El Laberinto

Mis primeros recuerdos de un automóvil, y de los trayectos en general,  son con mi abuela al volante de un poderoso, rojo y petacón Derby pisando a fondo el acelerador y  hablando con una pequeña yo, que con trabajos podía mantener los ojos abiertos sin perder el control sobre  las jóvenes tripitas. Han cambiado muchas cosas en esos 25 años pero sigo mareándome de un modo miserable en los automóviles.

Algunos años después, mi tía  de modo accidental en los largos caminos que separan la Ciudad de México de la de Guanajuato, encontró una especie de remedio casi infalible contra mis malestares, no me pasaba nada si iba contenta escuchando música, haciendo correlación el auto de mi abuela jamás tuvo instalado un autoestéreo, cosa que en mi adolescencia volvería a brotar como la razón por la que siempre llegaba con el rostro  verde a todos lados (Esto todavía sucede a veces).

 La solución desagradable la encontré a los 25 años en un tortuoso regreso de la Sierra Mazateca, a bordo de un camión de redilas que brincaba como la aguja de una máquina de coser y tomaba unas curvas cerradas que se asomaban a unos precipicios, que seguro hubieran sido aterradores si no hubieran estado cubiertos de un verdor deslumbrante, cabe mencionar que el vehículo no era más que una caja de carga sin paredes, con bancas de madera y una techumbre de lona por toda protección. Ese día en pos de mantener mi dignidad y no vomitar mi alma, junto con el aguardiente de la despedida, terminé tirada en el piso hecha un ovillo que rebotaba con cada bache de la terracería mientras todos platicaban y hacían sus vidas a mi alrededor.

Estas tres historias conectadas por la movilidad, las náuseas y la música se las cuento para que rían un rato mientras me doy el pretexto perfecto para hablarles de la moraleja que vino a mi mente el día de hoy, cuando trabajando con un grupo salieron a tema los caminos, las conversaciones y las canciones.

Podemos pensar que existir es un conjunto de trayectos, aunque nunca nos movamos físicamente de lugar y que normalmente siempre estamos preocupados porque aquellos que nos separan de lo que deseamos nos parecen largos y los que nos llevan a las desgracia muy cortos, el punto es que rara vez los disfrutamos por estar pensando en  el punto de llegada. Yo no tuve opción en mi caso, era sufrir o gozar el trayecto de un modo físico (y además lavar la tapicería no es divertido) creo que nadie debería de estar sujeto a una situación extrema para no disfrutar los viajes cualesquiera que sean. Todos son mejores con música, eso sí.

La otra opción es dejar que las circunstancias nos lleven al suelo y que rebotemos pasivamente ante los embates de la vida, sin sufrir tanto como si fuéramos tiesos en nuestro asiento viendo el peligro por la ventana pero sin disfrutar del viento, de la plática ni del paisaje.