El arriero, que desciende con su recua de mulas por un camino empedrado hacia Guanajuato, ciudad que se vislumbra al fondo de la cañada, es icónica. Así aparecía en los billetes de 10 pesos que circularon entre 1936 y 1978 en nuestro país, y se volvió tan representativa, que se plasmó en un mural de la Central de Autobuses, como gran postal de bienvenida para los visitantes.

Billete de 10 pesos. Bajada del Tecolote (Foto: ©Benjamín Segoviano)

Ese camino, la Bajada del Tecolote, aún existe, sólo que cada día es menos reconocible, debido a la constante destrucción de que es objeto. Casas, callejones y rampas de reciente construcción, cada vez más automóviles estacionados y obras en las cercanías acaban poco a poco con su fisonomía, el entorno y el panorama.

El arriero de nuestra referencia fue inmortalizado por el alemán Carlos Nebel (1802-1855) en una litografía de 1828, según reza el billete al que se hace alusión al inicio del texto. Se deduce que, en ese entonces, cubría densa vegetación la ladera del cerro, y de hecho hasta hace pocos años continuaba así, hasta que comenzó la invasión urbana.

Hoy, sólo el acceso por la Panorámica mantiene un aspecto más o menos similar al de antaño, porque a partir de la segunda curva hacia abajo todo cambia: aparecen los primeros vehículos aparcados, hay viviendas a ambos lados, y unas escaleras anchas, de reciente hechura, ascienden por la derecha.

Bajada del Tecolote panorámica (Foto: ©Benjamín Segoviano)

Si antes la vieja ruta empedrada culminaba en la confluencia del callejón del Caracol con el del Tecolote, para luego descender hasta el puente del Campanero, hoy termina mucho antes, y tanto ladera abajo como hacia arriba continúan las construcciones, desaparece la vegetación y en su lugar surgen el ladrillo y el cemento.

Suponemos que el área, dada su relevancia histórica, debería ser preservada. No sólo se encuentra dentro de la zona protegida de la Ciudad Patrimonio, sino que tiene un alto valor simbólico e histórico, dado que por allí entraron tanto las tropas de Hidalgo en 1910, como las fuerzas realistas de Manuel de Flon un año después.

Mas parece que la autoridad no quiere darse cuenta. No puede alegar ignorancia, puesto que recientemente trabajadores de Obras Públicas realizaron en ese sitio trabajos de remodelación. Tampoco se escucha la voz del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), supuesto protector del patrimonio.

Pero nunca es tarde. Aunque en algunas zonas el daño es irreparable, aún puede protegerse gran parte de la emblemática senda y de sus laderas. A mi ver, deben detenerse las construcciones en marcha y prohibir estrictamente cualquier otra en el perímetro inmediato, no autorizar el ingreso de vehículos y, además, establecer las disposiciones necesarias para conservarla.

Pero para ello, debe haber voluntad política y actuarse de inmediato. De lo contrario, el daño será irreparable.