Ecos de Mi Onda

Buscar lo que es verdad no es buscar lo que uno desea.

Albert Camus

Revisando las efemérides de junio, advirtió que Franz Kafka había muerto a la edad de cuarenta años (muy joven, pensó) un 3 de junio de 1924. Con una sencilla resta le resultó que se cumplía el noventa y cinco aniversario del fallecimiento del notable escritor checo de origen judío, en Kierling, Austria (como estaba leyendo en su biografía). Recostado en la cama, en la mañana de un sábado de ocio, consideró si sería conveniente preparar una charla para sus alumnos de secundaria sobre este personaje, al que por su parte admiraba con sinceridad, una admiración surgida por la lectura de algunas de sus obras, además de evocarlo también en la película El Proceso, que si la memoria no le fallaba, había visto por televisión hacía ya más de veinte años, pero recordaba muy bien la impresionante actuación de Anthony Perkins en el papel de Josef K, rodeado de estrellas de la talla de Jeanne Moreau, Romy Schneider, Akim Tamiroff, Orson Welles, que fungió además como director de esta importante cinta filmada en 1962.

Sábado y domingo estuvo pensando en un plan para hacer una presentación de calidad, una especie de conferencia, que impresionara a los alumnos adolescentes. Determinó que requeriría unos días para integrar información biográfica y seleccionar en internet algunas figuras alusivas a la vida y obra de Kafka, así que se dio una semana de plazo para tener editado el trabajo en power point y presentarlo al inicio de la siguiente semana. Él llevaría su computadora con el archivo preparado, pero (hizo una mueca de enfado, pues no mantenían una buena relación) tendría que solicitarle al secretario académico un proyector y una pantalla.

En la biblioteca municipal consultó varios textos, apurándose a tomar nota de los datos que le parecían más significativos del afamado escritor, detalles de su vida, conducta, traumas, carácter, salud, amores, estilo, simbología, contexto de la magna obra que heredó a la posteridad, parte de la cual se conservó gracias a su amigo y también escritor, Max Brod, quien desobedeciendo la voluntad de Kafka, que le hizo prometerle que destruiría los documentos inéditos a su muerte, conservó la carpeta de obras y decidió darla a conocer al mundo publicándola.

El lunes por la tarde las nubes gordas y grises destilaban una lluvia pertinaz, pero afortunadamente había llevado el paraguas y saltando entre los charquitos llegó a la biblioteca casi sin mojarse, sólo que por desgracia al acercarse a la mesa de recepción no controló el manejo del paraguas y salpicó ligeramente a la bibliotecaria, quien le dirigió una mirada densa en tanto le pasaba la boleta para el registro de entrada. Revisó con cuidado los estantes y fue apartando varios libros que le parecieron de interés, de los cuales seleccionó para empezar con la elaboración del resumen detallado que tenía en mente, la biografía de Kafka escrita por Max Brod, pensando que por haber sido su amigo, sin duda incluiría información trascendental de primera mano. Caminó por el largo pasillo y se acomodó en un pequeño escritorio, poco cómodo, pero que ofrecía una esfera reservada de aislamiento, a pesar de que la biblioteca, en ese día lluvioso, tenía realmente muy poca concurrencia. Apenas al abrir el libro hubo un apagón en el recinto que quedó en la penumbra vespertina, aun cuando a través de los ventanales se filtraban los últimos destellos luminosos del día que agonizaba.

Tras media hora de espera la energía eléctrica no se reestablecía y entonces decidió dirigirse hacia la recepción y solicitar a la bibliotecaria una forma para poder llevarse el libro a casa y trabajar por la noche, sacrificando (pensó) la programación favorita nocturna, que incluía después de los noticieros (trató de evadir el pensamiento) algunas películas anodinas de sexo no explícito, que realmente miraba con indolencia en tanto le ganaba el sueño. La bibliotecaria lo volvió a mirar con resentimiento, que a él le pareció más bien de menosprecio y le pidió con voz corta y autoritaria la credencial necesaria para establecer el préstamo. Hurgó sin éxito en los bolsillos, en el portafolios ¿en dónde carajos la había dejado? Por favor, suplicó, no la traigo conmigo, ¿le puedo dejar otra credencial de identificación? me urge revisar este texto, además no hay luz en la biblioteca ¡Compréndame por favor! No hubo comprensión de ninguna especie, ningún tipo de concesión especial y en su angustia pidió permiso para revisar la instalación eléctrica y ver si no se trataba de un cortocircuito, pero la bibliotecaria le informó con firmeza que el apagón era general y que sólo tenían que esperar a que funcionaran las reparaciones de los electricistas. Abandonó de la biblioteca con desazón, pues consideró que había perdido un tiempo valioso en el desarrollo de su proyecto histórico-biográfico-literario.

