo invitaba a seguirlo en su trayecto, para hacerlo sufrir mientras asolaba con el fuego de las torvas fauces, lo que se iba encontrando en su vuelo a baja altura.

Altair y Sofohan siguieron al dragón atestiguando impotentes, los daños que provocaba a las construcciones con el fuego y con la fuerza de sus garras, hasta que en el rojo y humeante atardecer que dominaba a la ciudad, se detuvo en lo alto de las escalinatas de la Universidad y exigió con una potente voz gutural que parecía provenir de las cavernas de ultratumba, que el Señor de los Espejos le entregara a la Doncella del Campanero y que escindiera el cerro de la Bufa para apropiarse de todas las increíbles riquezas allí depositadas, a cambio de no destruir a Guanajuato y sacrificar a su población, estableciendo para ello que el plazo vencería al atardecer del día siguiente. En tanto, el dragón decidió vigilar la ciudad, cuidando de sofocar cualquier intento civil de sublevación a sus perversas intenciones, recorriéndola con su vuelo silencioso a lo largo de calles, callejones y túneles.

El Cronista estaba agotado en su afán periodístico de seguir las acciones lo más cerca posible, para narrarlas con información de primera mano, además de sentirse muy alarmado por las circunstancias de alto riesgo en la ciudad de sus amores. Por su parte Altair y Sofohan, que estaba totalmente fuera de combate, se lamentaban de su incapacidad para responder a las amenazas y agresiones de Quianling, aun cuando Altair, meditabundo, trataba de armar alguna estrategia que pudiera revertir la situación desventajosa que se experimentaba. Por otra parte, la mayor parte de la asustada población tristemente consideraba, sobre todo porque la mayor parte de ella era incrédula sobre la idea de un tal Señor de los Espejos y de las supuestas riquezas al interior del cerro de la Bufa, que al ser imposible la satisfacción de los deseos del dragón, serían exterminados sin misericordia. Las autoridades guanajuatenses pretendieron congraciarse y elaboraron grandes pancartas, en las cuales expresaban que la ciudad se rendía y quedaba totalmente a su disposición para todos los fines que el Augusto, Noble y Generoso Quianling dispusiera, a lo que el dragón respondió con fuego incendiando los letreros y dispersando rápida y fácilmente al grupo congregado.

No obstante, en este escenario deplorable, rayando el alba Altair decidió dar la pelea y subiendo las escalinatas de la Universidad gritó con toda la fuerza de sus pulmones retando al dragón, en un último esfuerzo, consciente de que le costaría la vida que ofrendaba a su amada Doncella del Campanero. No tardó mucho tiempo en encontrar respuesta y si bien Quianling menospreciaba al rival, decidió enfrentarlo y eliminarlo en un instante, a fin de no alterar la prioridad de sus maléficos planes. Altair sólo contaba con la espada del Caballero Oscuro que capturó en la pelea previa, así como con la energía estelar menguada de su corazón, que en tanto apareció el enemigo le dirigió tratando de repelerlo, a lo que el dragón opuso el fuego de sus fauces, en un enfrentamiento que duraba más de lo que Quianling había presupuestado. Pero angustiosamente Altair comenzó a verse superado y al acercarse el rival trató inútilmente de herirlo con la espada, sólo para que se la desprendiera de un zarpazo, quedando finalmente a su merced.

El arrogante animal se regodeó contemplando al rival que había entorpecido los planes que antes marchaban a la perfección para los invasores y en el descuido, el Cronista (basado en la lectura de un misterioso libro medieval que de última hora consultó) se montó en su pescuezo llevando en el extremo de una larga vara un espejo proporcional al tamaño de la cabeza del dragón que logró colocar frente a su mirada, reaccionando instintivamente como si viera a un ser amenazante de su categoría, arrojándole el fuego de sus fauces, lo que funcionó como sortilegio, pues el animal empezó a desvanecerse, si bien en los estertores lanzó al Cronista rodando escaleras abajo, a la vez que el cielo guanajuatense brilló con esplendor, despejándose la humareda brumosa causada por Quianling.

Altair fue tras el Cronista para auxiliarlo y notó que su pulso y latidos de corazón eran sumamente débiles. En el aire se sintió una brisa fresca que provenía de la sierra y como en un encantamiento los espacios se inundaron de las notas de la Obertura 1810 de Tchaikovski, como equiparando esta hazaña con el triunfo del ejército ruso sobre las fuerzas napoleónicas, incluyendo el estruendo final de las campanas y de los cañones, para luego dar paso al sublime solo de órgano de Una Pálida Sombra, de la banda británica Procol Harum, que produjo en la población de Guanajuato una asombrosa sensación de libertad y un ímpetu nunca antes sentido de impulsar un Renacimiento Guanajuatense, por el que bien valía la pena poner toda la voluntad y empeño que fuera para ello requerido.

El Cronista recobró el conocimiento y sin pensar en el descanso, se puso a escribir el final de la historia de la cual fue, incluso, uno de los principales protagonistas. Tras estos acontecimientos notables, es posible que paseando por Guanajuato encontremos a este personaje armado de lápiz y papel, transcribiendo diligentemente todas las fantásticas historias que testifica y que con calidad de apostolado, nos hereda en sus Crónicas de los Hechos en el Guanajuato Mágico.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

thirteen − 7 =

8 + 2 =