El Laberinto

Vueltas en la cama

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A ti, que me ayudas a dormir

Advierto que este es un laberinto catártico, puede que no tenga reflexión y que solo sirva para quejarme y para que ustedes que me leen se identifiquen, se compadezcan o hasta se diviertan con la situación, puesto esto a la mesa (o en la pantalla para ser más literales) vamos al punto.

Llevo desde agosto con un insomnio digno de un velador y ahora que uso esa gastada analogía me acabo de dar cuenta de que probablemente podría lucrar con mi desgracia más allá de dedicarle unas letras, seguiría amaneciendo apaleada al medio día pero por lo menos ganaría algo más que angustia y pesadillas a la luz del sol.

El insomnio puede ser definido por mi como dar vueltas, das vueltas en la cama buscando comodidad, das vueltas al baño, a la cocina porque esta máquina llamada cuerpo sigue prendida y exige combustible sin importar que el ruido puede despertar a los demás, al celular y hasta a tu galería de fotos, pero peor aún las ideas hacen unos círculos cerebrales que se tornan viciosos.

A la luz del foco, en reposo pero sin descanso, las ideas más descabelladas se presentan viables y hasta apropiadas, los remordimientos se agigantan y clavan sus dientes sin piedad, a veces apareciendo a esos con quienes has sido cruel o negligente para que continúen el tormento cuando logras, por pura reacción fisiológica, caer dormido.

El miedo y la incertidumbre también se parecen a la silla con ropa de cualquier cuarto y como tal se tornan grotescos cuando quieres dormir; entonces te importa el futuro, la salud, si la puerta está bien cerrada, si no gotea el grifo de la cocina, la economía de Brasil, los misiles de Corea o si no morirás solo como perro por disfuncional, por desvelado o hasta por maldito con esas mismas personas que protagonizan los remordimientos.

También se hace una consciencia absurda e innecesaria del cuerpo, un súper oído azuzado por el silencio general, oyes tu respiración, sientes tu corazón, el brazo te estorba si estas de costado, los tobillos chocan entre sí y se entierran como si no se conocieran de siempre, te quieres quitar la nariz y dejarla en el buró mientras duermes boca abajo, las almohadas se hacen piedras y las cobijas tienen pica pica, todos esos dolores insignificantes, el golpe que te diste con la puerta al medio día, la uña sin cortar, la torticolis de siempre, emergen al mismo tiempo  y te inventas otros más de pura angustia.

Si en ese momento pasa un mosco zumbando cerca de ti, ya tienes el combo perfecto, pero también contra quien desquitar la frustración de ver las 4 de la mañana en la pantalla del celular.

A veces quiero hacer lo que haría de día mientras no duermo, pero entonces vienen cosas como que si necesitas ayuda no hay nadie, si haces ruido despiertas al resto, además que es difícil pensar o escribir o leer con la cabeza tan revuelta y algunas más me sobreviene el cansancio doblando ropa y cuando me acuesto pensando que dormiré, regresa el insomnio agravado con más ganas de dormir.

La vida social está hecha de día, de horas y de rutinas, pero para el insomne estas son un poco complicadas, despiertas cuando van a media jornada, no hay trasnochado que te aguante tres noches platicando, llegan las visitas y estás en pijama, quieres lavar y ya se fue el sol. El desvelado con el tiempo se convierte en un desadaptado, pero también en el rey de las fiestas, si la cartera aguanta.

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