Todología con Maiself

–¡A pa’ titulito que se le ocurrió para empezar a discurrir!

–Y está peor a lo que se refiere, ya que estamos hablando de una peste escolarizada de nivel superior

–¿Qué quiere decir con esa metáfora pestilente: que hay académicos que apestan o que el fenómeno al que tan estruendosamente alude es una especie de epidemia?

—Las dos cosas. Pero ya basta de darle vueltas a lo léxico y vayamos a lo semántico. Cuando hablo de académicos estúpidos me refiero a aquellos maestros universitario de tiempo completo que son muy torpes para entender su verdadera función, y como carecen de ambición intelectual,  se dedican a repetir en clase lo que leyeron, y a replicar en la investigación lo que otros inauguraron como línea de indagación novedosa

–¿A qué atribuye que esos académicos sean presa de tanta grisura, de esa esterilidad?

—A su codicia y a la degradación que hacen de un trabajo que debiera ser gratificante y enaltecedor en sí, convirtiéndolo en una chamba acomodaticia, en una obediencia a lo convencional y rutinario, y a subordinar su desempeño neurológico laboral a los perversos estímulos académicos con los cuales los maicean, les castran su criticidad y les anulan la autonomía intelectual que alguna vez pudieron haber desarrollado

—¿No estará exagerando?

–No. Cualquiera que tenga los ojos desempañados podrá advertir que hay maestros que siguen dictando los mismos enmicados apuntes acedos, o que investigan temas divagados, egocéntricos, de poco o nulo impacto, tan sólo para cubrir la cuota de publicaciones que muy pocos o nadie leerán y que serán embodegadas hasta el fin de los tiempos por falta de compradores. ¡Ah, pero eso sí, el académico podrá presumir de “productividad”, de “calidad”…!

–Quiero pensar que no se está refiriendo a todos los académicos ¿verdad?

–No, pero si a una muy buena proporción de ellos, cuyo número llega a causar un daño educativo y social considerable. Por fortuna, también existe el suficiente número de académicos brillantes, formativos, comprometidos y académicamente audaces como para seguir alimentando la esperanza en las aulas, cubículos y laboratorios de nuestro país

–¡Qué bueno que me dice eso, porque yo ya estaba a punto de cortarme las venas!

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