A la salida, resignado y bajando las escaleras, una joven resbaló en el piso mojado y alcanzó a tomarla del brazo para evitarle una caída estrepitosa y posiblemente causante de lesiones, tal vez importantes, quién podría saberlo. Ella lo miró con sus intensos ojos pardos y le regaló una sonrisa de agradecimiento, sólo que tras la joven venía un hombre espigado con un saco gris que se la apartó con una cierta agresividad, lo que le pareció de mal gusto, ante la evidencia de un acto netamente solidario del que se sentía satisfecho. La pareja se perdió en la calle transitada y él se encaminó consternado hacia su departamento, sin advertir por el grado de fastidio que lo avasallaba, que la energía eléctrica ya se había restablecido en la zona.

Esa tarde de martes resultó fructífera y logró avanzar en la revisión bibliográfica. El miércoles pudo apoyarse en la lectura y toma de notas de The World of Franz Kakfa, de Joseph Stern, de cuyo tratado tomo fotos de las ilustraciones con el celular para incluirlas como figuras de su presentación, lo cual le proporcionó una agradable satisfacción, que no se vio reducida por el impacto e incertidumbre que le causó al inicio de las clases matutinas, la presencia retadora de varios adolescentes varones que ingresaron al salón de clases uniformados con faldas, entre la algarabía de los compañeros (y compañeras) que celebraban el atrevimiento inusual. No contaba con un antecedente similar y decidió simular una conformidad que lo dejaba sin palabras y lo recubría de dudas en lo que le parecía un estado inducido sobre el que no tenía forma de ejercer el mínimo control. Tragó saliva y trató de permanecer sereno en el desarrollo de su disertación sobre la actitud medieval caballeresca del Cid Campeador.   

El mundo es cruel, parece que existe una desfachatez fatalista. Hay un monte elevado al que hay que trepar hasta la cumbre cuidándose de los tropiezos y caídas, sólo para ver el paisaje atrás del horizonte, con la esperanza de que resulte, en cierta forma, un poco más amigable que la realidad del momento existencial, en el que la soledad cotidiana después de tantos años, da poco margen a futuros esperanzadores.

La joven rubia se acercó al escritorio y tímidamente balbuceó una oración de agradecimiento. Él levantó la cara y la observó con detenimiento, era una belleza sencilla, como la de una frágil gardenia en la atmósfera de un jardín en invierno. Estaba ensimismado con la Metamorfosis, al grado de sentirse como una cucaracha tratando de ser pisoteada, corriendo y escondiéndose en los rincones inverosímiles de la cocina de la casa de la familia Samsa. No la reconoció y le preguntó de qué se trataba el agradecimiento que le adjudicaba. Ella le dio razón del resbalón en las escaleras de la salida de la biblioteca y de que su oportuna acción había impedido que sufriera un accidente de consecuencias desagradables. Al ver el brillo de esos ojos pardos la reconoció, pero también recordó la incómoda presencia del hombre espigado del saco gris, que la arrebató violentamente de la seguridad de sus brazos y extendió la mirada pensando en la posibilidad de verlo aparecerse repentinamente.

Una cosa llevó a otra, tras unos susurros tímidos surgidos de almas colaterales, apagados por fuertes sheeesss de la bibliotecaria decidió invitarla a salir y tomar un café, una copa, sólo para compartir vivencias y se sorprendió de que aceptara alegre y de tan buena disposición. Cruzaron esperanzas y desesperanzas, sueños, fantasías, soledades, poesías, paisajes, ansiedades, insatisfacciones, vanaglorias y renuncias, recuerdos apreciados, roce de las manos, miradas insistentes, acercamientos un tanto atrevidos y por ambos aceptados en el nicho bibliotecario.

Luego fueron y bailaron, bebieron, rieron. No recordó quien invitó a quien, pero sí que caminaron hacia el departamento (¿de él, de ella?) y se fueron besando por el camino, al subir las escaleras, en la puerta de entrada, las prendas desparramadas en el trayecto hacia la recámara, caricias, fricciones, la desnudez y los suspiros.

Despertó muy temprano y observó que ella se estaba vistiendo, lo que lo apuró, pues era viernes y tenía que ir a trabajar. Se sentó en el borde de la cama envuelto en la sábana blanca en tanto ella le soplaba un beso y cerraba la puerta. Estaba alegre y optimista, salió al balcón y al verla salir por la puerta principal del edificio le gritó Hey ¡Qué bonitos ojos tienes! No comprendió la reacción de la joven, al volver la cara y mirarlo desafiante. Por la tarde, a la salida de sus clases, se sorprendió al ver que ella lo esperaba, pero no estaba sola, la acompañaba el hombre espigado del saco gris, además de dos policías. En la comisaría se enteró de que estaba acusado de acoso callejero.

Frente a una intensa interrogación, sin comprender las causas de la acusación, trataba de mantener la calma, pero lo invadía más la desesperación, sobre todo porque transcurría el tiempo sin que se avanzara en la resolución del caso y aún le faltaban algunos detalles importantes para terminar de editar la presentación de su proyecto, esa especie de conferencia con la que pretendía entusiasmar a los estudiantes con la obra de Franz Kafka, invadiéndole una espesa niebla de duda si finalmente sería posible presentarla el lunes siguiente, como lo tenía anunciado y programado.