El Laberinto

Los primeros años escolares, esos donde no aprendes mucho de conocimiento, pero sí bastante de disciplina y de socialización, los pasé (tal vez por ser muy odiosa) prácticamente en solitario; esto me hizo observar a las personas de lejos desde muy pequeña y hoy les quiero compartir dos de mis recuerdos de esta etapa y un par de insoportables características que abstraje pensando en ellos con décadas de distancia.

En el jardín de niños, por lo menos en el citadino, público y noventero donde me inscribieron, los salones estaban divididos en tres áreas bien delimitadas: la de trabajo con sus mini mesas y sillas donde hacíamos las labores encomendadas por la profesora; la zona de insumos que tenía en frascos gigantes los materiales para lograr esas tareas, y el área de juegos para la dispersión, alfombrada y con un mobiliario que tan solo constaba de estantes donde se revolvían los juguetes educativos con los comerciales.

Por si han idealizado su infancia, les quiero recordar que así como pasábamos el tiempo pegando cosas a hojas en el  área de trabajo, en las otras dos nos pegábamos entre nosotros en una guerra sin aliados, pues todos quería usar la misma crayola o manipular la misma plastilina de color indefinible a la vez, al igual que sobre la alfombra un juguete abandonado podía alcanzar picos ridículos de atención al ser tomado por un par de manitas pegadas a un cuerpecito con bata a cuadros que seguro acabaría siendo empujado y luego despojado del botín. A esta característica la llamaremos la atención envidiosa.

Ya durante la primaria, las amistades eran menos volátiles que antes y se comenzaba a perfilar la identidad a través de los principios de fisión y fusión o lo que es lo mismo los de un plantel contra el más cercano, de un grado contra el resto, de un grupo contra el otro y de niños contra niñas.

En este contexto, una compañera usaba la diadema casi hasta los ojos, la cegaba, no le recogía el pelo y la hacía lucir ridícula. Alguna vez inocentemente le pregunté  el motivo de tan feo peinado y me respondió algo que me dejó bastante consternada: “La uso así porque las rancheritas del otro grupo la ocupan hasta atrás” es decir que ella estaba decidiendo una cuestión personal con base a lo que hacían otras niñas que posiblemente eran peinadas por sus mamás. A ésta la llamaremos la identidad por oposición absurda (el término absurda es indispensable porque finalmente la identidad siempre nace por oposición, aunque deseablemente las características que adoptamos serán por gusto y no para irritar al otro).

Antes de sonreír pensando lo ilusos que fuimos, les quiero soltar que justo estas dos características son las que mueven la vida política de la mayoría del país actualmente y que los diferentes bandos brincan por ellas en un rebote infernal, pero no por ello menos infantil, donde lo más importante es siempre lo que hacen los demás, más allá de objetivos o intereses legítimos.

Por el lado de la atención envidiosa, imaginemos que los problemas nacionales son las crayolas y que de pronto, todo se pinta de un solo color dejando el resto en el bote y peleando por la misma noticia que sale cincuenta veces al día mientras montones de sucesos pasan desapercibidos por no cuadrar con la cromática del momento, entonces las acciones son los juguetes y  al tomarlos se viene el ataque de aquellos que hasta ese momento ni siquiera los habían visto. Peores aún, y esto nunca lo vi entre niños, son los que sin tomar ninguno ellos te piden que tomes otro juguete que consideran más importante, en vez de jugarlo por su cuenta y dejarte en paz.

Pasando a la identidad por oposición absurda, en una sociedad tan profundamente polarizada, lo que hacen en un extremo pasará inevitablemente a definir lo que hagan en el otro, obviamente en dirección contraria y sin mucha más convicción que la de distinguirse de aquellos a los  que desprecian y el  resultado es igual a la diadema de mi compañera de escuela, no sirve, les quita la visión y los hace lucir ridículos.

La diferencia, donde ella mostró mucha más madurez que los adultos que hacen cualquier cosa bajo este móvil, es que nunca pensó que debía convencer u obligar a los demás a seguirle la corriente ni hacer que se prohibiera que se hiciera de otro modo. Cuando era una niña sola pensaba que igual los adultos no se enfrentaban con estos problemas, hoy me di cuenta de que no, porque son peores.