Histomagia

El Charro negro

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Cuando me contó esto, Don José estaba temblando, su voz se entrecortaba, su respiración era afanosa…

Guanajuato es muy vasto en territorio, aquí podemos encontrar montañas, la sierra de Santa Rosa, la Sierra Gorda, sembradíos en el valle, presas que lo alimentan, el paisaje es tan variado y tan diverso que es claro que así también se cuentan muchas historias de apariciones de fantasmas, muertos y seres demoníacos.

Me cuenta Don José, quien vive cerca de la presa de la Esperanza a la entrada de la Sierra de Santa Rosa, que una noche, como a las once, regresando de una larga jornada en la mina de Rayas, pasó con sus amigos rumbo a su casa por la cortina de la presa, cuando de repente vio un perro, todos iban platicando y a él le pareció normal verlo pues por la zona todo mundo tiene perros y éstos merodean cerca de las casas y los caminos que llevan a la comunidad, por ello no reparó tanto en su presencia. Conforme se iban acercando, vio claramente como el perro cambió de forma, Don José sacudió su cabeza como tratando de quitar esa visión de su mente, pero no, él claramente miró como el perro cambió primero a chivo -incluso berreó-, luego cambió a chango haciendo también los sonidos característicos del animal, finalmente cambió a caballo que bufaba muy inquieto y así se quedó ya convertido en caballo. Él no daba crédito a lo que pasaba ante sus ojos, muerto de miedo volteó a ver a sus amigos y ellos no se habían dado cuenta de nada, pareciera que el animal sólo se transformó ante él y para él. El miedo lo paralizó, fue entonces que sus amigos se dieron cuenta que algo le pasaba porque Don José ya no caminó, vieron su rostro transparente como papel, el terror en sus ojos, lentamente levantó su mano y sólo atinó a señalar con el dedo lo que él percibía, sus amigos le decían que qué tenía el perro, porque ellos sólo veían al perro, pero Don José, muerto de horror, veía ahora una figura macabra de apariencia elegante que se iba formando en el lomo del animal: era un jinete vestido de charro, con sombrero, corbata de moño, cuernos y cabeza de chivo, ahora sí no sólo estaba inmóvil, sino que unas lágrimas salían lentamente de sus ojos como esperando su final, se daba cuenta que esto era con él, sus amigos le hablaban y él los escuchaba lejanos, como en un sueño, Don José supo entonces que en esto estaba solo, tomó aire y decidió afrontar lo que venía. En la penumbra que daba la luna llena, advirtió como la abotonadura de plata se formaba a partir de la nada en la chaqueta y en los pantalones del charro, miró también cómo los ojos se encendían de un rojo fulgurante, y ahora, esos ojos lo veían a él, Don José supo que era su momento de muerte, y sólo atinó a cerrar sus ojos. Sus amigos, preocupados, lo sujetaban de los brazos y lo sacudían con fuerza tratando de moverlo, Don José estaba como estatua, pesado y con el rostro como piedra. Él oía cómo los cascos del andar del caballo lentamente se acercaban, pese al frío sintió un calor insoportable que emanaba del jinete y del bufar del hocico del animal, lo sintió en su cara, y fue cuando escuchó las palabras de su abuela que le decía: “el charro negro se va cuando mencionas el nombre de sólo una mujer: María”. Con todas sus fuerzas, Don José intentaba hablar, pero sólo salía de su boca un balbuceo ininteligible, hasta que le pidió a su abuela, hablara por él, fue cuando una voz dulce y sabia, que parecía provenir del movimiento del agua, se escuchó y dijo: “María, madre nuestra”. Al instante Don José abrió los ojos, y vio como la bestia relinchó e intentó con sus patas delanteras aplastarlo, en ese momento el charro negro, sujeto a la brida, lo miró con desprecio y movió su cabeza asintiendo en una mueca amenazante que Don José interpretó como una advertencia de que volvería por él tarde o temprano, y en un segundo la figura tenebrosa se esfumó. En ese momento uno de sus amigos lo sujetó de la cara y le gritó: “Reacciona José, reacciona”, Don José ya no pudo más, cayó de rodillas y comenzó a llorar desconsoladamente, sus amigos, lo abrazaron y levantaron en vilo para llevarlo a su casa, ahora ya por un camino solitario y tranquilo. Cuando me contó esto, Don José estaba temblando, su voz se entrecortaba, su respiración era afanosa. Cuando me despedí y salí de su humilde vivienda, me pidió regresar y acercarme a él, lo hice de inmediato, y esto me dijo en secreto: “cuídate, él viene por mí y por otros más, puede venir por ti, estas tierras y las almas que la habitan las reclama. Siempre, pero siempre recuerda: María nos protege, su nombre es bendito, ella le da voz a tus seres amados muertos y vivos para ayudarte”. Salí de ahí y aún traigo el nombre de María, ya no en mi mente sino en mi corazón. ¿Quieres venir a conocer a Don José? Ven, lee y anda Guanajuato.

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