Ecos de Mi Onda

1. Detector de intenciones

Es un hecho comprobado que el pueblo ha logrado cambiar muchas veces de tirano, más nunca suprimirlo.

Baruch Spinoza (1632-1677) Gran filósofo neerlandés.

Regía de manera absoluta, al grado de poder satisfacer cualquier capricho que le cruzara por la mente. De joven había trabajado muy duro, a cada momento se lo recordaba a sí mismo, pero con mayor vehemencia a todos los vasallos de su imperio incipiente de segunda generación, para acentuar que los sueños se convierten en realidad, pero sólo para los elegidos, los que reúnen las características de carisma y liderazgo innatos, el toque de la mano de Dios. El resto de los mortales está obligado a obedecer y además con gusto, pues el líder siempre vela por los hombres de bien.

Nunca cejaba en el intenso afán de acrecentar fortuna y poder, se mostraba implacable con los que se atrevían a retarlo, no tenía piedad en aplastarlos si contradecían su beatífica voluntad. Dado el mando absoluto que ejercía, las órdenes precisas para mantener el control y el orden, tenían que ser escrupulosamente cumplidas por los subalternos y sólo cuando surgían situaciones no previstas, tenían la obligación de reportarla de inmediato al Supremo, que con su etérea capacidad intuitiva decidía y aplicaba la medida contundente para resolver el singular trance. No podía darse el lujo de equivocarse, sería imperdonable evidenciar debilidad ante los súbditos del imperio.

Su filosofía de vida se centraba en sencillos conceptos democráticos de libertad y justicia, pero ajustados esencialmente a los principios morales en los que fue educado desde pequeño, es decir, cumplir con claridad meridiana el imperativo paterno impartido en las homilías de sobremesa: extirpar la presencia de la gente mala del entorno¿Quién era la gente mala? preguntó siendo pequeño en varias ocasiones, lo que le llegó a costar que le propinaran un buen número de golpizas –por badulaque– le recordaban, pues la respuesta era muy simple, le bramaba su padre subrayando con voz enfática y solemne –De acuerdo a la Ley de Dios, son todos aquellos que se atreven a oponer resistencia a tu voluntad. Él se sabía muy bien la lección, pero aguantaba los golpes justamente porque le agradaba sobremanera escuchar esa frase que llegaba a sus oídos como un sonido metálico envuelto en nubes doradas, como el nítido tañer de las campanas de la iglesia a la que lo llevaba su madre de la mano, cuando todavía vestía pantalón corto.

El mensaje era claro y contundente –Dios inunda de bendiciones a los que se portan bien. Así que no había dudas, Dios estaba con él, lo demostraba el éxito que lograba en todo lo que emprendía, era pues, bendecido por Dios y en ese contexto, todos los enemigos que lo acusaban de deshonestidad y trapacería estaban muy equivocados, eran simplemente los atajos que Dios le señalaba y le permitía transitar –aseveraba– pues no había ninguna acción que no estuviera cubierta por las bendiciones del Señor a su favor. No cabían los laberintos intelectuales, ni los supuestos códigos morales de la gente débil, le bastaba la fe.

Para mantener la estructura compleja de su gobierno, la virtud que más le satisfacía y de la que hacía alarde, era descubrir la calidad e intenciones de las personas que se presentaban a su alrededor, que llamaba su Detector de Intenciones y que le resultaba –siempre insistía– muy útil para elegir a los más aptos y leales a su causa, a los que luego adoctrinaba en ese sentimiento compartido de orgullo patriota y racial, propio de una minoría selecta de complicidad digna de los beneficios cubiertos por las bendiciones de Dios.

Un día apareció un joven que enseguida acaparó su atención real, quien le divertía y reconfortaba, le hacía sentirse más seguro y dominador que nunca –Se me parece tanto– presumía vanidoso sin rubor ante la concurrencia. Pronto alejó a los leales colaboradores cercanos y comenzó a fiarse sólo de sus consejos –Es un extraño– se atrevió a advertirle alguien de su confianza, pero pronto su cabeza rodó enseguida por los suelos. Así, con  esta terrible lección, todos optaron por alejarse.

Despreocupado, una tarde entró arrogante como siempre al gran salón oval y con buen talante se disponía a firmar las órdenes del día, cuando sorpresivamente fue apresado por la guardia real y siendo conducido hacia las celdas, alcanzó a escuchar su voz que expresaba con desfachatez –No puedo negar que me caes bien, pero estorbas en el camino de mis planes y ante Dios eso te hace un hombre malo.

