Histomagia

Fue entonces que se quedó impávido al escuchar el toquido en uno de los vidrios de los ventanales, pensó que quién podría estarlo buscando a esas horas de las madrugadas calladas, epílogo de los vientos desatados de hace un momento.

Uno de los callejones más bellos y representativos de Guanajuato es sin duda el callejón de El Potrero situado a un costado de la iglesia de San Francisco, en pleno centro de la ciudad. Dicen que es el lugar ideal para tomar una fotografía por lo bien pintadas y coloridas que están las casas, lo barrido de las baldosas y lo regado de las banquetas, así como las macetas y macetones floridos y el follaje siempre verde de un árbol en una casa abandonada con su enredadera que trepa por las paredes que dejan ver, por la antigüedad de su construcción, el barro de los adobes que cuentan sin querer la historia de que alguien habitó la casa.

Me cuenta un vecino del lugar, que en ese callejón siempre han escuchado cómo el viento canta al pasar por ahí, “chifla”, dice, porque pasa tan rápido que no se queda a limpiar de malas vibras y los malos espíritus el callejón. Y eso se hace patente en una de esas casas, pues me relata cómo le ha cambiado la vida al dueño y a su familia desde una noche angustiosa en que los espíritus los fueron a visitar. Me contó que una madrugada, el dueño se quedó a trabajar en asuntos de su empleo para poder adelantar el trabajo de la oficina; su casa es sencilla, antigua, de dos pisos, con sendos ventanales que dan al callejón y desde donde ve pasar a las personas que suben para el callejón del Tecolote o bajan para el Museo Iconográfico del Quijote. Esa noche, el viento estaba particularmente dando un concierto, por lo que él se concentró tanto en su trabajo que no le daba importancia al chiflido que se escuchaba allá afuera. Él no midió el tiempo, y tan absorto estaba que sólo lo distrajo, por un instante, un silencio profundo, incómodo, que entonces ya daba cuenta que era muy avanzada la madrugada, las tres de la mañana para ser exactos. Pensó que era hora de retirarse a descansar y decidió recoger un poco el desorden de su escritorio para, a la mañana siguiente, lograr encontrar cada cosa en su lugar. Fue entonces que se quedó impávido al escuchar el toquido en uno de los vidrios de los ventanales, pensó que quién podría estarlo buscando a esas horas de las madrugadas calladas, epílogo de los vientos desatados de hace un momento. Sin pensar decidió bajar a ver de quién se trataba, no vaya ser que fuera una desgracia familiar o sólo algún vecino que necesitara algo. Bajó corriendo las  escaleras por la premura de lo que sus pensamientos construían, abrió la puerta y en ese momento se dio cuenta de que el toquido no venía de la pesada puerta de madera de su entrada, si no de uno de los ventanales situados en el segundo piso, pues afuera, en la acera, no había nadie, y desde ahí escuchó un segundo toquido más fuerte y decidido que el primero en el ventanal justo arriba de él. Dio un  portazo y subió rápidamente para poder ver qué o quién le tocaba desde afuera de su casa y de una altura de más de dos metros sobre el suelo del callejón. Sin dar crédito a lo que veía, se detuvo frente al ventanal y claramente, bajo la luz de la luna de octubre, vio a un ser etéreo que se desdibujaba con movimientos lentos que lo miraba también con sus cuencas vacías y oscuras, como esperando que abriera el ventanal y lo acogiera en su casa. El dueño, sin moverse, se puso a rezar in mente para poder alejar a ese espíritu de la casa, su esposa e hijas estaban dormidas, y no iba a darle cabida en su casa a este ser que desesperanzado volvió a tocar una y otra vez, hasta desaparecer poco a poco, no sin antes mirarlo con una angustia terrible que daba cuenta de que ya estaba condenado a desaparecer para siempre.

Tal vez el vecino dueño de la casa no tuvo el valor de abrir el ventanal porque pensó en su familia, y es hasta estos días que no lo abre, aunque ya sus hijas se fueron a estudiar a otra ciudad. Él sigue pensando que la vida sin ellas es muy solitaria, pero eso sí, ese ser, cada noche llega y toca el ventanal del segundo piso esperando entrar a esa casa, a ese lugar que ha escogido para poder, algún día en la eternidad, romper el hechizo que lo condenó a ese repetir eternamente el tocar una y otra vez en ese ventanal. ¿Quieres conocerlo? Ven, lee y anda Guanajuato.