El Laberinto

La semana pasada Muxe, el  gato que ya apareció en otro laberinto, escapó mientras dormía  (dormía yo, no él que es vago pero no sonámbulo) haciéndome imaginar todo tipo de complicados y horrorosos destinos para su peludito y esponjoso ser, tales como ahogarse en un charco, ser atacado por una jauría, robado por un desalmado o atropellado por algún auto, camión repartidor, bicicleta o motoneta comprada en abonos, regresó.

Cabe mencionar que durante este proceso de búsqueda y tormentosas sospechas no dormí precisamente bien y la cara, más de una treintona como yo, no miente por lo que muchas personas preguntaban si todo estaba bien y cuando les contaba el problema había tres tipos de respuesta: “ya aparecerá” “los gatos son así”, la regañona de “¿Cómo es posible que lo dejes salir?” o la que provocó este texto que era sonreír y soltar un “aquí a la vuelta los regalan” o “hay muchos por aquí, llévate uno” como si fueran viles focos reemplazables y sin identidad.  

Y bueno, cuando el bello minino apareció justo minutos después de haber puesto el anuncio de mascota perdida, haciéndome ver ante la comunidad de vecinos como un ser despistado, pero poniéndome muy contenta, me dio tiempo para reflexionar acerca de las respuestas de mis conocidos y su origen.

Acerca de la que versa sobre la naturaleza desapegada de los felinos, me parece que estamos tremendamente acostumbrados a relacionarnos de modo que recibamos lo que damos, buscando lealtad y dependencia, esto hace que haya pocos actos desinteresados y que se espere un modelo de amor tan cerrado como anacrónico, para muchos las personas y los objetos solo valen en la medida en la que sienten que les pertenecen. Los gatos son tremendamente cariñosos… cuando quieren, y esto exaspera a muchas personas, que en cambio valoran esa actitud de los otros como el que se da a desear y ahí andan rogándoles.

Sobre la libertad, se me tachó un poco de indolente sin tomar en cuenta que es un ser vivo que  necesita ejercicio, interacción y descubrimiento  y no voy a limitar su existencia para sentirme tranquila, aplica lo mismo para los hijos y para los novios y para los problemas de inseguridad que aquejan a tantas ciudades. No se puede dejar de vivir y absorber a los otros para evitar los riesgos.

Sobre la última respuesta, la más exasperante para mí aunque fuese bien intencionada, el hecho de que los gatos sean animales capaces de tener una cantidad elevada de crías al año hace que, salvo algunas excepciones de razas raras puras, sean completamente gratis, lo que para la visión de la mayoría de las personas hace no valgan nada en un espejeo bastante soso de la oferta y la demanda.

Nos han enseñado que lo único que vale es lo que cuesta ya sea dinero o trabajo, eso que hace que el prójimo se sorprenda y hasta le prenda un tanto la envidia, lo que se ostenta, se pasea y se presume o aquello que tiene una utilidad o fin, es decir la propiedad privada en su totalidad, extendida a la naturaleza y a nosotros mismos y los gatos en realidad no cubren ninguna de esas características.

Lo único que los rescata de que acabemos con ellos es que justo no sirven para nada redituable, no trabajan, no producen y a lo mucho alejan algunas plagas  (si se pudieran explotar de algún modo industrial otra historia sería) y su belleza e individualidad, que son cosas que se adoran de manera exagerada en estos tiempos.

No pretendo con este laberinto hacer de todo mundo un amante de los gatos, si no pensar que este tipo de ideología, el poseer, el controlar, el sacar provecho es en parte lo que hace que todo lo gratis sea destruido y mal utilizado, que tengamos que trabajar 9 horas para cobrar algo, que maten a mujeres por celos o que nos estemos cargando al planeta sin piedad.