Sí, se parecía mucho a él y le obsequió su confianza, conocimientos y secretos –Maldito detector de intenciones – masculló.

2. ¿Dónde estás Gaby?

La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte.

Vaclav Havel (1936-2011) Político y escritor checo.

Trató de enderezarse en la cama y luego se sentó en el borde, con las manos se frotaba la cara y los ojos para desperezarse y tratar de localizar las chancletas en el piso, en medio de la oscuridad de la pequeña recámara. Se paró con lentitud para no marearse de más, pero aun así tuvo que sentarse nuevamente para volver a intentarlo sin ser presa del maldito vértigo. Se calzó las chancletas y caminó unos pasos vacilantes en la penumbra del cuarto, con el propósito de abrir las gruesas cortinas. Vestía la raída piyama de rayas verticales blancas y grises, que probablemente nunca se había lavado desde que se estrenó.

La inundación de luz a través de la ventana casi lo noqueó y trastabillando y cegado por el golpe luminoso logró abrir por completo las cortinas, aunque seguía luchando tratando de apartarse la luminosidad cubriéndose con las manos, como luchando contra un enemigo efímero punzante, pero una vez ambientado a las condiciones se dirigió al buró para ver la hora en su reloj de pulsera, las trece veinticinco, leyó sin sorprenderse.

Gaby ¿Dónde estás cariño?

Recorrió todo el cuarto con la mirada, aún estaba la huella de su presencia en el colchón y en la posición de las almohadas. Se agachó para ver debajo de la cama, abrió el clóset y el ropero. Tomó el pequeño radio portátil del buró y lo encendió, pero tenía un volumen tan alto que le molestó profundamente los oídos y al tratar de bajarle le subió de más, con tal suerte que malabareando casi se le cayó de las manos. Lo sintonizó al azar, sin prestar la mínima atención a lo que escuchaba, luego se asomó a la ventana, la gente caminaba en la plaza, unos en una dirección, otros en otra, y mirando desde la ventana del segundo piso de la casa que habitaban desde hacía ya cuatro años, pensaba que sin duda todos tendrían algún asunto que tratar, como él, cuando caminaba hacia el destino que lo unió con Gaby para hacerse compañía. Yo soy del club de corazones solitarios del sargento pimienta, discurría mientras miraba su imagen de frente en el espejo de cuerpo entero, haciendo muecas ridículas y luego repetía lo que escuchaba por la radio… Sí a los circos, pero sin animales… Sí a los circos, pero sin animalesSuper trouper la lala lalala… Super trouper la lala lalala…  Lo irreal y extraño como algo cotidiano, el realismo mágico, a la vez que seguía buscando a Gaby. Gaby cariño, ya no te escondas de mi jeje… Lo irreal y extraño como algo cotidiano, el realismo mágico…

Se recostó en la cama mirando al techo y fijó la atención en la espiral vítrea y blanca del foco ahorrador, se paró para encender la luz y se volvió a recostar mirando fijamente al foco que lo deslumbraba y le hacía ver lucecitas de colores que le divertían y trataba de atraparlas como si fueran pequeñas luciérnagas resplandecientes a plena luz del día. No paraba de reírse como un niño juguetón y luego le dio por repetir con voz monótona y chillona los diálogos y canciones transmitidas por la radio. Al entrecerrar los ojos observó que a través de las pestañas se le formaba un haz intenso de luz que viajaba diagonalmente desde el foco hacia la pared de su lado izquierdo. Definió bien el sitio en el que se proyectaba el haz y fue caminando hacia ese específico lugar localizado. Sí, aquí es donde debes estar escondida Gaby, ya siento tu presencia. Cierto, se trataba de la repisa sobre la que se encontraba un pequeño cofre de madera. Lo cogió y lo abrió con sumo cuidado y con una actitud de gran alegría, pero a la vez de singular respeto, dijo quedito: ¡Por fin te encontré! ¡Aquí estás mi vida!

Al día siguiente… Trató de enderezarse en la cama y luego se sentó en el borde, con las manos se frotaba la cara  y los ojos para desperezarse y tratar de localizar las chancletas en el piso, en medio de la oscuridad…